Tímidas anotaciones en los 450 años del nacimiento de Cervantes
Todo el cuento de Borges, es que uno nunca lee el mismo libro así como uno nunca se baña, ya lo decía Heráclito, en el mismo río. La conclusión a la que llega Borges, leer es más importante que escribir porque toda la lectura reescribe el texto, se ha convertido en una de las aserciones básicas de la nueva crítica. Uno lee con el estado de ánimo, las impresiones y los pensamientos de ahora, no de cuando fue escrita la obra o cuando fue leída por primera vez.
Dicho de otra manera: no es lo mismo leer El Quijote, el año de su publicación, 1.605, o en su siglo: el siglo XVII, que leerlo a principios de 1997. Se trata del mismo texto, literalmente idéntico al original, pero su lectura es distinta. ¿Por qué? Porque lo leemos con los ojos que suelen tenerse hacia finales del siglo XX, con toda la carga del tiempo y las cosas que han sucedido desde 1.605. Así como a Rafael Ballestas y a mí nos exponía el brillante profesor de literatura Roberto Burgos, en sus clases, al hablarnos de El Quijote, que no era igual leerlo a los 18 años que a los 60. Tiene eso de encantador la literatura, o mejor dicho: la escritura y el tiempo, la memoria. Eran las mañanas azules del bachillerato cuando diciembre se colaba en la última semana de los exámenes en el inolvidable colegio Fernández Baena, y de su templado rector, a quien tanto todavía le debo.
No cabe duda de que las guerras de liberación contra los ocupantes extranjeros configuraron de una manera decisiva la idiosincrasia del hombre hispánico. Fueron estas guerras defensivas que él consideraba, con razón, como guerras justas que desarrollaron su naturaleza combativa, su amor a la libertad y a la independencia, su individualismo, su sentido de justicia, su odio contra la opresión, su profundo idealismo y, su sentido del honor y ¿por qué no decirlo? su nobleza de carácter.
Pues bien, estos atributos psicológicos fueron sintetizados por Cervantes en la figura de Don Quijote, que no es sino la encarnación literaria del espíritu hispánico. Don Quijote es la negación absoluta de la opresión y la injusticia. De ahí que tome siempre partido por los débiles y los humillados.
No todo español ha dicho el Maestro Ortega es un Don Quijote, por supuesto, pero la tendencia a defender instintivamente al débil está muy extendida en la Península Ibérica y el mundo hispánico en general. Eso explica quizá la hostilidad del celtíbero hacia la policía, el Estado, la Ley y la autoridad, símbolo, para él, de la fuerza y el poder. El alemán, por ejemplo, se coloca siempre de parte del poder. El español, en cambio, es rebelde. Su enemigo natural es el poder, allí donde surge. En el español hay casi siempre un anarquista latente, un guerrillero. ¿Qué fue Don Quijote sino un gran anarquista, un guerrillero solitario?
El quijotismo es la contribución específica de los españoles al humanismo. Mientras los humanistas griegos, italianos o franceses fueron ante todo eruditos y hombres de estudio, Don Quijote es el humanista militante que abandona un día su cuarto de trabajo para combatir la injusticia en el mundo con la lanza en la mano. El español, más que un intelectual, es fundamentalmente un hombre de acción, un luchador y combatiente, como don Quijote. No es ninguna casualidad que Cervantes mismo fuera soldado. En su discurso sobre las armas y las letras toma partido por las primeras: la praxis tiene prioridad sobre la teoría.
Don Quijote es un luchador solitario, pero los ideales por los que lucha son metas individuales, rebasan el área de su yo, poseen una dimensión eminentemente social: solidaridad, libertad, igualdad, justicia. Porque éste es otro de los rasgos fundamentales del quijotismo: luchar por y para los otros, y no para sí. El quijotismo es, por ello, la forma suprema de la generosidad y el altruismo. Cervantes convirtió en loco a su héroe por una razón profunda, pues el hidalgo manchego hacía algo que pocas personas hacen en condiciones normales: luchar por los débiles y perseguidos sin pedir nada a cambio. Don Quijote es la quintaesencia del romanticismo social.
El quijotismo es un actitud humana que se ha mantenido viva entre los españoles. Uno de los méritos de Unamuno es el de haber reivindicado sin reservas la noble figura del loco sublime. El levantamiento espontáneo del pueblo madrileño contra las tropas napoleónicas fue un acto de puro quijotismo. El último gran ejemplo del quijotismo colectivo fue la heroica lucha del pueblo español contra el fascismo mundial. Fue, en efecto, este pueblo pobre y atrasado, despreciado por las naciones más poderosas de Europa, casi el único que luchó tres años consecutivos contra el fascismo nacional, la Alemania nazi y las divisiones de Mussolini. Esto no significa, naturalmente, que España esté compuesta sólo de Quijotes. Al contrario: al mundo sublime de Don Quijote pertenecen también Sancho Pancha y Sansón Carrasco, el ama y la sobrina, el cura y el barbero y otras figuras prosaicas, símbolo de lo antiheroico y antisublime. El quijotismo no es tampoco una realidad permanente; aparece más bien de manera discontinua cuando se dan determinadas circunstancias objetivas y subjetivas. El ámbito mágico de quijotismo no excluye el ámbito de lo cotidiano.
En contra de una leyenda muy extendida, el rasgo más característico del pueblo español no es el espíritu agresivo e imperialista, sino el amor a la libertad, a la autodeterminación, a la igualdad y a la fraternidad. Si no fuera así, la literatura española no hubiera podido producir una figura como la de Don Quijote. No olvidemos que Séneca, el gran representante del estoicismo romano era español. Todo el pensamiento del gran cordobés está concentrado en un punto único: el de afirmar la capacidad del Hombre para vivir dignamente, pase lo que pase. La moral de Séneca es primordialmente moral de resistencia. Su filosofía está dominada por ese espíritu defensivo que encontramos una y otra vez en la historia de España. Vivir defensivamente significa no doblarse ante los rudos golpes del destino, pero significa, implícitamente, no avasallar a nadie. Sin que él mismo pudiera darse cuenta del fenómeno, Cervantes había iniciado con El Quijote la novela moderna. Si antes la prosa de ficción era una simple narración de sucesos verificables, un cúmulo de pedazos. La novela será a partir de entonces una constante pregunta por la vida y sus ambigüedades, ya no será un vehículo para la vivencia sino para la vivencia misma.
"El novelista no tiene que rendirle cuentas a nadie, salvo a "Cervantes", ha escrito el autor checo Milan Kundera, reconociendo la paternidad del escritor español sobre el género. Mientras el argentino Jorge Luis Borges, quien a lo largo de su vida siempre sospechó de la verdadera grandeza del autor de El Quijote, terminó aceptando su superioridad por encima, incluso, de Quevedo, su autor consentido.
Semana en su interesante ensayo nos dice: "Pero independientemente de las discusiones literarias alrededor de su importancia, el hecho es que El Quijote se convirtió con el paso del tiempo en uno de los textos más editados, traducidos y analizados en la historia de la Literatura Universal." Los tratados, ensayos y artículos alrededor de Cervantes y su obra desbordan los anaqueles y las figuras del escuálido caballero y su carnoso escudero sobrepasaron hace rato los límites literarios para incorporarse en la imaginaría popular.
Dicho de otra manera: no es lo mismo leer El Quijote, el año de su publicación, 1.605, o en su siglo: el siglo XVII, que leerlo a principios de 1997. Se trata del mismo texto, literalmente idéntico al original, pero su lectura es distinta. ¿Por qué? Porque lo leemos con los ojos que suelen tenerse hacia finales del siglo XX, con toda la carga del tiempo y las cosas que han sucedido desde 1.605. Así como a Rafael Ballestas y a mí nos exponía el brillante profesor de literatura Roberto Burgos, en sus clases, al hablarnos de El Quijote, que no era igual leerlo a los 18 años que a los 60. Tiene eso de encantador la literatura, o mejor dicho: la escritura y el tiempo, la memoria. Eran las mañanas azules del bachillerato cuando diciembre se colaba en la última semana de los exámenes en el inolvidable colegio Fernández Baena, y de su templado rector, a quien tanto todavía le debo.
No cabe duda de que las guerras de liberación contra los ocupantes extranjeros configuraron de una manera decisiva la idiosincrasia del hombre hispánico. Fueron estas guerras defensivas que él consideraba, con razón, como guerras justas que desarrollaron su naturaleza combativa, su amor a la libertad y a la independencia, su individualismo, su sentido de justicia, su odio contra la opresión, su profundo idealismo y, su sentido del honor y ¿por qué no decirlo? su nobleza de carácter.
Pues bien, estos atributos psicológicos fueron sintetizados por Cervantes en la figura de Don Quijote, que no es sino la encarnación literaria del espíritu hispánico. Don Quijote es la negación absoluta de la opresión y la injusticia. De ahí que tome siempre partido por los débiles y los humillados.
No todo español ha dicho el Maestro Ortega es un Don Quijote, por supuesto, pero la tendencia a defender instintivamente al débil está muy extendida en la Península Ibérica y el mundo hispánico en general. Eso explica quizá la hostilidad del celtíbero hacia la policía, el Estado, la Ley y la autoridad, símbolo, para él, de la fuerza y el poder. El alemán, por ejemplo, se coloca siempre de parte del poder. El español, en cambio, es rebelde. Su enemigo natural es el poder, allí donde surge. En el español hay casi siempre un anarquista latente, un guerrillero. ¿Qué fue Don Quijote sino un gran anarquista, un guerrillero solitario?
El quijotismo es la contribución específica de los españoles al humanismo. Mientras los humanistas griegos, italianos o franceses fueron ante todo eruditos y hombres de estudio, Don Quijote es el humanista militante que abandona un día su cuarto de trabajo para combatir la injusticia en el mundo con la lanza en la mano. El español, más que un intelectual, es fundamentalmente un hombre de acción, un luchador y combatiente, como don Quijote. No es ninguna casualidad que Cervantes mismo fuera soldado. En su discurso sobre las armas y las letras toma partido por las primeras: la praxis tiene prioridad sobre la teoría.
Don Quijote es un luchador solitario, pero los ideales por los que lucha son metas individuales, rebasan el área de su yo, poseen una dimensión eminentemente social: solidaridad, libertad, igualdad, justicia. Porque éste es otro de los rasgos fundamentales del quijotismo: luchar por y para los otros, y no para sí. El quijotismo es, por ello, la forma suprema de la generosidad y el altruismo. Cervantes convirtió en loco a su héroe por una razón profunda, pues el hidalgo manchego hacía algo que pocas personas hacen en condiciones normales: luchar por los débiles y perseguidos sin pedir nada a cambio. Don Quijote es la quintaesencia del romanticismo social.
El quijotismo es un actitud humana que se ha mantenido viva entre los españoles. Uno de los méritos de Unamuno es el de haber reivindicado sin reservas la noble figura del loco sublime. El levantamiento espontáneo del pueblo madrileño contra las tropas napoleónicas fue un acto de puro quijotismo. El último gran ejemplo del quijotismo colectivo fue la heroica lucha del pueblo español contra el fascismo mundial. Fue, en efecto, este pueblo pobre y atrasado, despreciado por las naciones más poderosas de Europa, casi el único que luchó tres años consecutivos contra el fascismo nacional, la Alemania nazi y las divisiones de Mussolini. Esto no significa, naturalmente, que España esté compuesta sólo de Quijotes. Al contrario: al mundo sublime de Don Quijote pertenecen también Sancho Pancha y Sansón Carrasco, el ama y la sobrina, el cura y el barbero y otras figuras prosaicas, símbolo de lo antiheroico y antisublime. El quijotismo no es tampoco una realidad permanente; aparece más bien de manera discontinua cuando se dan determinadas circunstancias objetivas y subjetivas. El ámbito mágico de quijotismo no excluye el ámbito de lo cotidiano.
En contra de una leyenda muy extendida, el rasgo más característico del pueblo español no es el espíritu agresivo e imperialista, sino el amor a la libertad, a la autodeterminación, a la igualdad y a la fraternidad. Si no fuera así, la literatura española no hubiera podido producir una figura como la de Don Quijote. No olvidemos que Séneca, el gran representante del estoicismo romano era español. Todo el pensamiento del gran cordobés está concentrado en un punto único: el de afirmar la capacidad del Hombre para vivir dignamente, pase lo que pase. La moral de Séneca es primordialmente moral de resistencia. Su filosofía está dominada por ese espíritu defensivo que encontramos una y otra vez en la historia de España. Vivir defensivamente significa no doblarse ante los rudos golpes del destino, pero significa, implícitamente, no avasallar a nadie. Sin que él mismo pudiera darse cuenta del fenómeno, Cervantes había iniciado con El Quijote la novela moderna. Si antes la prosa de ficción era una simple narración de sucesos verificables, un cúmulo de pedazos. La novela será a partir de entonces una constante pregunta por la vida y sus ambigüedades, ya no será un vehículo para la vivencia sino para la vivencia misma.
"El novelista no tiene que rendirle cuentas a nadie, salvo a "Cervantes", ha escrito el autor checo Milan Kundera, reconociendo la paternidad del escritor español sobre el género. Mientras el argentino Jorge Luis Borges, quien a lo largo de su vida siempre sospechó de la verdadera grandeza del autor de El Quijote, terminó aceptando su superioridad por encima, incluso, de Quevedo, su autor consentido.
Semana en su interesante ensayo nos dice: "Pero independientemente de las discusiones literarias alrededor de su importancia, el hecho es que El Quijote se convirtió con el paso del tiempo en uno de los textos más editados, traducidos y analizados en la historia de la Literatura Universal." Los tratados, ensayos y artículos alrededor de Cervantes y su obra desbordan los anaqueles y las figuras del escuálido caballero y su carnoso escudero sobrepasaron hace rato los límites literarios para incorporarse en la imaginaría popular.