ONU: ¿una mera cuestión de prestigio?
A medida que la situación en Irak se encamina hacia su normalización, las miradas de la comunidad internacional vuelven a dirigirse a las Naciones Unidas.
Debajo de los escombros, empiezan a surgir las múltiples tareas que demandará la pacificación iraquí: provisión de asistencia humanitaria a las víctimas de la guerra, recuperación de la infraestructura destruída en los ataques, reactivación de la economía e implementación de un nuevo aparato institucional para administrar el país. Resulta, entonces, oportuno revisar el manejo de la crisis con la finalidad de extraer aquellas lecciones que puedan ser aplicadas a otros escenarios. El panorama internacional actual presenta varias situaciones conflictivas que pueden escalar y generar crisis de alcance global.
Antes del inicio de la guerra, fue evidente el desacuerdo existente entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. Los "5 grandes" (Estados Unidos, Rusia, China, Francia e Inglaterra) expusieron dos visiones diametralmente opuestas sobre el papel de la comunidad internacional en Irak y en el resto del Medio Oriente. Por otra parte, otro aspecto menos evidente resultó el deslucido desempeño de la mayoría de los miembros alternos del Consejo.
La falta de visión y voluntad política exhibida por esas representaciones durante las semanas previas al desenlace de la guerra cuestiona el compromiso con el cual llegan al máximo foro mundial.
Ante la ofensiva diplomática conjunta de Washington y Londres para autorizar el derrocamiento de Sadam Hussein y la férrea oposición liderada por París, los miembros no permanentes del Consejo optaron por refugiarse entre una actitud evasiva y una irrelevante convocatoria a "consensuar." En este sentido, México y Chile (únicas dos voces latinoamericanas), acorralados por sus respectivas agendas políticas domésticas, no pudieron contribuir ni siquiera en forma mínima en el proceso.
Esta situación lleva a preguntarse qué circunstancias motivaron sus postulaciones al Consejo de Seguridad. México y Chile parecieron desertar de sus responsabilidades, formulando etéreas exhortaciones en "favor de la paz" cuando debía determinarse qué respuesta concreta merecía el reiterado incumplimiento de Irak a las resoluciones de Naciones Unidas.
222 ¿Comprenden los gobiernos latinoamericanos, en toda su dimensión, las responsabilidades derivadas de servir en el Consejo? O, ¿acaso llegan al mismo en busca de un efímero "prestigio"...?
Al autoexcluirse del debate, mexicanos y chilenos dejaron a América Latina sin voz en el Consejo. Esto cuando no sólo se resolvía la suerte del régimen de Bagdag, sino que se delineaban los contornos de un incipiente nuevo orden mundial.
En ese contexto, Latinoamérica debió estar presente expresando sus posiciones sobre aspectos tan importantes como la proliferación nuclear, desarrollo de arsenales químicos y biológicos, la doctrina de la guerra "preventiva" y los límites legales internacionales a esos desenvolvimientos.
En franco contraste, España adoptó con fuerza una de las dos posiciones prevalentes (en favor de la acción militar), a pesar de la enorme presión interna en contra y la mayoritaria oposición de sus socios de la Unión Europea.
De esta experiencia surgen varios interrogantes: ¿Comprenden los gobiernos latinoamericanos, en toda su dimensión, las responsabilidades derivadas de servir en el Consejo? O, ¿acaso llegan al mismo en busca de un efímero "prestigio" internacional acompañado de una extensa exposición pública?
La Carta de Naciones Unidas asigna al Consejo de Seguridad la función de tutelar el mantenimiento de la paz y la seguridad internacional. Ninguno de estos dos objetivos puede ser alcanzado refugiándose en una "neutralidad" tramposa que pretende esconder una total falta de visión internacional.
No puede constituir un dato menor que Chile y México llegaron al Consejo avalados por los otros gobiernos de América Latina y el Caribe. Ese apoyo, debe recordarse, apuntaba a asegurar la presencia regional en el manejo de las cuestiones más críticas del planeta.
Debajo de los escombros, empiezan a surgir las múltiples tareas que demandará la pacificación iraquí: provisión de asistencia humanitaria a las víctimas de la guerra, recuperación de la infraestructura destruída en los ataques, reactivación de la economía e implementación de un nuevo aparato institucional para administrar el país. Resulta, entonces, oportuno revisar el manejo de la crisis con la finalidad de extraer aquellas lecciones que puedan ser aplicadas a otros escenarios. El panorama internacional actual presenta varias situaciones conflictivas que pueden escalar y generar crisis de alcance global.
Antes del inicio de la guerra, fue evidente el desacuerdo existente entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. Los "5 grandes" (Estados Unidos, Rusia, China, Francia e Inglaterra) expusieron dos visiones diametralmente opuestas sobre el papel de la comunidad internacional en Irak y en el resto del Medio Oriente. Por otra parte, otro aspecto menos evidente resultó el deslucido desempeño de la mayoría de los miembros alternos del Consejo.
La falta de visión y voluntad política exhibida por esas representaciones durante las semanas previas al desenlace de la guerra cuestiona el compromiso con el cual llegan al máximo foro mundial.
Ante la ofensiva diplomática conjunta de Washington y Londres para autorizar el derrocamiento de Sadam Hussein y la férrea oposición liderada por París, los miembros no permanentes del Consejo optaron por refugiarse entre una actitud evasiva y una irrelevante convocatoria a "consensuar." En este sentido, México y Chile (únicas dos voces latinoamericanas), acorralados por sus respectivas agendas políticas domésticas, no pudieron contribuir ni siquiera en forma mínima en el proceso.
Esta situación lleva a preguntarse qué circunstancias motivaron sus postulaciones al Consejo de Seguridad. México y Chile parecieron desertar de sus responsabilidades, formulando etéreas exhortaciones en "favor de la paz" cuando debía determinarse qué respuesta concreta merecía el reiterado incumplimiento de Irak a las resoluciones de Naciones Unidas.
222 ¿Comprenden los gobiernos latinoamericanos, en toda su dimensión, las responsabilidades derivadas de servir en el Consejo? O, ¿acaso llegan al mismo en busca de un efímero "prestigio"...?
Al autoexcluirse del debate, mexicanos y chilenos dejaron a América Latina sin voz en el Consejo. Esto cuando no sólo se resolvía la suerte del régimen de Bagdag, sino que se delineaban los contornos de un incipiente nuevo orden mundial.
En ese contexto, Latinoamérica debió estar presente expresando sus posiciones sobre aspectos tan importantes como la proliferación nuclear, desarrollo de arsenales químicos y biológicos, la doctrina de la guerra "preventiva" y los límites legales internacionales a esos desenvolvimientos.
En franco contraste, España adoptó con fuerza una de las dos posiciones prevalentes (en favor de la acción militar), a pesar de la enorme presión interna en contra y la mayoritaria oposición de sus socios de la Unión Europea.
De esta experiencia surgen varios interrogantes: ¿Comprenden los gobiernos latinoamericanos, en toda su dimensión, las responsabilidades derivadas de servir en el Consejo? O, ¿acaso llegan al mismo en busca de un efímero "prestigio" internacional acompañado de una extensa exposición pública?
La Carta de Naciones Unidas asigna al Consejo de Seguridad la función de tutelar el mantenimiento de la paz y la seguridad internacional. Ninguno de estos dos objetivos puede ser alcanzado refugiándose en una "neutralidad" tramposa que pretende esconder una total falta de visión internacional.
No puede constituir un dato menor que Chile y México llegaron al Consejo avalados por los otros gobiernos de América Latina y el Caribe. Ese apoyo, debe recordarse, apuntaba a asegurar la presencia regional en el manejo de las cuestiones más críticas del planeta.