Ruido vehicular
Definitivamente, esta ciudad sería más amigable y daría mejor impresión a propios y extraños con sólo eliminar el ruido de las bocinas de los automóviles. Allí radica la principal fuente de contaminación auditiva que padecemos los panameños. Y obviamente, si mejoramos ese detalle, por inercia, mejorará también el resto del país.
Por alguna razón, los panameños pitamos por gusto, sin que haya razón alguna para hacerlo. Y nos parece de lo más natural, hasta que nos toca viajar o manejar en el extranjero. Allá nadie lo hace, al menos no en países más avanzados. En Chile, por ejemplo, parece que hubieran suprimido las bocinas a los automóviles. Igual en Japón y Taiwan. El tránsito puede ser nutrido, pero rara vez se colisiona y, sobre todo, nadie pita. Así es en muchas ciudades de Estados Unidos y Europa.
Si alguna vez algo se oye en las calles, fuera de algún tubo de escape en mal estado, que no rodará muchas cuadras antes que el vehículo sea detenido por alguna autoridad, es el silbato de algún policía o la sirena de un patrulla o ambulancia. Nadie pita, ni aunque estuviera muriendo.
Aquí, en cambio, es un desastre.
El taxista pita cuando quiere la atención de un potencial cliente, cualquier conductor hace igual tan pronto sobreviene un cambio de luz, otro ocioso hace sonar su bocina al advertir la presencia de alguna dama bien dotada, y nunca falta algún desconsiderado ignorante que en lugar de bajarse a tocar el timbre de una casa, prefiere agredir al vecindario a pitazos, no importa que sea la hora de dormir. Dirán, "es mi derecho y los demás que aguanten". Pero se equivocan. Nadie tiene derecho de hacer ruido innecesario. Hay multas para estos casos, que las autoridades no aplican porque las ignoran. Pero no sólo son las bocinas, son también los autos en mal estado y los anunciantes de un producto o evento cualquiera que, sin más derecho que la arbitrariedad o la fuerza, montan altoparlantes sobre vehículos para hacer ruido, no importa si se afecta a quienes trabajan, descansan o yacen en un lecho de enfermo.
Acabar con ese mal es fácil. Es cuestión de empezar a multar a unos cuantos, como cuando se impuso el cinturón de seguridad. Después de eso, que parece una pequeñez, tendremos la impresión de una ciudad con mayor orden y con presencia de autoridad. Ese es el primer paso para imponer respeto a la ley, la seguridad, ganar una imagen más civilizada y crear un ambiente más sano.
Dios te salve Panamá.
(victorianos@hotmail.com)
Por alguna razón, los panameños pitamos por gusto, sin que haya razón alguna para hacerlo. Y nos parece de lo más natural, hasta que nos toca viajar o manejar en el extranjero. Allá nadie lo hace, al menos no en países más avanzados. En Chile, por ejemplo, parece que hubieran suprimido las bocinas a los automóviles. Igual en Japón y Taiwan. El tránsito puede ser nutrido, pero rara vez se colisiona y, sobre todo, nadie pita. Así es en muchas ciudades de Estados Unidos y Europa.
Si alguna vez algo se oye en las calles, fuera de algún tubo de escape en mal estado, que no rodará muchas cuadras antes que el vehículo sea detenido por alguna autoridad, es el silbato de algún policía o la sirena de un patrulla o ambulancia. Nadie pita, ni aunque estuviera muriendo.
Aquí, en cambio, es un desastre.
El taxista pita cuando quiere la atención de un potencial cliente, cualquier conductor hace igual tan pronto sobreviene un cambio de luz, otro ocioso hace sonar su bocina al advertir la presencia de alguna dama bien dotada, y nunca falta algún desconsiderado ignorante que en lugar de bajarse a tocar el timbre de una casa, prefiere agredir al vecindario a pitazos, no importa que sea la hora de dormir. Dirán, "es mi derecho y los demás que aguanten". Pero se equivocan. Nadie tiene derecho de hacer ruido innecesario. Hay multas para estos casos, que las autoridades no aplican porque las ignoran. Pero no sólo son las bocinas, son también los autos en mal estado y los anunciantes de un producto o evento cualquiera que, sin más derecho que la arbitrariedad o la fuerza, montan altoparlantes sobre vehículos para hacer ruido, no importa si se afecta a quienes trabajan, descansan o yacen en un lecho de enfermo.
Acabar con ese mal es fácil. Es cuestión de empezar a multar a unos cuantos, como cuando se impuso el cinturón de seguridad. Después de eso, que parece una pequeñez, tendremos la impresión de una ciudad con mayor orden y con presencia de autoridad. Ese es el primer paso para imponer respeto a la ley, la seguridad, ganar una imagen más civilizada y crear un ambiente más sano.
Dios te salve Panamá.
(victorianos@hotmail.com)