Respetando a los viejos
La patria es un sentimiento en la mirada de un viejo, dice el cantautor. Pero lo cierto es que en la realidad vemos otras cosas cuando se habla acerca de los viejos. Ser mayor significaba, en principio, ser superior en tamaño, y como también se decía en la antigüedad, en "edad, saber y gobierno". Igualmente escribió el filósofo Arangüren a los ochenta años, "mayores, por más prestigiosos y dignos de respeto son los seniores (de donde se deriva la palabra señores) y asimismo los decanos (miembros más antiguos de una comunidad) y los presbíteros, que etimológicamente significa los más ancianos, porque ven de más lejos que los que aún son diáconos".
En el orden de precedencia de la jerarquía romana iban antes los senadores que el mismo pueblo, porque los senadores eran la parte más sensata, cuerda y juiciosa: la "melior pars", como se dice en las primeras teorías de la democracia. Escasos en número y depositarios de la sabiduría colectiva de sus propias sociedades, los viejos tuvieron en otro tiempo una indiscutible aureola de prestigio. Algunos dicen que la invención de la escritura quitó a los viejos el monopolio de la memoria y arruinó su autoridad. Ahora mayor parece significar ser culpable de algo, aunque sólo sea de eso mismo: de ser viejo. Primero se teorizó el rechazo a la autoridad y ahora se consagra la abolición de la experiencia. No es casual que la UNESCO haya declarado el año pasado como Año Internacional de las Personas de Edad.
La renovación de eufemismos para referirse a la población mayor es un indicador de la naturaleza cambiante de esa generación. La delimitación cronológica vigente (los hombres se jubilan a los 62 años y las mujeres a los 57 años) vale para sus implicaciones laborales, pero no sirve como umbral de la vejez o ancianidad, porque no es la edad la que hace al anciano. Hay jóvenes y viejos de todas las edades. Uno es viejo no cuando llega a determinada edad, sino cuando se siente inútil y esa circunstancia se da por lo general después de la edad de jubilación, que es un anacronismo evidente. La etapa de inactividad postlaboral estigmatiza a las personas mayores como seres improductivos, instigadores de la guerra de las pensiones y consumidores voraces de gastos sociales. La condición de mayor es percibida como altamente inflacionaria. Pero los mayores son los depositarios de la experiencia, de la memoria, y con tales instrumentos de puede proyectar una vida no menos fecunda que otras, siempre que no se les atemorice con escarnios y no se les inocule el pánico de la obsolescencia.
Hace cincuenta años, la esperanza de vida media en Panamá era de 54 años para los hombres y de 57 para las mujeres, mientras que hoy es de 72 y 76 años respectivamente. Del total de la población actual, el 7% son mayores de 65 años y el 6% son mayores de 75 años. El hecho es que se estima que el 58% de las mujeres y el 52% de los hombres llegará a los 65 años, mientras que con los niveles de mortalidad vigentes cuando ellos nacieron sólo alcanzaban esa edad menos de la mitad de las mujeres y el 40% de los hombres. Casi 20% de hogares están constituidos por uno o más individuos de 65 años o más. No sólo son muchos, sino que son los artífices de nuestro presente. Por ambas razones, por su número y por los méritos y derechos devengados, merecen una especial consideración por parte del resto de la sociedad. Recuerdo aquel sabio cuento chino de un adulto que compraba con su salario tres panes: uno para sus dos hijos, otro para él y el tercero para sus padres. Esa es la referencia que tiene que tener nuestra sociedad para resultar saludable, habitable, humana y solidaria. Toda buena sociedad constituida como Dios manda, es un vínculo entre quienes la hicieron, quienes la gestionan y quienes van a heredarla.
Pero nos encontramos con la paradoja de que mientras que esta sociedad valora cada vez más lo antiguo y lo dota de prestigio, incluso de valor comercial, da connotaciones hoscas a la palabra viejo. El término "viejo" se ha convertido en una forma de clasificación genérica y en una condición con claros destellos de poca aceptación. Por eso si la juventud fuera locura y la madurez fuera lucha, la vejez sería sólo lamento, cansancio y tristeza. A los mayores no se les hace suficiente caso y la literatura sobre la vejez está trenzada de un tono pesimista. Esto es muy lamentable y no refleja nada bueno del mundo en que estamos, en el cual se confunde la calidad de vida con el poder económico. Vivir no es sólo comprar, es sentir afectos, tener proyectos y capacidad de disfrutar de emociones, saberes, encuentros, charlas, paseos, que son cosas fuera del mercado. No cuestan dinero. Quizá por eso no valoramos su capacidad de darnos sosiego y felicidad.
Pero el envejecimiento es fruto en parte de la longevidad y hay que dejar muy claro que eso es un logro, una conquista; se trata, pues, de un hecho no sólo natural sino positivo. Significa que muchos han sobrevivido y, por lo mismo, que cada individuo al envejecer debería sentirse optimista contemplando el éxito de su salud; la sociedad debería asimismo valorar ese éxito. No es así porque la intensificación del "daddy boom" está provocando un aumento en la tasa de dependencia. Una buena parte del esfuerzo productivo tendrá que dedicarse a pensiones y otros gastos sociales. El gasto panameño en pensiones asciende a más de 268 millones de balboas, según "Panamá en Cifras" de 1996. En otros términos, de cada cien balboas que los contribuyentes pagan a la Caja del Seguro Social (CSS) en forma de prestación, 37.5% se destina a pensiones. O mejor dicho, el gasto de la seguridad social en el Programa de Invalidez, Vejez y Muerte sobrepasa el 57% del total. Los pensionados de la CSS representan el 12% de la población económicamente activa. Casi seis de cada cien panameños cobra alguna pensión pública y, más relevante aún, cerca del 7% de la población depende de las pensiones como fuente principal de ingresos (incluyendo dependientes de pensionados). Además, lo que empezó siendo una consecuencia del declive de la natalidad es ahora una causa que limita su recuperación. Hemos tenido éxito en retrasar la muerte. Hace cincuenta años se producían 12 defunciones por cada mil habitantes, hoy sólo seis. Pero de éxito también se muere: por eso, paradójicamente, la mortalidad general va a subir, lo está haciendo ya, debido al envejecimiento de la población. Hemos tenido éxito en dar más años a la vida, aunque nos quede el reto de dar más vida a los años.
Panamá envejece, pero ninguna culpa alcanza a los mayores porque el aumento, en cifras absolutas, del número de viejos no se traduce automáticamente en una intensificación del envejecimiento. La realidad es que no hemos tratado a nuestros viejos de la forma como ellos se lo merecen. Y una prueba elocuente es la mentada Ley 6 de 1987 "por la cual se adoptan medidas en beneficio de los ciudadanos jubilados, pensionados de la tercera y cuarta edad", y que, en mi opinión, de ley sólo tiene el nombre porque es un completo relajo. Primeramente, no es ningún secreto que son pocos los establecimientos comerciales que están cumpliendo con los descuentos a los que están obligados por la ley, y que la mayoría inclusive impone trabas y evita transacciones con estos ciudadanos, en una total contravención con la moralidad y la justicia social. En segundo lugar, las infracciones por incumplimiento a esta ley requieren de una intervención coactiva y oportuna por parte de la autoridad competente, que es el Ministerio de Comercio e Industrias (MICI), para que garantice los intereses y derechos de estos ciudadanos. Consideramos que no es justo ni consecuente con la realidad que el éxito de las personas se convierta con el correr de los años en su propio problema. Sólo de pensarlo nos debería dar temor de lo que nos espera si alguna vez llegamos a ser viejos.
Existe una necesidad de incluir el problema del envejecimiento en la agenda social y de desarrollo humano del gobierno actual para afrontar los diferentes asuntos relacionados con esta problemática. Entiéndase bien que la patria no la definen aquellos que oprimen a los viejos. Muy por el contrario, la patria son tantas cosas bellas, incluyendo sobre todo el recuerdo de los viejos que nos quieren y nos vieron crecer.
En el orden de precedencia de la jerarquía romana iban antes los senadores que el mismo pueblo, porque los senadores eran la parte más sensata, cuerda y juiciosa: la "melior pars", como se dice en las primeras teorías de la democracia. Escasos en número y depositarios de la sabiduría colectiva de sus propias sociedades, los viejos tuvieron en otro tiempo una indiscutible aureola de prestigio. Algunos dicen que la invención de la escritura quitó a los viejos el monopolio de la memoria y arruinó su autoridad. Ahora mayor parece significar ser culpable de algo, aunque sólo sea de eso mismo: de ser viejo. Primero se teorizó el rechazo a la autoridad y ahora se consagra la abolición de la experiencia. No es casual que la UNESCO haya declarado el año pasado como Año Internacional de las Personas de Edad.
La renovación de eufemismos para referirse a la población mayor es un indicador de la naturaleza cambiante de esa generación. La delimitación cronológica vigente (los hombres se jubilan a los 62 años y las mujeres a los 57 años) vale para sus implicaciones laborales, pero no sirve como umbral de la vejez o ancianidad, porque no es la edad la que hace al anciano. Hay jóvenes y viejos de todas las edades. Uno es viejo no cuando llega a determinada edad, sino cuando se siente inútil y esa circunstancia se da por lo general después de la edad de jubilación, que es un anacronismo evidente. La etapa de inactividad postlaboral estigmatiza a las personas mayores como seres improductivos, instigadores de la guerra de las pensiones y consumidores voraces de gastos sociales. La condición de mayor es percibida como altamente inflacionaria. Pero los mayores son los depositarios de la experiencia, de la memoria, y con tales instrumentos de puede proyectar una vida no menos fecunda que otras, siempre que no se les atemorice con escarnios y no se les inocule el pánico de la obsolescencia.
Hace cincuenta años, la esperanza de vida media en Panamá era de 54 años para los hombres y de 57 para las mujeres, mientras que hoy es de 72 y 76 años respectivamente. Del total de la población actual, el 7% son mayores de 65 años y el 6% son mayores de 75 años. El hecho es que se estima que el 58% de las mujeres y el 52% de los hombres llegará a los 65 años, mientras que con los niveles de mortalidad vigentes cuando ellos nacieron sólo alcanzaban esa edad menos de la mitad de las mujeres y el 40% de los hombres. Casi 20% de hogares están constituidos por uno o más individuos de 65 años o más. No sólo son muchos, sino que son los artífices de nuestro presente. Por ambas razones, por su número y por los méritos y derechos devengados, merecen una especial consideración por parte del resto de la sociedad. Recuerdo aquel sabio cuento chino de un adulto que compraba con su salario tres panes: uno para sus dos hijos, otro para él y el tercero para sus padres. Esa es la referencia que tiene que tener nuestra sociedad para resultar saludable, habitable, humana y solidaria. Toda buena sociedad constituida como Dios manda, es un vínculo entre quienes la hicieron, quienes la gestionan y quienes van a heredarla.
Pero nos encontramos con la paradoja de que mientras que esta sociedad valora cada vez más lo antiguo y lo dota de prestigio, incluso de valor comercial, da connotaciones hoscas a la palabra viejo. El término "viejo" se ha convertido en una forma de clasificación genérica y en una condición con claros destellos de poca aceptación. Por eso si la juventud fuera locura y la madurez fuera lucha, la vejez sería sólo lamento, cansancio y tristeza. A los mayores no se les hace suficiente caso y la literatura sobre la vejez está trenzada de un tono pesimista. Esto es muy lamentable y no refleja nada bueno del mundo en que estamos, en el cual se confunde la calidad de vida con el poder económico. Vivir no es sólo comprar, es sentir afectos, tener proyectos y capacidad de disfrutar de emociones, saberes, encuentros, charlas, paseos, que son cosas fuera del mercado. No cuestan dinero. Quizá por eso no valoramos su capacidad de darnos sosiego y felicidad.
Pero el envejecimiento es fruto en parte de la longevidad y hay que dejar muy claro que eso es un logro, una conquista; se trata, pues, de un hecho no sólo natural sino positivo. Significa que muchos han sobrevivido y, por lo mismo, que cada individuo al envejecer debería sentirse optimista contemplando el éxito de su salud; la sociedad debería asimismo valorar ese éxito. No es así porque la intensificación del "daddy boom" está provocando un aumento en la tasa de dependencia. Una buena parte del esfuerzo productivo tendrá que dedicarse a pensiones y otros gastos sociales. El gasto panameño en pensiones asciende a más de 268 millones de balboas, según "Panamá en Cifras" de 1996. En otros términos, de cada cien balboas que los contribuyentes pagan a la Caja del Seguro Social (CSS) en forma de prestación, 37.5% se destina a pensiones. O mejor dicho, el gasto de la seguridad social en el Programa de Invalidez, Vejez y Muerte sobrepasa el 57% del total. Los pensionados de la CSS representan el 12% de la población económicamente activa. Casi seis de cada cien panameños cobra alguna pensión pública y, más relevante aún, cerca del 7% de la población depende de las pensiones como fuente principal de ingresos (incluyendo dependientes de pensionados). Además, lo que empezó siendo una consecuencia del declive de la natalidad es ahora una causa que limita su recuperación. Hemos tenido éxito en retrasar la muerte. Hace cincuenta años se producían 12 defunciones por cada mil habitantes, hoy sólo seis. Pero de éxito también se muere: por eso, paradójicamente, la mortalidad general va a subir, lo está haciendo ya, debido al envejecimiento de la población. Hemos tenido éxito en dar más años a la vida, aunque nos quede el reto de dar más vida a los años.
Panamá envejece, pero ninguna culpa alcanza a los mayores porque el aumento, en cifras absolutas, del número de viejos no se traduce automáticamente en una intensificación del envejecimiento. La realidad es que no hemos tratado a nuestros viejos de la forma como ellos se lo merecen. Y una prueba elocuente es la mentada Ley 6 de 1987 "por la cual se adoptan medidas en beneficio de los ciudadanos jubilados, pensionados de la tercera y cuarta edad", y que, en mi opinión, de ley sólo tiene el nombre porque es un completo relajo. Primeramente, no es ningún secreto que son pocos los establecimientos comerciales que están cumpliendo con los descuentos a los que están obligados por la ley, y que la mayoría inclusive impone trabas y evita transacciones con estos ciudadanos, en una total contravención con la moralidad y la justicia social. En segundo lugar, las infracciones por incumplimiento a esta ley requieren de una intervención coactiva y oportuna por parte de la autoridad competente, que es el Ministerio de Comercio e Industrias (MICI), para que garantice los intereses y derechos de estos ciudadanos. Consideramos que no es justo ni consecuente con la realidad que el éxito de las personas se convierta con el correr de los años en su propio problema. Sólo de pensarlo nos debería dar temor de lo que nos espera si alguna vez llegamos a ser viejos.
Existe una necesidad de incluir el problema del envejecimiento en la agenda social y de desarrollo humano del gobierno actual para afrontar los diferentes asuntos relacionados con esta problemática. Entiéndase bien que la patria no la definen aquellos que oprimen a los viejos. Muy por el contrario, la patria son tantas cosas bellas, incluyendo sobre todo el recuerdo de los viejos que nos quieren y nos vieron crecer.