Transporte público y voluntad política: una encrucijada
Ninguna sociedad moderna puede prosperar sin un sistema adecuado de transporte colectivo y selectivo. Toda gran civilización ha tenido que, forzosamente, abrir caminos y establecer medios permanentes de movilización. Una vez salvado este escollo, el progreso y el crecimiento fueron cuestión de tiempo y trabajo duro, cuando no de conquista y guerra.
Panamá no tiene que ser la excepción. Con 105 años de vida republicana, por primera vez el país cuenta con una economía que le permite pensar en real independencia, en inversiones públicas fuertes, en despegue social. Además de una reforma educativa profunda, solucionar el tema del transporte es una acción que no admite retrasos. Sin un adecuado y moderno sistema para trasladar a la gente que hará el trabajo, ningún proyecto se concretizará.
Los gobernantes que se han sucedido en el poder desde 1990 han ignorado el tema. Miedo, esa es la palabra que describe los motivos de la inacción. Cuando más, excesiva prudencia. Le temen a los grupos transportistas, un puñado de vividores que ha logrado enquistarse de tal manera que hacen imposible un cambio real, y mantienen a la sociedad atada. También es cierto que la agenda política, si es que alguno de ellos tuvo alguna, imponía otras metas, la mayoría de conquista económica. Esa ya no es una excusa: ya está en la bolsa que hace factible el salto. Hay que darlo.