Reflexiones en Río Caliente
El domingo 21 de abril lleagmos a Río Caliente, un tranquilo "spa" a sólo una hora de Guadalajara, la segunda urbe mexicana. Me asombra la ciudad por su encantadora arquitectura colonial y ambiente tranquilo, poco cambiada desde la última vez que la visité en 1991 para la reunión de la Primera Cumbre Iberoamericana, y a pesar de que hoy día ya cuenta con una población de 8 millones.
En Río Caliente observan una dieta vegetariana y ofrecen baños minerales de una fuente volcánica cercana que atrae turistas de Canadá y Estados Unidos, en su mayoría académicos y artistas, pero también vienen algunos empresarios. Casi todos practican yoga, lo que merece mi mayor respecto pero no mi participación ya que ni soy capaz de pararme de cabeza y menos aún balancearme en un pie. La razón de este viaje es que mi adorable esposa Wendy quería apartarme por una semana del bullicio de la noticia cotidiana para celebrar mi 75 cumpleaños en un ambiente propicio a la reflexión.
En ese tren de reflexión, o "tour d"horizon" (de sur a norte), mi primera pregunta fue ¿qué han hecho los argentinos de la Argentina? ¿Por qué teniéndolo todo, han acabado sin nada? ¿Cómo es posible que uno de los países más ricos del mundo esté al borde de la quiebra? Igualmente grave es que el estado calamitoso de su economía está socavando las cimientes de una de las más antiguas y sólidas democracias del continente, la de Uruguay. A Brasil, país que ya se considera una potencia que transciende el ámbito hemisférico con un estadista de calibre mundial, Fernando Henrique Cardoso, no está tan afectado aunque a Washington le preocupa la situación interna en el caso de una victoria de la izquierda.
Más al norte, la buena fe del gobierno colombiano de Andrés Pastrana es burlada por la diabólica unión de guerrilla y narcotráfico y ya, desesperado a pocos meses de dejar el poder, acude a Estados Unidos para más ayuda militar. Los rebeldes se burlan del gobierno, establecen su propia ley en la mitad del territorio, secuestran, asesinan, trafican y preparan, en las actuales condiciones mundiales, el más trágico de los desenlaces para Colombia y para Latinoamérica: la ocupación de un país declarado ingobernable por las fuerzas armadas de Estados Unidos, en nombre de su propia seguridad y del combate al crimen organizado.
"Lloramos por Colombia", escribió recientemente el novelista mexicano Carlos Fuentes, amigo de Pastrana pero con pocas cosas buenas que decir sobre su vecino, el caudillo Hugo Chávez. Fuentes, que a través de los años se destacó como un duro crítico de la política hemisférica de Washington, esta vez parece coincidir con lo que piensan la Casa Blanca del elusivo y efusivo líder venezolano, cuya defenestración de mediados de abril fue aplaudida por los voceros del departamento de Estado, creando la impresión en algunos medios que el gobierno de George W. Bush quizás no estuvo del todo ajeno en el frustrado golpe contra Chávez.
De hecho, en los últimos días, prácticamente no ha habido ningún periódico importante de habla hispana que no haya criticado el titubeo del gobierno de Washington ante el fugaz golpe civil-militar del 12 de abril. Peter Hakim, en un ensayo publicado por The New York Times, advierte que muchos en Latinoamérica interpretaron la reacción de Washington como una posible señal de que podría estar llegando a su fin la política que Estados Unidos ha mantenido en las últimas dos décadas de apoyar decididamente la democracia en América Latina, y como un potencial regreso a los tiempos en que Estados Unidos apoyaba dictaduras en la región con tal que le aseguren "seguridad y tranquilidad" para sus inversiones.
Las cancillerías latinoamericanas quedaron perplejas con la actitud de la Casa Blanca y el departamento de Estado por no haber consultado su respuesta a los eventos en Caracas con ninguno de los 19 países del Grupo de Río que estaba reunido en una cumbre en San José de Costa Rica y que no pudieron menos que repudiar el golpe después de ver las imágenes de Pedro Carmona, el infortunado líder empresarial, rodeado de militares en uniforme de campaña al ser juramentado jefe de Estado interino.
"No se entiende por qué a nadie en la Casa Blanca ni en el departamento de Estado se le ocurrió llamar a alguno de los jefes de Estado latinoamericanos para coordinar una acción conjunta", Viron P. Vaky, un ex-subsecretario de Estado y asesor de seguridad nacional en los gobiernos de Nixon y Ford, manifestó a El Panamá América al referirse a la condena del golpe emitida por el Grupo de Río.
Por otro lado, me temo que la imagen de Estados Unidos ha sufrido un grave deterioro dentro de la Organización de los Estados Americanos (OEA) tras su inicial euforia ante la aparente defenestración de Chávez. "Todos los miembros aplicaron inmediatamente la Carta Democrática Interamericana, que obliga a condenar e investigar cualquier relevo de poder al margen de la legalidad en un país de la OEA. Todos, menos Estados Unidos", acertó Enric González, el corresponsal en Washington del prestigioso periódico madrileno, El País.
Pero en honor a la verdad, en el "spa" "Río Caliente", cerca del poblado con el apropiado nombre de La Primavera, en el estado de Jalisco, nadie expresó gran interés ni en Chávez ni en la OEA.
Por la misma razón dejaron de asistir el Presidente de los Estados Unidos y el Presidente de Francia, los dos Estados que conjuntamente con Panamá, promovieron que las Naciones Unidas prohijaran el Congreso, tampoco asistieron el Primer Ministro del Japón, el Rey de España, el Presidente del Gobierno español, el Primer Ministro del Canadá y el Primer Ministro de Inglaterra. No obstante, el gobierno panameño se consideró satisfecho, complacido y realizado por la asistencia del Dr. Lee Teng Hui, de Taiwan.
Son muchas las razones que hacen tanto a la historia del país, como a mi propia historia personal, en lo que atañe a la reivindicación de la soberanía de Panamá sobre la totalidad de su territorio nacional, las que nos mueven a dejar sentado que la idea del frustrado Congreso Universal se asoció a una secular aspiración de todos los panameños y panameñas que querían tener la satisfacción de cerrar el siglo XX con un acto en que el mundo entero recibiera el genuino testimonio de la permanente vocación universalista del pueblo panameño. El desafío sigue en pie.
En Río Caliente observan una dieta vegetariana y ofrecen baños minerales de una fuente volcánica cercana que atrae turistas de Canadá y Estados Unidos, en su mayoría académicos y artistas, pero también vienen algunos empresarios. Casi todos practican yoga, lo que merece mi mayor respecto pero no mi participación ya que ni soy capaz de pararme de cabeza y menos aún balancearme en un pie. La razón de este viaje es que mi adorable esposa Wendy quería apartarme por una semana del bullicio de la noticia cotidiana para celebrar mi 75 cumpleaños en un ambiente propicio a la reflexión.
En ese tren de reflexión, o "tour d"horizon" (de sur a norte), mi primera pregunta fue ¿qué han hecho los argentinos de la Argentina? ¿Por qué teniéndolo todo, han acabado sin nada? ¿Cómo es posible que uno de los países más ricos del mundo esté al borde de la quiebra? Igualmente grave es que el estado calamitoso de su economía está socavando las cimientes de una de las más antiguas y sólidas democracias del continente, la de Uruguay. A Brasil, país que ya se considera una potencia que transciende el ámbito hemisférico con un estadista de calibre mundial, Fernando Henrique Cardoso, no está tan afectado aunque a Washington le preocupa la situación interna en el caso de una victoria de la izquierda.
Más al norte, la buena fe del gobierno colombiano de Andrés Pastrana es burlada por la diabólica unión de guerrilla y narcotráfico y ya, desesperado a pocos meses de dejar el poder, acude a Estados Unidos para más ayuda militar. Los rebeldes se burlan del gobierno, establecen su propia ley en la mitad del territorio, secuestran, asesinan, trafican y preparan, en las actuales condiciones mundiales, el más trágico de los desenlaces para Colombia y para Latinoamérica: la ocupación de un país declarado ingobernable por las fuerzas armadas de Estados Unidos, en nombre de su propia seguridad y del combate al crimen organizado.
"Lloramos por Colombia", escribió recientemente el novelista mexicano Carlos Fuentes, amigo de Pastrana pero con pocas cosas buenas que decir sobre su vecino, el caudillo Hugo Chávez. Fuentes, que a través de los años se destacó como un duro crítico de la política hemisférica de Washington, esta vez parece coincidir con lo que piensan la Casa Blanca del elusivo y efusivo líder venezolano, cuya defenestración de mediados de abril fue aplaudida por los voceros del departamento de Estado, creando la impresión en algunos medios que el gobierno de George W. Bush quizás no estuvo del todo ajeno en el frustrado golpe contra Chávez.
De hecho, en los últimos días, prácticamente no ha habido ningún periódico importante de habla hispana que no haya criticado el titubeo del gobierno de Washington ante el fugaz golpe civil-militar del 12 de abril. Peter Hakim, en un ensayo publicado por The New York Times, advierte que muchos en Latinoamérica interpretaron la reacción de Washington como una posible señal de que podría estar llegando a su fin la política que Estados Unidos ha mantenido en las últimas dos décadas de apoyar decididamente la democracia en América Latina, y como un potencial regreso a los tiempos en que Estados Unidos apoyaba dictaduras en la región con tal que le aseguren "seguridad y tranquilidad" para sus inversiones.
Las cancillerías latinoamericanas quedaron perplejas con la actitud de la Casa Blanca y el departamento de Estado por no haber consultado su respuesta a los eventos en Caracas con ninguno de los 19 países del Grupo de Río que estaba reunido en una cumbre en San José de Costa Rica y que no pudieron menos que repudiar el golpe después de ver las imágenes de Pedro Carmona, el infortunado líder empresarial, rodeado de militares en uniforme de campaña al ser juramentado jefe de Estado interino.
"No se entiende por qué a nadie en la Casa Blanca ni en el departamento de Estado se le ocurrió llamar a alguno de los jefes de Estado latinoamericanos para coordinar una acción conjunta", Viron P. Vaky, un ex-subsecretario de Estado y asesor de seguridad nacional en los gobiernos de Nixon y Ford, manifestó a El Panamá América al referirse a la condena del golpe emitida por el Grupo de Río.
Por otro lado, me temo que la imagen de Estados Unidos ha sufrido un grave deterioro dentro de la Organización de los Estados Americanos (OEA) tras su inicial euforia ante la aparente defenestración de Chávez. "Todos los miembros aplicaron inmediatamente la Carta Democrática Interamericana, que obliga a condenar e investigar cualquier relevo de poder al margen de la legalidad en un país de la OEA. Todos, menos Estados Unidos", acertó Enric González, el corresponsal en Washington del prestigioso periódico madrileno, El País.
Pero en honor a la verdad, en el "spa" "Río Caliente", cerca del poblado con el apropiado nombre de La Primavera, en el estado de Jalisco, nadie expresó gran interés ni en Chávez ni en la OEA.
Por la misma razón dejaron de asistir el Presidente de los Estados Unidos y el Presidente de Francia, los dos Estados que conjuntamente con Panamá, promovieron que las Naciones Unidas prohijaran el Congreso, tampoco asistieron el Primer Ministro del Japón, el Rey de España, el Presidente del Gobierno español, el Primer Ministro del Canadá y el Primer Ministro de Inglaterra. No obstante, el gobierno panameño se consideró satisfecho, complacido y realizado por la asistencia del Dr. Lee Teng Hui, de Taiwan.
Son muchas las razones que hacen tanto a la historia del país, como a mi propia historia personal, en lo que atañe a la reivindicación de la soberanía de Panamá sobre la totalidad de su territorio nacional, las que nos mueven a dejar sentado que la idea del frustrado Congreso Universal se asoció a una secular aspiración de todos los panameños y panameñas que querían tener la satisfacción de cerrar el siglo XX con un acto en que el mundo entero recibiera el genuino testimonio de la permanente vocación universalista del pueblo panameño. El desafío sigue en pie.