Sobrevivir en el caos
Durante la formación del país panameño, lapso que ya se extiende a medio milenio, los gobernantes han dependido para el mantenimiento de "su" estabilidad gubernamental, de alguna fuerza armada. Al principio, por supuesto, fue el ejército español, después el colombiano, después el norteamericano, y luego el propio. Salvo en muy contadas, y efímeras circunstancias, hemos gozado de verdadera solidaridad de propósitos que nos permita a todos coincidir en un derrotero, y gobernar con orden. Un ejemplo es la solidaridad insurgente de la creciente clase media de Panamá que se constituyó en Acción Comunal.
La cohesión de este grupo fue efímera. Pronto se dividió en adversarios violentos, que al ejercer su turno nacionalista en el poder, dieron en afianzarlo mediante frentes propios paramilitares, o mediante policías fieles a sus líneas políticas, tradición esta que desembocó en la oficialidad mesiánica que impuso para sí el derecho de gobernar y de transformar el país en un negocio propio.
Otro efímero período de solidaridad surgió cuando, hartos de los desaciertos del gobierno militar, la sociedad se unió en desobediencia civil en su contra y llegó en su desesperación a confrontar mesnadas armadas hasta los dientes, y a celebrar el hecho de una invasión extranjera.
Eso ya pasó. Hemos vuelto a los viejos senderos retorcidos como si se nos hubieran perdido los mapas que nos indicaran los puntos del abismo. Tomará mucho más tiempo y cultura para desensibilizarnos de las querellas reales que nos han dividido y debilitado (la hegemonía de las elites socioeconómicas de la postindependencia , ante una clase media creciente ilustrada y dinámica, y una fuerza laboral desarrollada vertiginosamente, todo esto frente a la importancia, característica y agresividad, de la presencia extranjera en nuestro mundo económico, social, y político). El único camino que nos queda es, como dice el poema de Ricardo Miró, detener "el paso un momento" y concentrar la atención, no tanto en caprichos de políticos, sino en nuestras realidades nacionales e internacionales, políticas y geopolíticas, e intentar una estrategia nacional solidaria, que nos permita sobrevivir en el caos planificado por las grandes potencias del conocimiento.
La cohesión de este grupo fue efímera. Pronto se dividió en adversarios violentos, que al ejercer su turno nacionalista en el poder, dieron en afianzarlo mediante frentes propios paramilitares, o mediante policías fieles a sus líneas políticas, tradición esta que desembocó en la oficialidad mesiánica que impuso para sí el derecho de gobernar y de transformar el país en un negocio propio.
Otro efímero período de solidaridad surgió cuando, hartos de los desaciertos del gobierno militar, la sociedad se unió en desobediencia civil en su contra y llegó en su desesperación a confrontar mesnadas armadas hasta los dientes, y a celebrar el hecho de una invasión extranjera.
Eso ya pasó. Hemos vuelto a los viejos senderos retorcidos como si se nos hubieran perdido los mapas que nos indicaran los puntos del abismo. Tomará mucho más tiempo y cultura para desensibilizarnos de las querellas reales que nos han dividido y debilitado (la hegemonía de las elites socioeconómicas de la postindependencia , ante una clase media creciente ilustrada y dinámica, y una fuerza laboral desarrollada vertiginosamente, todo esto frente a la importancia, característica y agresividad, de la presencia extranjera en nuestro mundo económico, social, y político). El único camino que nos queda es, como dice el poema de Ricardo Miró, detener "el paso un momento" y concentrar la atención, no tanto en caprichos de políticos, sino en nuestras realidades nacionales e internacionales, políticas y geopolíticas, e intentar una estrategia nacional solidaria, que nos permita sobrevivir en el caos planificado por las grandes potencias del conocimiento.