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Qué difícil es


Comunicarse con algún alto personaje de este o de otros gobiernos, resulta, tal vez, una de las operaciones más difíciles para quien tenga la mala suerte de necesitar conversar con alguno de ellos. Cuántas veces me ha tocado escuchar la frase ya gastada y que sé de antemano que escucharé de boca de una señorita, a veces gentil, a veces no, para decir: se encuentra en una reunión. A las pobres reuniones les corresponde llevar toda la responsabilidad de la irresponsabilidad. O están en llamadas.
Pero, además, también se escucha otra frase amorosa y que lo llena a uno de aliento: ¿de parte de quién? ¿Para qué lo quiere? Le contestaremos la llamada. Para esto, puede usted sentarse a esperar porque esa contestación, o llega extemporáneamente, o no llega. Pasados unos días, recuerdo nuevamente que necesito hablar con un Ministro, un Director de Entidad Autónoma o con cualquier otra persona importante y que no me han contestado mi llamada.
Y comienza otra vez la odisea, escucho la misma respuesta y viene por segunda vez el optimismo de que le devolveremos la llamada. Para la tercera vez ya mi voz responde disgustada a la misma y rayada contestación, ya uno siente que jamás podrá comunicarse con alguien y descarga su mal humor con la vocecita que está al otro lado del teléfono. Para ese entonces, no se deja esperar la respuesta del personaje y siempre con la misma trillada excusa: disculpe que no le había contestado su llamada, pero he estado tan ocupado en reuniones, giras al interior, llamadas de larga distancia y exceso de trabajo. Pareciera que ellos son los únicos que trabajan en este país; pareciera como si su tiempo fuera más valioso que el de las personas que necesitan comunicarse con ellos.
Y no se diga que necesita una cita con los personajes del gobierno. Allí sí que no se logra traspasar ni la primera barrera. Luego de mucho trabajo y cuando finalmente logro la cita y llego a la hermosa oficina, pienso si es la silla, el escritorio o las paredes que influyen a los que ocupan esas posiciones. Si usted desea hablar con un alto jerarca del gobierno, aproveche la primera semana después de su nombramiento porque aún no han aprendido las excusas. Después... ni pensarlo.
Y yo me pregunto: ¿ qué es lo que pasa? ¿Por qué olvidarán las más elementales reglas de cortesía y urbanidad? ¿Qué los hará evitar toda relación con el vulgo que hoy se encuentra del otro lado de donde ellos están, pero que en cualquier momento volveremos a vernos en el mismo sitio? O es que, tal vez, no sepan de las llamadas, porque las secretarias bloquean toda comunicación y ellos quedan mal.
Pero, el fenómeno no es sólo las llamadas y las citas. Tampoco contestan los faxes. Pareciera que por austeridad se han eliminado secretarias y el personal no se da abasto y han sido suplantadas por una gran cantidad de guardaespaldas..
Yo no aspiro a ningún alto cargo ni lo deseo. Pero, pienso que de llegar a ocuparlo, actuaría exactamente igual que ellos; me dejaría absorber por esa atmósfera que los rodea y, tal vez, no me acordaría ni de mis mejores amigos. ¿Cuál será el olor que se respira allí arriba en esas oficinas y que trastoca las neuronas y los sentidos? Nuestros psiquiatras debieran estudiar este fenómeno y casi seguramente llevarían un interesante trabajo a su próximo Congreso Internacional.
Qué difícil resulta en nuestro país tan pequeño y que no llegamos a los tres millones, sostener una conversación telefónica con ciertas personas y con qué facilidad se los encuentra cuando ya no están en esos puestos. Y es que se aplica el refrán de mi pueblo: el que sube como palma, baja como coco. Y hay que verles la amabilidad cuando ya no son nadie.
Estoy por creer que el ductus del aire acondicionado los intoxica. Recuerdo a los gamonales de antes lo sencillos que eran, sin pretensiones ni arrogancias. Allá ellos.

101 años de Panamá América

 
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