Solidaridad con Venezuela
La Carta Democrática de la OEA ha mostrado su vulnerabilidad patética en la crisis venezolana. Pretendiendo defender la democracia constitucional y sancionar los golpes de Estado, la Carta Democrática no ayuda a la solución de la ingobernabilidad de Hugo Chávez, debido a que sus postulados se han convertido en una camisa de fuerza, que paradójicamente defiende a un dictador de la peor calaña y desampara los derechos humanos y políticos de la mayoría de venezolanos que recurren a medidas desesperadas para forzar su renuncia.
El gobierno panameño, maniatado por el artificial formalismo de la Carta Democrática, observa, impávido, las violaciones cotidianas que padece el pueblo venezolano. Más allá de la rigidez de la mal llamada Carta Democrática, existe un deber superior de solidaridad ética que Panamá no puede desconocer. El teniente coronel Chávez ha herido de muerte la legitimidad constitucional que le dio origen como mandatario. No se rige por la misma Constitución que aprobaron a tambor batiente sus legisladores incondicionales. Ha perdido totalmente los últimos vestigios de legitimidad y su conducta prepotente lo clasifica como un miembro más de la indeseable galería de siniestros personajes que han pasado por el poder, desde Juan Vicente Gómez hasta Marcos Pérez Jiménez.
Igual que Fujimori, otro tránsfuga de la democracia, Chávez usó la Constitución hasta donde le ha convenido para luego ultrajarla, imponiendo sus impulsos autocráticos en desmedro de un pueblo que no tiene otra opción que lanzarse a la calle en defensa de sus derechos, ante la indiferencia culpable de Panamá y el resto de los países latinoamericanos, excepto Cuba y tal vez el Brasil de Lula, que debuta con el pie izquierdo tratando de enmendar la voluntad de los trabajadores de la industria petrolífera que se han declarado en huelga. Es inaudito que un gobernante como Lula, surgido del sindicalismo, sabotee a los trabajadores venezolanos.
Chávez se ha autodefinido como una emanación de los bajos fondos de la herencia malévola de los militares, que se parapetan detrás de las armas que el pueblo entrega a las fuerzas militares para defender la ley, y que él revierte para escarnecer los derechos civiles. Es por esa razón que oficiales del ejército, marina y aviación se han rebelado contra el dictador, exponiéndose a sus represalias irracionales, identificándose con los civiles que repudian al dictador.
Los panameños conocemos esta clase de experiencias y sabemos que cuando los dictadores militares atizan el odio de clases con su prédica demagógica y ordenan a sus matones que ataquen al pueblo que protesta, ya tienen las horas contadas. Así empiezan y así acaban los dictadores sordos y ciegos al clamor de las multitudes. Hugo Chávez no es la excepción de la regla. Por encima del silencio de los gobernantes, el pueblo panameño se solidariza con la causa democrática del pueblo venezolano.
El gobierno panameño, maniatado por el artificial formalismo de la Carta Democrática, observa, impávido, las violaciones cotidianas que padece el pueblo venezolano. Más allá de la rigidez de la mal llamada Carta Democrática, existe un deber superior de solidaridad ética que Panamá no puede desconocer. El teniente coronel Chávez ha herido de muerte la legitimidad constitucional que le dio origen como mandatario. No se rige por la misma Constitución que aprobaron a tambor batiente sus legisladores incondicionales. Ha perdido totalmente los últimos vestigios de legitimidad y su conducta prepotente lo clasifica como un miembro más de la indeseable galería de siniestros personajes que han pasado por el poder, desde Juan Vicente Gómez hasta Marcos Pérez Jiménez.
Igual que Fujimori, otro tránsfuga de la democracia, Chávez usó la Constitución hasta donde le ha convenido para luego ultrajarla, imponiendo sus impulsos autocráticos en desmedro de un pueblo que no tiene otra opción que lanzarse a la calle en defensa de sus derechos, ante la indiferencia culpable de Panamá y el resto de los países latinoamericanos, excepto Cuba y tal vez el Brasil de Lula, que debuta con el pie izquierdo tratando de enmendar la voluntad de los trabajadores de la industria petrolífera que se han declarado en huelga. Es inaudito que un gobernante como Lula, surgido del sindicalismo, sabotee a los trabajadores venezolanos.
Chávez se ha autodefinido como una emanación de los bajos fondos de la herencia malévola de los militares, que se parapetan detrás de las armas que el pueblo entrega a las fuerzas militares para defender la ley, y que él revierte para escarnecer los derechos civiles. Es por esa razón que oficiales del ejército, marina y aviación se han rebelado contra el dictador, exponiéndose a sus represalias irracionales, identificándose con los civiles que repudian al dictador.
Los panameños conocemos esta clase de experiencias y sabemos que cuando los dictadores militares atizan el odio de clases con su prédica demagógica y ordenan a sus matones que ataquen al pueblo que protesta, ya tienen las horas contadas. Así empiezan y así acaban los dictadores sordos y ciegos al clamor de las multitudes. Hugo Chávez no es la excepción de la regla. Por encima del silencio de los gobernantes, el pueblo panameño se solidariza con la causa democrática del pueblo venezolano.