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Rayitos de sol


Advierto que no puedo expresar estas palabras sin la ternura necesaria, pues cuando se refieren a la niñez y la juventud, no cabe sólo la racionalidad o el análisis objetivo de las situaciones. Confieso que escribo relatos para niños y niñas, a partir de lo que cuento a mis hijos cuando, ya harto de contar las historias conocidas, otras nuevas brotan de la nada y nacen de la noche. Como por ejemplo, cuando el sol se zambulló en el mar y sólo salió de las profundidades convencido por los seres marinos y un pescador de nombre Mayito. O la breve historia de una bomba desarmada por el diálogo de paz de un niño pobre. Un árbol lleno de letras, de donde se arman palabras que cobran vida.
Pero también confieso, que los mejores cuentos son aquellos que mis hijos me cuentan a mí, entrecortados con bostezos y a veces inconclusos por el sueño. Como ese que me narró José Carlos hace unos días, cuando derrotó a un monstruo que apareció en la escuela, al decirle: "No me puedes hacer nada, porque esta es una pesadilla."
Pero los escritores también dialogamos con el entorno, con el medio que nos rodea y en el que estamos inmersos, y tenemos al público más exigente del mundo que claman por una literatura tersa, accesible, imaginativa y ética.
Hoy por hoy, la niñez y la juventud viven y se desarrollan en una realidad de luces y sombras. Sí es cierto que cuentan con más acceso a la educación y a tecnologías comunicativas, y se vive en una sociedad que posee leyes más avanzadas a su favor, por otra parte:
Entre los tres y doce años de edad permanece un promedio de 6 horas diarias paralizados frente a un televisor, que difunde entre diversos programas, series y telenovelas 14 mil muertes violentas, que llagan a presenciar antes de cumplir los 13 años de edad, lo que incide en el incremento de los niveles de violencia callejeras y hogareñas.
Miles de niños y niñas son abusados y maltratados en sus hogares, lugares que deberían ser los más seguros para ellos y ellas. Muchos y muchas son víctimas de la explotación del trabajo infantil que los desgasta, deforma, o los convierte en adultos antes de tiempo.
Muchos no encuentran esparcimientos sino en locales comerciales, ante la falta de canchas, parques y áreas de recreación públicas adecuadas y seguras. Y demasiados, sí, demasiados, son la parte más vulnerable de ese millón de pobres sobreviviendo en condiciones infrahumanas, azotados por la desnutrición crónica, viviendas subdotadas, nula o deficiente educación.
La proclama de la Declaración de los Derecho de la Niñez exige ser cumplida debe "tener una infancia feliz y gozar, en su propio bien y en bien de la sociedad, de los derechos y libertades que en ella se enuncian e insta a los padres, a los hombres y mujeres individualmente y a las organizaciones particulares, autoridades y gobiernos nacionales a que reconozcan esos derechos y luchen por la observancia con medidas legislativas y de otra índole..."
Ciertamente el mundo que les legamos los adultos debería ser mucho mejor y hospitalario, y no cada vez más pobre, violento e inequitativo. Peor aún encogemos los hombros y decimos que ellos -niñez y juventud- son el futuro, sin que nosotros estructuremos un mejor presente para ellos y ellas. Necesitan un mundo mejor, y parte de ese mundo es el acceso a una mejor literatura, cercana a todos y todas, y dialogando con ellos y ellas.
Un pueblo indígena de Norteamérica, creó una especie de red con plumas y cuentas que se coloca sobre el lecho, y tiene la virtud filtrar los sueños, alejando a las pesadillas y capturando las buenas ensoñaciones. Este "atrapasueños" es una síntesis del compromiso de todos y todas, y por ende, del trabajo literario, de deshacer las pesadillas con las sonrisas de niños y niñas, los y las jóvenes, para así iluminar el mundo con un rayito de sol.
(Palabras en el Encuentro de Escritores (as) Latinoamericanos de Literatura Infantil, Biblioteca Nacional, 24 octubre)

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