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Nuestros queridos sentenciados


El cumplimiento de las leyes en nuestro país está una vez más en "tres y dos", como señala la jerga popular. La deportación de Chi Weng Wong Chong ha creado un nuevo estado de mala imagen y sincera duda ciudadana. ¿Qué pasó allí? Eso poco interesa ya porque " a lo hecho, pecho", y la atención se centra ahora en la mansa actitud generalizada ante lo orden de extradición dada por Migración, a pesar de que ya nuestras más altas autoridades en materia de leyes se habían pronunciado a favor de dicho ciudadano y ordenado su libertad.
A quienes amamos el derecho, y sobre todo aquellos que hemos confiado en él al estudiarlo más a fondo, se nos ha enseñado que ante quien comete un delito de cualquier tipo, no debe existir nadie que se ponga a escarbarle virtudes o justificar acciones, como no sea su defensor ante el jurado. Porque es totalmente incompatible con la moral, con la civilización misma y con la virilidad de la actitud de sus superiores, el acordarse de cualidades reales o supuestas de un individuo a la hora en que se demuestra que ha quebrantado la ley.
Si se comprueba que éste ha pasado por encima de lo que señala nuestra Constitución y nuestros códigos, disculpar al infractor no es, bajo ninguna circunstancia, generosidad, ni ecuanimidad, ni mucho menos justicia. Ello es lasitud moral, complicidad y eunuquismo, y el que así lo haga revela temor, mas no bondad. La bondad es el don precioso que se corrompe si se desperdicia, y se deshonra y se torna cobardía si ella nos impide encarnar la severidad de la justicia.
Aún así, no hay que ser mezquinos con la bondad y el perdón, siempre y cuando el culpable haya pagado su culpa. Somos muchos los que, influenciados por nuestra doctrina cristiana, sentimos una inmensa necesidad de perdonar. Pero en los casos de aplicación de la justicia, no podemos perdonar libremente a aquél que ofende a la sociedad, y menos al que ofende a la nación misma. Perdonar a un delincuente comprobado es tan vil que no tiene nombre y su acción supone la corrupción total de las bases mismas de toda moral humana, el encanallamiento de los valores y la identificación de pillos y hombres de honor.
También nos enseñaron que para tomar cualquier tipo de acción penal en contra de un ciudadano, nuestro sistema jurídico señala que todos tenemos derecho a que se nos escuche y sólo puede ser castigado cuando se nos acaba el don de la palabra, y las razones expuestas sobran porque no convencen ni a los más inocentes. Sólo entonces puede caer sobre nosotros el peso de la justicia, al igual que no debemos perdonar antes de que se hayan purgado las culpas y la justicia haya intervenido sobre ellos.
Nuestra legislación debe castigar a los culpables por medio de juicios viriles y no juicios castrados. Tengamos leyes que señalen las faltas e instituciones que las reafirmen en los tribunales. ¿Qué podríamos esperar de aquellos que poco después de condenar en serio, fingen la sonrisa menguada que pide perdón de lo que acaba de afirmar? En verdad, hacer de juez y acabar convertido en cómplice, es algo que no tiene nombre en nuestra lengua castiza. Nuestra lengua es un idioma de hombres y de caballeros, y no tiene previsto este caso.

101 años de Panamá América

 
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