¿Qué nos dice el referéndum francés?
Mi estancia en España coincidió con el proceso de ratificación de la Constitución europea. Escuché y vi por las noticias con la prestancia y gallardía acostumbrada que identifican al Presidente de Francia, Jacques Chirac, emitir su comunicado a la nación donde aceptaba la voz del pueblo con relación al referéndum.
Fue sólo la confirmación de la crónica de una muerte anunciada, con un alto porcentaje de participación democrática, más que para el referéndum de la aceptación del Tratado de Maastrich, comúnmente conocido como el Tratado de la Unión Europea, el 57% de los votos dio un aplastante triunfo al NO contra un 42% del SI.
Independiente el resultado, los entendidos señalan que hasta el final del proceso, de acuerdo a las normas de derecho internacional, el Tratado de Niza seguirá rigiendo las relaciones supranacionales de los 25.
Desde Bruselas hablan que lo sucedido en Francia no es una tragedia, sólo es un problema en el camino de las ratificaciones; sin embargo, pese a señalar que dicho proceso debe continuar, no tienen una segunda opción y puede ser el preludio de otros rechazos por vía referéndum.
Nueve Estados han dicho que SI. Al pueblo francés decir NO, abre las dudas sobre el claroscuro camino que depara a los restantes 15, ya que para que entre en vigencia requiere la aprobación unánime de sus miembros.
Al margen de los cabildeos en las cúpulas políticas, el sentir de la mayoría francesa ha sido un alto al proceso iniciado en los años 90 con las privatizaciones, ya que se prevé que el neoliberalismo tomará mayor fuerza a través de la Constitución.
La posibilidad de la eliminación de fronteras y desarrollo social, económico y político entre las naciones es una meta que los países del continente americano pretendemos emular, pero los hechos acaecidos ilustran que aún en países de renta alta y con un bienestar social de primer orden, la generación de mejores métodos para satisfacer necesidades ilimitadas de forma eficiente y proporcional con los recursos con que disponga cada nación, son privativos a todo ardil político que no conlleve el real clamor de los ciudadano. El electorado votó contra la administración gubernamental, no necesariamente contra el tenor de la normativa constitucional. Expresaron su rechazo por los niveles de desempleo y un deterioro de la seguridad social. Por esta razón, es que la Unión Europea, como bien lo señalan tanto sus artífices como sus detractores, está en una fase de cambios políticos que demandan una profunda reflexión.
Las instituciones democráticas requieren más y mejores políticas sociales que beneficien no sólo el crecimiento económico, sino su desarrollo. Los países latinoamericanos debemos concienciarnos para establecer el "oriente" correcto; el ALCA ha sido reemplazado por tratados de libre comercio, los llamados TLC. Pero, ¿hasta dónde podemos avanzar? Un antiguo aforismo señala que "a buen entendedor pocas palabras" el problema no es solamente en Francia, todos los países, incluyendo Panamá, tienen un cúmulo de ciudadanos ávidos de respuestas por los índices del "factor corrupción", de desempleo, por el futuro de la seguridad social, mejores medidas para contrarrestar la delincuencia; y sobre todo, que nuestros gobernantes den soluciones reales a largo plazo, en palabras llanas: Que velen por el futuro de nuestro país. La globalización permite visualizar que en polos distantes los países de forma proporcional a su realidad tienen necesidades similares.
Los franceses han dicho NO, pero ninguno todavía ha dicho qué hacer.
Hay temas en que los panameños debemos despojarnos de nuestras banderas partidistas y unir fuerzas por un bienestar común. Merecemos políticas de Estado con la capacidad de elevar nuestro bienestar; de lo contrario, de no priorizar y dar soluciones reales, el pueblo panameño, tarde o temprano, al exigir la rendición de cuentas sobre la gestión gubernamental, censurará todas aquellas decisiones parche, como está sucediendo en Europa.
Hoy es cuando debemos trabajar hombro a hombro sin distinción alguna por Panamá.
Fue sólo la confirmación de la crónica de una muerte anunciada, con un alto porcentaje de participación democrática, más que para el referéndum de la aceptación del Tratado de Maastrich, comúnmente conocido como el Tratado de la Unión Europea, el 57% de los votos dio un aplastante triunfo al NO contra un 42% del SI.
Independiente el resultado, los entendidos señalan que hasta el final del proceso, de acuerdo a las normas de derecho internacional, el Tratado de Niza seguirá rigiendo las relaciones supranacionales de los 25.
Desde Bruselas hablan que lo sucedido en Francia no es una tragedia, sólo es un problema en el camino de las ratificaciones; sin embargo, pese a señalar que dicho proceso debe continuar, no tienen una segunda opción y puede ser el preludio de otros rechazos por vía referéndum.
Nueve Estados han dicho que SI. Al pueblo francés decir NO, abre las dudas sobre el claroscuro camino que depara a los restantes 15, ya que para que entre en vigencia requiere la aprobación unánime de sus miembros.
Al margen de los cabildeos en las cúpulas políticas, el sentir de la mayoría francesa ha sido un alto al proceso iniciado en los años 90 con las privatizaciones, ya que se prevé que el neoliberalismo tomará mayor fuerza a través de la Constitución.
La posibilidad de la eliminación de fronteras y desarrollo social, económico y político entre las naciones es una meta que los países del continente americano pretendemos emular, pero los hechos acaecidos ilustran que aún en países de renta alta y con un bienestar social de primer orden, la generación de mejores métodos para satisfacer necesidades ilimitadas de forma eficiente y proporcional con los recursos con que disponga cada nación, son privativos a todo ardil político que no conlleve el real clamor de los ciudadano. El electorado votó contra la administración gubernamental, no necesariamente contra el tenor de la normativa constitucional. Expresaron su rechazo por los niveles de desempleo y un deterioro de la seguridad social. Por esta razón, es que la Unión Europea, como bien lo señalan tanto sus artífices como sus detractores, está en una fase de cambios políticos que demandan una profunda reflexión.
Las instituciones democráticas requieren más y mejores políticas sociales que beneficien no sólo el crecimiento económico, sino su desarrollo. Los países latinoamericanos debemos concienciarnos para establecer el "oriente" correcto; el ALCA ha sido reemplazado por tratados de libre comercio, los llamados TLC. Pero, ¿hasta dónde podemos avanzar? Un antiguo aforismo señala que "a buen entendedor pocas palabras" el problema no es solamente en Francia, todos los países, incluyendo Panamá, tienen un cúmulo de ciudadanos ávidos de respuestas por los índices del "factor corrupción", de desempleo, por el futuro de la seguridad social, mejores medidas para contrarrestar la delincuencia; y sobre todo, que nuestros gobernantes den soluciones reales a largo plazo, en palabras llanas: Que velen por el futuro de nuestro país. La globalización permite visualizar que en polos distantes los países de forma proporcional a su realidad tienen necesidades similares.
Los franceses han dicho NO, pero ninguno todavía ha dicho qué hacer.
Hay temas en que los panameños debemos despojarnos de nuestras banderas partidistas y unir fuerzas por un bienestar común. Merecemos políticas de Estado con la capacidad de elevar nuestro bienestar; de lo contrario, de no priorizar y dar soluciones reales, el pueblo panameño, tarde o temprano, al exigir la rendición de cuentas sobre la gestión gubernamental, censurará todas aquellas decisiones parche, como está sucediendo en Europa.
Hoy es cuando debemos trabajar hombro a hombro sin distinción alguna por Panamá.