default

Ser maestro...ser educador


El educador, digno de este nombre, no puede ni debe ser, en manera alguna, un simple técnico de la enseñanza. La educación no es, pura y simplemente, una profesión como otra cualquiera: un oficio que permita, al que lo ejerza, ocupar una determinada posición en el ámbito social y, en esta forma, ganarse honradamente el pan de cada día.
La educación es una pasión. Una pasión por saber y despertar en otros ese mismo afán por saber, comprender y amar. Reiteramos, la educación no es sólo y únicamente profesión; es pasión y entrega generosa.
En la educación, en tanta actividad substancialmente humana, debe hacerse presente y predominar el eros pedagógico; el amor, la bondad, la generosidad y la dedicación han de privar sobre las otras preocupaciones prácticas. Por amor se entra en esta profesión y por amor se mantiene la persona en ella; a pesar de las contrariedades, los sacrificios y sin sabores que puedan surgir en el camino.
El educador ha de tener ardiente en su interior, el aprecio y dedicación a los altos valores que constituyen la esencia de la persona humana. Es la manera cierta de llegar al educando, a fin de elevarlo, perfeccionarlo y formarlo.
Teniendo la mayéutica socrática como paradigma y esta es la que considero su cabal interpretación filosófica; la enseñanza no es la entrega desde afuera del educando de una creencia dogmática, que debe ser aceptada sin discusión ni diálogo.
La autentica enseñanza, lograda por el maestro, consiste en esa iluminación que el estudiante realiza en sí mismo y con su propio esfuerzo.
Se trata de que el alumno descubra en su interior la maravillosa posibilidad, desconocida antes por él, de atrapar la verdad y hacerla suya.
La enseñanza no es repetición mecánica; no es aceptación tácita y callada de lo que dice el maestro; es dialéctica; es controversia; atreverse a disentir y cuestionar toda afirmación y creencia. Y lograr, como afirma Descartes, su propia y personal opinión.
Lo anterior trata de mostrar, en la enseñanza, la diferencia entre información y formación; entre adiestrar y educar.
El afán y preocupación del maestro en cuanto sentimiento, en cuanto eros pedagógico, se dirige a la juventud en general e influye en el bienestar y progreso de la República. En tanto más educados los ciudadanos, mejor funciona la democracia. Aquí el papel importante del maestro en la forma y consolidación de nuestra nación.
Estudiante y maestro, dos personas contradictorias, por la edad y por la preparación, pero unidas por la simpatía y el espíritu. El estudiante percibe en el maestro a un ser superior, una persona que lo estimula y ayuda. Una persona a quien se esfuerza en agradar. Bien dice Luis Vives: "El estímulo más eficaz para el alumno radica en su admiración por el valor espiritual y la pureza de vida del maestro".
Comprendemos que en estas notas sobre el educador apuntamos al maestro ideal y que, en la práctica se dan otros grados y tipos de enseñadores. Los que a la enseñanza nos dedicamos tratamos hasta donde lleguen nuestras posibilidades de aproximarnos al maestro ideal.
MAESTRO, así con mayúscula, es el modelo que todos nosotros recordamos, profundamente agradecidos, por el resto de nuestra existencia; y palpita en nuestras vivencias de la vida estudiantil; aquella humilde maestra que, en nuestros años de primaria guió nuestros primeros pasos por el camino de la superación personal; el profesor jovial y sagaz de la secundaria; el catedrático universitario, pleno de bondad y sabiduría. Todos ellos encarnaron, para nosotros, esa persona que, para nuestro bien, nuestro mejoramiento y felicidad, influyó decididamente en nuestras vidas; dejó en nuestro espíritu una impronta imborrable. Fue, cada uno de ellos, nuestro personaje inolvidable: nuestros maestros.
Nota: Estas reflexiones recogen, con toda intención, a veces de manera textual, de lo que he dicho y escrito a través de mi existencia.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América