Retrato hablado de la vieja política
"La legitimidad de los partidos políticos panameños es ambigua, ya que las élites apoyan fehacientemente a los partidos y las elecciones, pero la ciudadanía no. Ambos parecen vivir en dos mundos distintos. Uno, autocomplaciente y satisfecho; el otro, desencantado y radicalmente crítico", así lo afirma Harry Brown en su libro de reciente aparición “Partidos Políticos y Elecciones en Panamá”, un valioso texto para el debate que debería ser conocido y discutido ampliamente. El autor coloca en esa cita una de las principales contradicciones y paradojas de la vida política nacional.
A mi parecer, es difícil entender y conciliar el hecho que por una parte los partidos (y los diputados) sean tan mal calificados en Panamá y que la mitad de los electores no están inscritos, con el hecho que la otra mitad sí esté inscrita y que se dé una alta concurrencia a las urnas. Esto se explica por la vigencia de una vieja manera de hacer política, de una cultura política degradada producto de un acumulado histórico que funciona como un espejo. La población aprendió que en la política electoral los partidos se mueven por conveniencia, despliegan el clientelismo y el patrimonialismo, y mucha gente ha internalizado esa relación, haciéndola parte de su comportamiento.
Luego, los partidos actúan como reflejo de ese electorado que es, al mismo tiempo, reflejo de su accionar. Por ello, a muchos no les preocupa ni le dan mucho valor a estar inscritos en un partido. No posee lealtad a programa o ideología partidaria, ni cotiza, sino más bien se mueve en el círculo vicioso ya descrito.
La utilidad de inscribirse está condicionada a la posibilidad de ocupar un cargo, conseguir empleo o proteger un empleo adquirido, o el pago de la luz, el agua o el tanque de gas, becas, matrículas o textos escolares, materiales de construcción, libretas de lotería, concesiones o puestos de venta, padrinazgos, compadrazgos, y cosas por el estilo.
Sólo una parte minoritaria de los miembros de un partido son parte de la organización por conciencia, convicción, ideología o tradición, o votan por ello.
Los partidos que tienen posibilidad de llegar al poder o que están en el poder crecen en inscritos/as rápidamente; aun los de oposición puede que también, si poseen espacios legislativos, municipales, además de recoger descontentos o disidentes insatisfechos.
Aclaremos, los partidos son fundamentales, pero no son bien vistos. No existe democracia sin partidos, pero tampoco hay democracia ni partidos sin una ciudadanía activa.
Pregunto, ¿cómo lograr partidos creíbles y coherentes, con agendas políticas, económicas y sociales que respondan al bien común, que practiquen interna y externamente la democracia y transparencia, con un financiamiento sin tacha, que crean en la participación ciudadana, orienten y eduquen en una nueva manera de hacer política que nos acerque al ideal democrático?
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