default

Sin adversario no hay política; y sin respeto, no habrá democracia


Es lamentable cómo este infame clima electoral sigue su curso; en Panamá todo parece girar alrededor de una política parcial y fugaz. El ejercicio político merece nuestra mayor admiración y respeto, y en efecto, es perjudicial el gusto socarrón de algunos de tener el zapato en alto cada vez que alguien anuncia su interés en participar. No obstante, estamos a merced de un espectáculo donde muchos retiran la palabra o la escucha a un adversario. Ello, aunado a la falta de mecanismos democráticos de participación, es el principal problema de nuestro ejercicio político, fenómeno que nos hará oscilar al autoritarismo tarde o temprano.

Alexander Kojève, un famoso interpretador de la obra filosófica de Hegel, señalaba que la democracia, tal y como la concebía aquél, era una batalla por el "reconocimiento"; es decir, una lucha por conseguir que al individuo se reconociera como titular de derechos y deberes. Así, Kojève, a principios del siglo pasado, sentenció que la democracia liberal era el "fin de la historia", porque sin duda era el mecanismo político ideal que ofrecía la posibilidad de que todos los agentes alcanzaran ese reconocimiento.

Aquél no es un argumento infalible, pero es una interesante hipótesis de trabajo. En la medida que los actores nieguen el reconocimiento, especialmente a grupos afines entre sí por origen nacional o incluso ideología, la democracia dejará de ser una democracia formal y tendrá que progresivamente mutilar su ideal a fin de garantizar el reconocimiento y la prosperidad de unos por miedo a esos "otros", ya sean mayoría o minoría. Este proceso de mutilación se reflejará en paulatinos procesos de exclusión social, económica y política, tal como criticaron los observadores más agudos de Hegel.

Así, venimos a caer en cuenta del pecado original de nuestra política -la demonización al adversario, algo tristemente patente tanto en nuestro proceso electoral como en países vecinos como Bolivia, Ecuador y Venezuela. Ciertamente, lo que ocurrió en esos países no fue el resultado espontáneo de un líder carismático o de un pueblo holgazán, tal y como lo quieren simplificar algunos comentaristas, fue la repetida exclusión de grandes sectores de la población y su marginación como actores democráticos. Con sus luces y sombras, la democracia tiene una manera de suavizar la exigencia de grupos extremistas en la medida que se les haga gradualmente co-partícipes del poder (como por ejemplo en Brasil y mucho antes, en Italia). Pero si se les deja vegetar en las esquinas, el rencor y la soberbia harán que una multitud frustrada empuje a sus líderes al mesianismo.

Todos los grupos políticos nacionales deben participar en el ruedo electoral; será un reto para la sociedad panameña resolver las diferencias por medio del convencimiento y el respeto, sin excluir a las partes. Pero entristece que las barreras de entrada para participar formalmente sean tan altas, lo que retroalimenta el que estos grupos vegeten en las esquinas, lejos de una visión realista de las posibilidades del poder político y hacia el populismo. Y peor aún, deja mucho que decir sobre nuestro pueblo, uno que aplasta su civismo por debajo de una agitación transitoria y sin mayor propósito. Sin duda, la sensatez debe regresar a la política, pues el extremismo se combate no con mojigatería, sino con más democracia.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América