Panamá y Estados Unidos: Entre consultas y diplomacia
Cervantes nos dice que no hay presente vivo con un pasado muerto. Por eso está indicado hacer un alto y reparar cómo la gestiones con Brasil, Colombia y México para lograr el establecimiento del Centro Multilateral Antidrogas (CMA) tienen antecedentes en la historia de la política exterior panameña para así poder apreciar la situación en su pleno presente vivo.
El ingrediente clave que hila este tramo de medio siglo de la historia de la diplomacia panameña es la actitud solidaria de la comunidad latinoamericana cada vez que Panamá entraba en conflicto con Estados Unidos sobre los problemas de soberanía del Canal.
Por eso no sorprende que una vez más Latinoamérica acude a reforzar la posición panameña en la última etapa de las negociaciones para crear el CMA en lo que hoy es la base Howard que la Fuerza Aérea de Estados Unidos debe abandonar en diciembre de 1999.
Al abrir la VIII conferencia de cancilleres del Grupo de Río y la Unión Europea, el presidente Ernesto Pérez Balladares habrá recordado el incondicional apoyo que los gobiernos latinoamericanos brindaron a su mentor político, el general Omar Torrijos, cuando Panamá en 1975 iniciaba las negociaciones con el presidente Jimmy Carter para lograr la anhelada devolución de la soberanía del Canal.
Pero los antecedentes del espíritu bolivariano que Panamá periódicamente logra inyectar a la política hemisférica se remonta a dos décadas antes, en 1956, con la iniciativa del presidente Ricardo M. Arias Espinosa de convocar a una reunión de presidentes, la primera ocasión que tuvo el presidente Dwight D. Eisenhower de conocer a sus 20 homólogos de Latinoamérica.
Arias, que tenía un gran talento para utilizar las fechas históricas para adelantar los objetivos de su gobierno, estaba a punto de negociar mejores condiciones para los trabajadores panameños en el Canal. Durante los años que fungió como embajador en Washington, el mandatario se había convertido en un entrañable compañero de Eisenhower en la famosa cancha de golf de Burnings Tree.
Por eso, a su llegada a la presidencia después del asesinato de Remón, invitó a su amigo a una reunión de jefes de Estado para conmemorar el 130 aniversario del Congreso Anfictiónico convocado por el Libertador Simón Bolívar.
"Aquí no hay ninguna tentativa de lograr nada específico, aparte de enfatizar la unidad interamericana y lograr un intercambio de ideas de lo que se necesita hacer para fortalecer al hemisferio", escribió el veterano periodista Tad Szulc en su despacho al The New York Times el domingo 22 de julio de 1956.
No obstante, pocos meses después Arias logró las concesiones que buscaba.
En un ejercicio análogo, en 1973, un grupo de expertos internacionalistas panameños capitaneados por el canciller Juan Antonio Tack, preparándose a renegociar los tratados canaleros, se apuntaron una extraordinaria hazaña: lograr que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se reuniera en Panamá.
Previsiblemente, un llamado a que Estados Unidos devuelva la Zona del Canal a la república ístmica fue vetado por el flamante delegado del gobierno de Nixon, Jack Scali, un ex corresponsal de la Associated Press amigo del presidente Richard Nixon.
"Estados Unidos habrá vetado esta resolución", fue la tajante respuesta de Tack, "pero el Consejo de Seguridad vetó a Estados Unidos".
Sin embargo, uno de los momentos más dramáticos en la larga ruta que Panamá atravesó para lograr la recuperación de la soberanía del Canal se produjo un año después durante una extraordinaria reunión en la isla Contadora a la que asistieron Torrijos y los presidentes Daniel Oduber de Costa Rica, Alfonso López Michelsen de Colombia, Carlos Andrés Pérez de Venezuela, así como el canciller Emilio Rabasa en representación del presidente Luis Echeverría de México.
"La idea era respaldar la posición internacional de Panamá para así nivelar un poco el campo de negociación con el gigante de Estados Unidos", fue la explicación que Oduber me ofreció del encuentro, fijando así la metáfora bíblica del David y Goliat que prevaleció en los cuatro años de negociaciones que siguieron.
Tuve la oportunidad de seguir de cerca las conversaciones que se celebraron en la casa de huéspedes del entonces embajador de Panamá en Washington, Gabriel Lewis Galindo. Allí presencié un episodio clásico de la solidaridad que acompañó las gestiones panameñas hasta su exitosa culminación con la firma de los tratados TorrijosCarter en Washington en 1977.
En esa casa de playa, el grupo, vestido de ropa veraniega y exhibiendo un buen humor que podía confundirse por unos viejos amigos del colegio, se puso a elaborar una estrategia para favorecer a Panamá en las críticas negociaciones para lograr la vieja aspiración de reintegrar el Canal a la soberanía panameña.
El primer paso que había que tomar, decidieron, era apoyar la candidatura del veterano diplomático panameño Aquilino Boyd a uno de los dos escaños rotativos que le correspondían a Latinoamérica en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), asegurándole así una importante tribuna internacional desde la cual podía defender los intreses de su país mientras se negociaban los tratados del Canal.
El acuerdo fue unánime, con la sola reserva del canciller Rabasa, un connotado profesor de derecho Constitucional mexicano, cuyo gobierno se había comprometido a apoyar al embajador argentino Carlos Ortiz de Rosas, que aspiraba llegar del Consejo de Seguridad a ser electo al cargo de Secretario General de la ONU.
En la diplomacia ese tipo de compromiso es un principio sagrado. Pero aquí se trataba de ayudar al país latinoamericano más pequeño a resolver su soberanía resquebrajada por una maniobra de dudosa legalidad realizada en el año 1905 en pleno auge de las pretensiones imperiales del presidente Teodoro Roosevelt y los hábiles abogados del bufete de Sullivan & Cromwell de Nueva York. ¿Qué hacer?.
"Voy a consultar a mi presidente", sentenció Rabasa después de un largo silencio.
La llamada al palacio presidencial de Los Pinos se hizo en presencia de todos los concurrentes.
"Señor presidente", comenzó Rabasa, "Aquí un grupo de amigos hemos acordado ayudar a Panamá a entrar en el Consejo de Seguridad de la ONU con el fin de fortalecer el protagonismo internacional de esta república mientras negocia con Estados Unidos".
"Me parece muy bien, así debe ser", fue la respuesta del mandatario mexicano. "Pero a la cancillería mexicana esto nos crea un problema, señor presidente".
"Y eso?"
"Hace tiempo ya que nos hemos comprometido apoyar a un candidato argentino".
Después de un breve silencio el presidente Echeverría preguntó:
"Explíqueme, amigo Rabasa. ¿Ese compromiso es un compromiso formal?
"Si señor presidente".
"Pues fíjese, yo creo que ante la obligación de apoyar a una república hermana en un asunto que atañe a su soberanía su dignidad, me parece que la substancia debe prevalecer sobre lo formal. Así se hará".
Este gesto heterodoxo, tan típico del estilo populista de Echeverría, llevó a los presentes darle un cerrado aplauso.
Acto seguido, Torrijos se abalanzó sobre Rabasa para envolverlo en un abrazo.
Algunos diplomáticos tradicionalistas, especialmente del equipo de Ortiz de Rosas, acusaron al mandatario mexicano de irresponsable.
A los que presenciamos esta escena nos pareció más bien que fuimos testigos de un raro momento en el que el legado de Bolívar invadió a la diplomacia interamericana que por lo general se había mostrado fracturada y llena de rivalidades locales.
Hay quienes consideran que el espíritu bolivariano se volvió hacer presente cuando el canciller Ricardo Alberto Arias se reunió el mes pasado con los vicecancilleres de Brasil, Colombia y México para considerar abrir los acuerdos ya negociados con Estados Unidos a la dimensión "multilateral" a los acuerdos bilaterales con Estados Unidos para la creación del CMA.
Después de esta reunión, Arias ya no volvió hablar de la inminente firma de los acuerdos con el gobierno de Washington, dejando al embajador Thomas McNamara en la duda si a lo que se había llegado con el gobierno panameño era nada más que un acuerdo formal que debía ceder a los intereses de la solidaridad latinoamericana.
El ingrediente clave que hila este tramo de medio siglo de la historia de la diplomacia panameña es la actitud solidaria de la comunidad latinoamericana cada vez que Panamá entraba en conflicto con Estados Unidos sobre los problemas de soberanía del Canal.
Por eso no sorprende que una vez más Latinoamérica acude a reforzar la posición panameña en la última etapa de las negociaciones para crear el CMA en lo que hoy es la base Howard que la Fuerza Aérea de Estados Unidos debe abandonar en diciembre de 1999.
Al abrir la VIII conferencia de cancilleres del Grupo de Río y la Unión Europea, el presidente Ernesto Pérez Balladares habrá recordado el incondicional apoyo que los gobiernos latinoamericanos brindaron a su mentor político, el general Omar Torrijos, cuando Panamá en 1975 iniciaba las negociaciones con el presidente Jimmy Carter para lograr la anhelada devolución de la soberanía del Canal.
Pero los antecedentes del espíritu bolivariano que Panamá periódicamente logra inyectar a la política hemisférica se remonta a dos décadas antes, en 1956, con la iniciativa del presidente Ricardo M. Arias Espinosa de convocar a una reunión de presidentes, la primera ocasión que tuvo el presidente Dwight D. Eisenhower de conocer a sus 20 homólogos de Latinoamérica.
Arias, que tenía un gran talento para utilizar las fechas históricas para adelantar los objetivos de su gobierno, estaba a punto de negociar mejores condiciones para los trabajadores panameños en el Canal. Durante los años que fungió como embajador en Washington, el mandatario se había convertido en un entrañable compañero de Eisenhower en la famosa cancha de golf de Burnings Tree.
Por eso, a su llegada a la presidencia después del asesinato de Remón, invitó a su amigo a una reunión de jefes de Estado para conmemorar el 130 aniversario del Congreso Anfictiónico convocado por el Libertador Simón Bolívar.
"Aquí no hay ninguna tentativa de lograr nada específico, aparte de enfatizar la unidad interamericana y lograr un intercambio de ideas de lo que se necesita hacer para fortalecer al hemisferio", escribió el veterano periodista Tad Szulc en su despacho al The New York Times el domingo 22 de julio de 1956.
No obstante, pocos meses después Arias logró las concesiones que buscaba.
En un ejercicio análogo, en 1973, un grupo de expertos internacionalistas panameños capitaneados por el canciller Juan Antonio Tack, preparándose a renegociar los tratados canaleros, se apuntaron una extraordinaria hazaña: lograr que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se reuniera en Panamá.
Previsiblemente, un llamado a que Estados Unidos devuelva la Zona del Canal a la república ístmica fue vetado por el flamante delegado del gobierno de Nixon, Jack Scali, un ex corresponsal de la Associated Press amigo del presidente Richard Nixon.
"Estados Unidos habrá vetado esta resolución", fue la tajante respuesta de Tack, "pero el Consejo de Seguridad vetó a Estados Unidos".
Sin embargo, uno de los momentos más dramáticos en la larga ruta que Panamá atravesó para lograr la recuperación de la soberanía del Canal se produjo un año después durante una extraordinaria reunión en la isla Contadora a la que asistieron Torrijos y los presidentes Daniel Oduber de Costa Rica, Alfonso López Michelsen de Colombia, Carlos Andrés Pérez de Venezuela, así como el canciller Emilio Rabasa en representación del presidente Luis Echeverría de México.
"La idea era respaldar la posición internacional de Panamá para así nivelar un poco el campo de negociación con el gigante de Estados Unidos", fue la explicación que Oduber me ofreció del encuentro, fijando así la metáfora bíblica del David y Goliat que prevaleció en los cuatro años de negociaciones que siguieron.
Tuve la oportunidad de seguir de cerca las conversaciones que se celebraron en la casa de huéspedes del entonces embajador de Panamá en Washington, Gabriel Lewis Galindo. Allí presencié un episodio clásico de la solidaridad que acompañó las gestiones panameñas hasta su exitosa culminación con la firma de los tratados TorrijosCarter en Washington en 1977.
En esa casa de playa, el grupo, vestido de ropa veraniega y exhibiendo un buen humor que podía confundirse por unos viejos amigos del colegio, se puso a elaborar una estrategia para favorecer a Panamá en las críticas negociaciones para lograr la vieja aspiración de reintegrar el Canal a la soberanía panameña.
El primer paso que había que tomar, decidieron, era apoyar la candidatura del veterano diplomático panameño Aquilino Boyd a uno de los dos escaños rotativos que le correspondían a Latinoamérica en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), asegurándole así una importante tribuna internacional desde la cual podía defender los intreses de su país mientras se negociaban los tratados del Canal.
El acuerdo fue unánime, con la sola reserva del canciller Rabasa, un connotado profesor de derecho Constitucional mexicano, cuyo gobierno se había comprometido a apoyar al embajador argentino Carlos Ortiz de Rosas, que aspiraba llegar del Consejo de Seguridad a ser electo al cargo de Secretario General de la ONU.
En la diplomacia ese tipo de compromiso es un principio sagrado. Pero aquí se trataba de ayudar al país latinoamericano más pequeño a resolver su soberanía resquebrajada por una maniobra de dudosa legalidad realizada en el año 1905 en pleno auge de las pretensiones imperiales del presidente Teodoro Roosevelt y los hábiles abogados del bufete de Sullivan & Cromwell de Nueva York. ¿Qué hacer?.
"Voy a consultar a mi presidente", sentenció Rabasa después de un largo silencio.
La llamada al palacio presidencial de Los Pinos se hizo en presencia de todos los concurrentes.
"Señor presidente", comenzó Rabasa, "Aquí un grupo de amigos hemos acordado ayudar a Panamá a entrar en el Consejo de Seguridad de la ONU con el fin de fortalecer el protagonismo internacional de esta república mientras negocia con Estados Unidos".
"Me parece muy bien, así debe ser", fue la respuesta del mandatario mexicano. "Pero a la cancillería mexicana esto nos crea un problema, señor presidente".
"Y eso?"
"Hace tiempo ya que nos hemos comprometido apoyar a un candidato argentino".
Después de un breve silencio el presidente Echeverría preguntó:
"Explíqueme, amigo Rabasa. ¿Ese compromiso es un compromiso formal?
"Si señor presidente".
"Pues fíjese, yo creo que ante la obligación de apoyar a una república hermana en un asunto que atañe a su soberanía su dignidad, me parece que la substancia debe prevalecer sobre lo formal. Así se hará".
Este gesto heterodoxo, tan típico del estilo populista de Echeverría, llevó a los presentes darle un cerrado aplauso.
Acto seguido, Torrijos se abalanzó sobre Rabasa para envolverlo en un abrazo.
Algunos diplomáticos tradicionalistas, especialmente del equipo de Ortiz de Rosas, acusaron al mandatario mexicano de irresponsable.
A los que presenciamos esta escena nos pareció más bien que fuimos testigos de un raro momento en el que el legado de Bolívar invadió a la diplomacia interamericana que por lo general se había mostrado fracturada y llena de rivalidades locales.
Hay quienes consideran que el espíritu bolivariano se volvió hacer presente cuando el canciller Ricardo Alberto Arias se reunió el mes pasado con los vicecancilleres de Brasil, Colombia y México para considerar abrir los acuerdos ya negociados con Estados Unidos a la dimensión "multilateral" a los acuerdos bilaterales con Estados Unidos para la creación del CMA.
Después de esta reunión, Arias ya no volvió hablar de la inminente firma de los acuerdos con el gobierno de Washington, dejando al embajador Thomas McNamara en la duda si a lo que se había llegado con el gobierno panameño era nada más que un acuerdo formal que debía ceder a los intereses de la solidaridad latinoamericana.