Sin ley, ni orden, ni autoridad
Con lo que está aconteciendo en la Policía Técnica Judicial, sumado a los fallos judiciales amañados y teledirigidos, unido al comportamiento cuestionable que tienen algunos agentes policiales del tránsito, cazando y extorsionando a conductores, Panamá está ofreciendo a propios y extraños la imagen de un país ausente de ley, orden y autoridad.
Puede que para los nacionales lo que ocurre sea de lo más natural y hasta lo celebremos como una gracia, viveza o un mal congénito; pero no así para los miles de extranjeros que han escogido a nuestro suelo como su segundo y a veces único lugar de residencia, especialmente para algunos jubilados procedentes de países desarrollados, que tanto contribuyen al actual auge económico que gozamos. A todo esto, los medios de comunicación, damos prelación desproporcionada a información sobre violencia y comisión de delitos. Pronto los extranjeros adquieren conciencia que viven en un reino de impunidad para los delincuentes encumbrados o con recursos.
El lidiar con los vaqueros rodantes que son los diablos rojos y taxistas, dueños de las calles, es también motivo de asombro.
Estamos perdiendo el país. Puede que no nos importe gran cosa, en nuestro diario bregar por el trabajo y el sustento, pero la seguridad, ley y orden son el factor que tiene creciendo al país como nunca antes en décadas. Y ese es nuestro mayor activo, no el petróleo, ni las industrias, que no tenemos.
Repetimos, no es el Canal, ni los bancos, ni los servicios, ni el comercio el más valioso de nuestros bienes sino la relativa seguridad comparativa en que vivimos, sin la cual poco o nada de lo demás existiría, salvo la vía interoceánica que los norteamericanos nos legaron como un paradisiaco bastión militar intocado e intocable, cercado y custodiado, harto de púas y vallas electrificadas. Y nada hacemos para proteger esos activos. Y peor que eso, no nos amarramos los pantalones para erradicar los males que corroen nuestras instituciones, y dejamos que la corrupción se una a la inseguridad para erosionar nuestra calidad de vida.
Pongámonos de pie y unamos fuerzas para exigir a nuestras autoridades desempeñar realmente el papel para el que las elegimos.