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Resucitó


Anoche nos reunimos para celebrar la Liturgia de la Luz. El Lucernario. Como una inmensa espada luminosa rasgamos la oscuridad del templo que con el concurso de los acompañantes se fue iluminando progresivamente hasta llegar a ser de día.
Nos reunimos como quien quiere celebrar un acontecimiento en la intimidad, como quien tiene prisa de que el día comience. No es porque amemos la oscuridad, es porque deseamos que la luz brille más fuerte. Somos un pueblo caminante hacia la luz, con la alegría de la esperanza.
Hoy es para nosotros prolongación de la noche santa, llena de gozo, de victoria y de vida. Cristo había muerto. Pero ha resucitado. Este es el gran acontecimiento. Para los que esperamos en él significa que ha nacido la vida, que la luz ha estallado en las tinieblas, que la muerte ha sido vencida.
El Cristo pascual es el signo de Cristo resucitado que vive entre nosotros para siempre. Por eso encendemos también nuestros cirios. Ellos son el signo de que nosotros también hemos resucitado.
No todo sucedió en un momento. La salvación del hombre tiene una historia. Es la historia de las maravillas que Dios ha obrado para salvarnos. Dios ha tenido un designio desde siempre: comunicarnos su misma vida. Desde la creación Dios ha ido respondiendo a las infidelidades del hombre con nuevas promesas de salvación hasta que, al final de los tiempos, envió a su Hijo Jesucristo. Con El todo llegó a su cumplimiento: la alianza nueva ha sucedido a la antigua, la pascua nueva ha suplantado a la antigua, y el Espíritu ha sido derramado sobre los nuevos hijos de Dios.
Por el Bautismo todos nosotros hemos sido partícipes de la maravillosa vida de Dios en Cristo. Por El pasamos de la muerte del pecado a la vida de la gracia, de las tinieblas a la luz. Desde entonces somos hijos de Dios y miembros de la gran familia de la Iglesia. Esta fue nuestra primera resurrección .Por eso, en esta noche santa que ya hoy es día luminoso, la Iglesia nos invita a renovar nuestras promesas bautismales, nuestra fe, nuestro nacimiento a la vida de Dios.
Es como profesar públicamente nuestro deseo de volver a vivir y a resucitar con Cristo vivo y resucitado. A los signos del agua y de la luz deben acompañar una fe entusiasta y sincera.
Los nuevos hijos de Dios hemos nacido a la vida de Dios. Esta vida no puede dispersarnos, no puede dividirnos. Una y otra vez podemos estar juntos para recordar el acontecimiento que nos ha salvado, para celebrar el memorial de la muerte y resurrección de Cristo.
Es lo que vamos a hacer ahora, al celebrar la Eucaristía. El cuerpo de Cristo es nuestro alimento en el camino, la vida que alimenta nuestra vida, y que le hace producir frutos de caridad, de justicia y de paz.

101 años de Panamá América

 
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