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Todos los niños son iguales ante la ley


Hasta 1945, en Panamá, se preguntaba si un niño era hijo de matrimonio o fuera de él, si era natural o legítimo. La Constitución de 1946 prohibió cualquier investigación al respecto, porque todos los niños son iguales ante la ley, sin tener en cuenta la unión matrimonial de sus progenitores. Esa disposición legal es cónsona con la tendencia universal - al menos en Occidente - de la igualdad de los niños. De eso, quizás, no hay que objetar. El problema es que la ley no cambia las cosas en sí. Y de esas disposiciones hay mucho que reflexionar. Porque de la igualdad de los niños, se ha pasado a la igualdad de las uniones. Es decir, que de la unión de los progenitores tampoco se pregunta. De modo que da igual si una pareja está casada o no, si está casada en la Iglesia o en lo civil, si la unión de los progenitores es estable o fue casual.
La ley podrá hacer caso omiso de la unión de los progenitores, pero la vida no hace caso omiso. La vida pasa su factura. Los niños son iguales ante la ley, así está escrito. Pero en la realidad no son iguales. Si un niño sabe que sus padres nunca se casaron o si él nació en la sucursal, si él siente que es natural o por fuera, o adulterino o fruto de una unión casual o de progenitores divorciados. Todo eso lo capta y le afecta. Y no faltan los adultos que se lo digan o se lo restrieguen en la cara.
El niño lee mucho mejor de lo que parece, su realidad. La siente. En muchos casos, la resiente. Quizás lo traumatiza. Son sus problemas de identidad, de autoestima.
En Panamá, los niños se encargan por la libre. Da igual cualquier status legal de los progenitores. Y pareciera que a nadie le importara. Pero habría que levantar la mirada y ver toda la realidad. No todos los casos son iguales, es cierto. Pero el conjunto, en Panamá, es deprimente. Niños abandonados, madres solteras, hijos al margen de la sociedad. Niños acomplejados, traumatizados, desequilibrados. Niños sin calor de hogar, jóvenes transgresores de la ley. El problema es nacional. Más agudizado en las ciudades que en el campo.
El problema es sociológico, cultural. Tiene complicaciones legales. Pero es un problema moral. Es cuestión de saber distinguir lo que está bien de lo que está mal. Y pareciera que todo va, que todo da igual, que no importa nada. Que de esas cosas a pocos le importa. Por otro lado, es también un problema de educación, es cuestión de responsabilidad. De dar razón de lo que uno ha hecho.
El problema no es que el Estado tenga que responder por todos los niños que nazcan en Panamá. Al Estado le corresponde cuidar del bien común; es decir, proveer de un ambiente de condiciones humanas, sociales, legales, educativas, morales, de orden y convivencia, que permita y apoye que todos tengan acceso a los bienes necesarios para desarrollarse como persona humana, en libertad. Nos parece, que el problema que vemos en el país, en el aspecto en que presentamos, es nuestra hechura. Así hacemos las cosas en este país. Pero eso está mal Afecta a los niños, a las mujeres, a los abuelos y abuelas, que son los que acaban cargando con los niños.
Este es el segundo propósito de recordar la Shoah: que los cristianos y otros seres humanos que no son judíos purifiquemos nuestra conciencia de nuestra corresponsabilidad por la Shoah y que podamos restablecer nuestra comunicación y amistad a fondo con los judíos, hasta llegar a interiorizar el judaísmo dentro de nuestra historia de salvación, como lo reclamó el Cardenal Etchegaray desde 1983. Y a la vez hemos de purificarnos todos los seres humanos de cualquier vestigio de racismo, etnocentrismo o ensimismamiento cultural, que por negarle a otros el derecho de ser diferentes ha sido y es fuente de toda suerte de injusticias, violencias y de algunos de los peores crímenes de lesa humanidad. Al mismo tiempo, se da un tercer propósito al recordar la Shoah. Este recuerdo ha de producir entre los judíos, como reza la oración del "Malé Rajamim" (el Dios Misericordioso) que "seamos merecedores de su sacrificio y se refleje sobre todo Israel". Ello debe preservar a Israel del peligro de dejarse contaminar por los modos de actuar que corresponden a la iniquidad. Ben Gurión decía que Israel debía ser "una luz para las naciones". Nada debe comprometer a Israel con las actitudes y los procedimientos de las fuerzas nocturnas de la historia. Por ser en la historia portador del misterio de salvación y testigo-víctima del misterio de la iniquidad, debe permanecer fiel a su relación privilegiada con Dios y por ende a su propia identidad. Y así debe servir de ejemplo a los otros pueblos y naciones de manera que ellos también se mantengan fieles a los dones que posean para humanizar nuestro mundo y acercarlo más a Dios.
Recordamos hoy la Shoah para precavernos contra su impensable repetición; para que quienes no somos judíos nos purifiquemos de cualquier rastro de antisemitismo o de antijudaísmo y para que todos nos purifiquemos de cualquier vestigio de racismo; también para que los judíos se mantengan dignos de su escogencia por Dios como pueblo por el cual transmitirle algunas enseñanzas decisivas a la humanidad sobre el hombre en su vinculación con Dios y, siguiendo su ejemplo, los demás pueblos guarden su fidelidad a aquello de sus rasgos que benefician a la humanidad. Recordamos la Shoah, por lo tanto no sólo como acontecimiento clave de nuestro pasado, sino compromiso con una visión de un futuro mejor.
(ariyan@sinfo.net)

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