Separación de Colombia
Este es el último 3 de noviembre del milenio. La percepción general de aquella atrevida gesta de 1903 ha variado con el tiempo. En las primeras décadas se le miró con admiración, no así en las subsiguientes, cuando se le matizó como un mero movimiento oligárquico criollo con apoyo norteamericano, unidos por el interés de construir el canal interoceánico, proyecto que había sido rechazado, en la forma de Tratado Herrán-Hay, por el senado colombiano, el 12 de agosto anterior.
Conforme dicho tratado, Colombia consentía en que, previa compra por Estados Unidos de los derechos para construir la vía, que ostentaba la francesa Compañía Universal del Canal, el último país adquiriría el derecho perpetuo de hacer realidad la obra y controlar absolutamente una franja de cinco kilómetros a cada lado de la vía, conservando Colombia la soberanía sobre dicho territorio, todo a cambio de una indemnización de $10 millones de dólares y una anualidad de $250 mil.
El senado colombiano consideró, empero, que los términos del tratado eran humillantes y económicamente inconvenientes, lo que motivó su rechazo y la consiguiente irritación tanto de Estados Unidos como de Panamá, en medio de todo lo cual se movía el presidente de la quebrada compañía francesa, Philippe Bunau-Varilla, empeñado en recuperar algunos millones para su empresa, mediante la venta a Estados Unidos de la concesión para la construcción del canal.
El historiador colombiano Eduardo Lemaitre es, incluso, más crudo. Sostiene que Panamá fue fruto de las maniobras del empresario francés, quien no tuvo inconveniente en fabricar un país, con tal de sacar del atascadero a su malhadada compañía. La hipótesis, no obstante, no tomaba para nada en cuenta el hecho innegable de una nación que, aunque pequeña, demostró con creces su deseo de ser independiente, intentando por propia iniciativa numerosos actos de emancipación, desde su independencia de España en 1821 y a todo lo largo de su convulsionado período colombiano.
Con el tiempo, el perfil de los padres de la Patria, desdibujado por concepciones nacionalistas mal entendidas, se fueron rectificando. De ese modo, hoy no debe haber duda de los indudables méritos de aquellos nobles ciudadanos, ninguno con mayores aprietos materiales, quienes compartieron el ideal independentista y desearon al mismo tiempo una mejor oportunidad económica para su país a partir de la ejecución de la magna empresa.
Ellos, José Agustín Arango, Manuel Amador Guerrero, Carlos Constantino Arosemena, Nicanor de Obarrio, Ricardo Arias, Federico Boyd, Tomás Arias, Manuel Espinosa B., Carlos Mendoza, Juan Henríquez, Eusebio Morales, Gerardo Ortega, Carlos Clement, Eduardo Icaza, Ramón Valdez, Domingo Díaz, Pedro A. Díaz, Pastor Jiménez, Carlos Zachrisson, Porfirio Meléndez y Orondaste Martínez, entre otros, lo arriesgaron todo por fundar esta Patria. Y a las sucesivas generaciones de panameños nos toca perfeccionarla, partiendo de las difíciles circunstancias de su nacimiento, pasando por el 31 de diciembre próximo, día de la reversión total del Canal, que fue la causa de dichas y desdichas, y que hoy es nuestro mayor tesoro y máxima responsabilidad con el mundo.
Conforme dicho tratado, Colombia consentía en que, previa compra por Estados Unidos de los derechos para construir la vía, que ostentaba la francesa Compañía Universal del Canal, el último país adquiriría el derecho perpetuo de hacer realidad la obra y controlar absolutamente una franja de cinco kilómetros a cada lado de la vía, conservando Colombia la soberanía sobre dicho territorio, todo a cambio de una indemnización de $10 millones de dólares y una anualidad de $250 mil.
El senado colombiano consideró, empero, que los términos del tratado eran humillantes y económicamente inconvenientes, lo que motivó su rechazo y la consiguiente irritación tanto de Estados Unidos como de Panamá, en medio de todo lo cual se movía el presidente de la quebrada compañía francesa, Philippe Bunau-Varilla, empeñado en recuperar algunos millones para su empresa, mediante la venta a Estados Unidos de la concesión para la construcción del canal.
El historiador colombiano Eduardo Lemaitre es, incluso, más crudo. Sostiene que Panamá fue fruto de las maniobras del empresario francés, quien no tuvo inconveniente en fabricar un país, con tal de sacar del atascadero a su malhadada compañía. La hipótesis, no obstante, no tomaba para nada en cuenta el hecho innegable de una nación que, aunque pequeña, demostró con creces su deseo de ser independiente, intentando por propia iniciativa numerosos actos de emancipación, desde su independencia de España en 1821 y a todo lo largo de su convulsionado período colombiano.
Con el tiempo, el perfil de los padres de la Patria, desdibujado por concepciones nacionalistas mal entendidas, se fueron rectificando. De ese modo, hoy no debe haber duda de los indudables méritos de aquellos nobles ciudadanos, ninguno con mayores aprietos materiales, quienes compartieron el ideal independentista y desearon al mismo tiempo una mejor oportunidad económica para su país a partir de la ejecución de la magna empresa.
Ellos, José Agustín Arango, Manuel Amador Guerrero, Carlos Constantino Arosemena, Nicanor de Obarrio, Ricardo Arias, Federico Boyd, Tomás Arias, Manuel Espinosa B., Carlos Mendoza, Juan Henríquez, Eusebio Morales, Gerardo Ortega, Carlos Clement, Eduardo Icaza, Ramón Valdez, Domingo Díaz, Pedro A. Díaz, Pastor Jiménez, Carlos Zachrisson, Porfirio Meléndez y Orondaste Martínez, entre otros, lo arriesgaron todo por fundar esta Patria. Y a las sucesivas generaciones de panameños nos toca perfeccionarla, partiendo de las difíciles circunstancias de su nacimiento, pasando por el 31 de diciembre próximo, día de la reversión total del Canal, que fue la causa de dichas y desdichas, y que hoy es nuestro mayor tesoro y máxima responsabilidad con el mundo.