Reacciones viscerales
EL CÉLEBRE psiquiatra español Don Emilio Mira y López escribió una monumental obra a la que intituló "Los Cuatros Gigantes del Alma". En su contenido expone cómo las malas pasiones, los bajos instintos, los celos, la ira, las emociones no controladas, etc., van doblegando el alma, el espíritu de los hombres y éstos terminan, obedeciendo sus malsanos mandatos, perpetrando los más horrendos y misteriosos crímenes.
Y es que todas estas lacras del alma solamente encuentran acomodo, terreno fértil en donde germinar allí, en donde hay o existen espíritus empobrecidos, envilecidos por la soberbia y la vanidad, ampulosos por fuera pero verdaderos cementerios espirituales por dentro.
En tales almas, en esos congéneres, se multiplica, como el virus mortal de alguna enfermedad extrema, la simiente del mal cuyos frutos son: muerte, odio, rencor, vanidad, menosprecio, en fin. Pueden estar, según ellos, confortablemente bien: pero allí, en lo más profundo de sus corazones, bien saben que están muertos en vida, podridos por dentro, verdaderas piltrafas humanas que,como reza el adagio: "Ni dan ni dicen en dónde hay".
Son almas impasibles, frías, tenebrosas, tétricas, oscuras, silentes, caprichosas, soberbias, adoradoras de sí mismas. Sin embargo, de los tales el sabio Salomón bien dijo que: "De pronto busqué al impío y ya no estaba, había sido desarraigado de la faz de la Tierra".
Y es que no puede ser de otra manera: las almas gobernadas o sometidas al imperio del odio, de la ira, de la hipocresía, del rencor, de las bajas pasiones, terminan siendo víctimas de esos gigantes. Cuando no los hace sucumbir el caldo de miseria en el que pernoctan, la vida misma les hace una mala jugada. Entonces, algunos, se acuerdan que existe Dios, que hay un Dios misericordioso y bueno. Y qué bueno es Dios que, si en ellos encuentra verdadero y genuino arrepentimiento, son perdonados.
Otros, como lo registra la historia, aún en sus lechos de muerte, despotrican de Dios, hablan mal de Dios, retan a Dios y desafían todo lo bueno de Dios. Se dice que tanto Voltaire como Marx, en la hora de la muerte, terminaron confesando: "Dios: Tú me has vencido".
Sirva lo anterior como una prolija introducción para decir lo siguiente: Panamá es apenas un país cuya población, en comparación con algunos Estados, no alcanza ni siquiera a la que pueda tener la más pequeña división política de otra nación. Tres millones y unos más, todos nos conocemos, nos encontramos a diario, nos saludamos o nos saludan, sabemos de sus raíces, de sus familias, de quiénes fueron o son sus padres, sus familiares, sus hijos, etc. Pero qué pena, hay que decirlo, que hayan cientos y cientos de panameños y panameñas que caminen por este terruño envilecidos, menospreciativos, viscerales, intestinales, llevando sobre sus hombros rencores del pasado o diatribas no superadas.
Quien odia o aborrece tan sólo se hace mal a sí mismo. En psicología se diría que quien odia sólo se destruye y mata a sí mismo. El odio es como el ácido arsénico que va carcomiendo todo lo bueno que Dios puso en el hombre. Ese ácido corroe, destruye, arde, humea, reduce, minimiza. Y sólo pensar que hay quienes en esta Patria trafican, viven, negocian, especulan, y ganan dinero, instrumentando el odio, promoviendo las bajas pasiones en otros, sembrando la semilla de la malquerencia entre los conciudadanos y cuando no escindiendo caras y buenas amistades a través del chisme o del perverso bochinche. Se montan en el carruaje de Lucifer: son agoreros del mal, espíritus impredecibles por cuanto no sabemos de ellos si "son chicha o limonada". Y también pensar que en medio de los hogares de esos hombres y mujeres crecen niños y niñas que mañana emularán a sus padres.
Este país no puede seguir hundido en el fango de la malquerencia, de la indisposición, de la revancha infértil a como tampoco postrado en un pasado que "no hay que olvidar", pero que "mentalmente, nos sigue gobernando, atosigando".
Por último un testimonio personal: Si hiciera de cada contienda judicial, como abogado penalista, de la contraparte un enemigo, creo que tan sólo tendría que saludar a aquellos de quienes he sido su abogado.
Dejemos de una vez por todas de seguir comportándonos como seres viscerales, infantiles, inmaduros, tontos. Tenemos que aprender a respetar, a perdonar, a dar la mano al caído, a levantar al desanimado, a dar aliento al alma triste y perdida, a rescatar a los perdidos.
abog27172010@hotmail.com
Y es que todas estas lacras del alma solamente encuentran acomodo, terreno fértil en donde germinar allí, en donde hay o existen espíritus empobrecidos, envilecidos por la soberbia y la vanidad, ampulosos por fuera pero verdaderos cementerios espirituales por dentro.
En tales almas, en esos congéneres, se multiplica, como el virus mortal de alguna enfermedad extrema, la simiente del mal cuyos frutos son: muerte, odio, rencor, vanidad, menosprecio, en fin. Pueden estar, según ellos, confortablemente bien: pero allí, en lo más profundo de sus corazones, bien saben que están muertos en vida, podridos por dentro, verdaderas piltrafas humanas que,como reza el adagio: "Ni dan ni dicen en dónde hay".
Son almas impasibles, frías, tenebrosas, tétricas, oscuras, silentes, caprichosas, soberbias, adoradoras de sí mismas. Sin embargo, de los tales el sabio Salomón bien dijo que: "De pronto busqué al impío y ya no estaba, había sido desarraigado de la faz de la Tierra".
Y es que no puede ser de otra manera: las almas gobernadas o sometidas al imperio del odio, de la ira, de la hipocresía, del rencor, de las bajas pasiones, terminan siendo víctimas de esos gigantes. Cuando no los hace sucumbir el caldo de miseria en el que pernoctan, la vida misma les hace una mala jugada. Entonces, algunos, se acuerdan que existe Dios, que hay un Dios misericordioso y bueno. Y qué bueno es Dios que, si en ellos encuentra verdadero y genuino arrepentimiento, son perdonados.
Otros, como lo registra la historia, aún en sus lechos de muerte, despotrican de Dios, hablan mal de Dios, retan a Dios y desafían todo lo bueno de Dios. Se dice que tanto Voltaire como Marx, en la hora de la muerte, terminaron confesando: "Dios: Tú me has vencido".
Sirva lo anterior como una prolija introducción para decir lo siguiente: Panamá es apenas un país cuya población, en comparación con algunos Estados, no alcanza ni siquiera a la que pueda tener la más pequeña división política de otra nación. Tres millones y unos más, todos nos conocemos, nos encontramos a diario, nos saludamos o nos saludan, sabemos de sus raíces, de sus familias, de quiénes fueron o son sus padres, sus familiares, sus hijos, etc. Pero qué pena, hay que decirlo, que hayan cientos y cientos de panameños y panameñas que caminen por este terruño envilecidos, menospreciativos, viscerales, intestinales, llevando sobre sus hombros rencores del pasado o diatribas no superadas.
Quien odia o aborrece tan sólo se hace mal a sí mismo. En psicología se diría que quien odia sólo se destruye y mata a sí mismo. El odio es como el ácido arsénico que va carcomiendo todo lo bueno que Dios puso en el hombre. Ese ácido corroe, destruye, arde, humea, reduce, minimiza. Y sólo pensar que hay quienes en esta Patria trafican, viven, negocian, especulan, y ganan dinero, instrumentando el odio, promoviendo las bajas pasiones en otros, sembrando la semilla de la malquerencia entre los conciudadanos y cuando no escindiendo caras y buenas amistades a través del chisme o del perverso bochinche. Se montan en el carruaje de Lucifer: son agoreros del mal, espíritus impredecibles por cuanto no sabemos de ellos si "son chicha o limonada". Y también pensar que en medio de los hogares de esos hombres y mujeres crecen niños y niñas que mañana emularán a sus padres.
Este país no puede seguir hundido en el fango de la malquerencia, de la indisposición, de la revancha infértil a como tampoco postrado en un pasado que "no hay que olvidar", pero que "mentalmente, nos sigue gobernando, atosigando".
Por último un testimonio personal: Si hiciera de cada contienda judicial, como abogado penalista, de la contraparte un enemigo, creo que tan sólo tendría que saludar a aquellos de quienes he sido su abogado.
Dejemos de una vez por todas de seguir comportándonos como seres viscerales, infantiles, inmaduros, tontos. Tenemos que aprender a respetar, a perdonar, a dar la mano al caído, a levantar al desanimado, a dar aliento al alma triste y perdida, a rescatar a los perdidos.
abog27172010@hotmail.com