Retorno de Noriega
Dicen que "No hay muerto malo, ni novia fea". Para la distancia del recuerdo y la proximidad del amor, todo se ve bien. No es de extrañar que presidentes que han dejado el cargo con picazón en los pies para irse rápido, después de un par de lustros sean candidatos favoritos para el Solio Presidencial. En países como Venezuela, España o Nicaragua, todavía hay perezjimenistas, franquistas y somocistas recalcitrantes que añoran algo de ese funesto pasado.
No es de extrañar, pues, que en Panamá haya quienes le quieran pintar la casa a Noriega y otros que se preparen para recibirlo. Algunos lo harán por ignorancia, otros por olvido y otros más para protestar porque la democracia los ha olvidado a ellos. Sea lo que sea, también es de esperar que haya quienes no puedan olvidar la muerte, las torturas y la represión con la que Noriega pretendió aferrarse al poder.
El clima actual ya está bastante crispado como para que la posibilidad del retorno de Noriega a Panamá -sea para cumplir su pena como dicen unos, o para andar por la calle como tememos otros-, aumente la inestabilidad del país.
A pesar de lo que han aseverado nuestras autoridades, según los voceros del Gobierno de Estados Unidos hubo coordinación entre los Estados para que al salir de la prisión federal, Noriega sea extraditado a Francia, en donde también enfrenta cargos. Panamá no ha realizado -aparentemente ex profeso- las gestiones para que sea enviado a cumplir sus penas en nuestro país. Otros aseguran que al salir con sentencia reducida, por "buena conducta", Noriega deberá mantenerse en el territorio estadounidense para reportarse a los oficiales judiciales hasta el fin de su condena original. Todas son posibilidades que dependen de decisiones judiciales, pero también de decisiones políticas.
Panamá ha reformado su Código Penal para que alguien de la edad de Noriega pague sólo casa por cárcel. Además están los argumentos del juicio en ausencia. Tenemos que preguntarnos si -ante el aparente "favor" que Estados Unidos nos quiere hacer de no mandarlo a Panamá-, las próximas decisiones legislativas puedan hacer cambiar esa disposición diplomática y nos encontremos con el escenario absurdo de un Noriega no sólo en Panamá, sino en una de sus casas y con sus amigos celebrando la extraña ineptitud de funcionarios de un gobierno del que hace 17 años él fuera jefe máximo.
No es de extrañar, pues, que en Panamá haya quienes le quieran pintar la casa a Noriega y otros que se preparen para recibirlo. Algunos lo harán por ignorancia, otros por olvido y otros más para protestar porque la democracia los ha olvidado a ellos. Sea lo que sea, también es de esperar que haya quienes no puedan olvidar la muerte, las torturas y la represión con la que Noriega pretendió aferrarse al poder.
El clima actual ya está bastante crispado como para que la posibilidad del retorno de Noriega a Panamá -sea para cumplir su pena como dicen unos, o para andar por la calle como tememos otros-, aumente la inestabilidad del país.
A pesar de lo que han aseverado nuestras autoridades, según los voceros del Gobierno de Estados Unidos hubo coordinación entre los Estados para que al salir de la prisión federal, Noriega sea extraditado a Francia, en donde también enfrenta cargos. Panamá no ha realizado -aparentemente ex profeso- las gestiones para que sea enviado a cumplir sus penas en nuestro país. Otros aseguran que al salir con sentencia reducida, por "buena conducta", Noriega deberá mantenerse en el territorio estadounidense para reportarse a los oficiales judiciales hasta el fin de su condena original. Todas son posibilidades que dependen de decisiones judiciales, pero también de decisiones políticas.
Panamá ha reformado su Código Penal para que alguien de la edad de Noriega pague sólo casa por cárcel. Además están los argumentos del juicio en ausencia. Tenemos que preguntarnos si -ante el aparente "favor" que Estados Unidos nos quiere hacer de no mandarlo a Panamá-, las próximas decisiones legislativas puedan hacer cambiar esa disposición diplomática y nos encontremos con el escenario absurdo de un Noriega no sólo en Panamá, sino en una de sus casas y con sus amigos celebrando la extraña ineptitud de funcionarios de un gobierno del que hace 17 años él fuera jefe máximo.