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Tras el drama de Melilla


Miles de hambrientos inmigrantes procedentes del Africa subsaharianas mantienen bajo asedio a las ciudades autónomas españolas de Melilla y Ceuta, en la costa de Marruecos. Tan sólo en la primera, se lleva la cuenta de más de nueve mil intentos por infliltrarse por la cerca perimetral.
Agotadas tropas españolas y marroquíes están luchando por contener las sucesivas oleadas humanas que, en sus primeros intentos, lograron derribar y romper la cerca por varios puntos. Al inicio, usaron porras, luego gases y balas de goma y, por último, las marroquíes, empujadas hasta el límite de sus fuerzas, han tirado a matar, causando una veintena de muertos y decenas de heridos.
Centenares han sido detenidos en campos de concentración. Son despojos humanos, minados por la desnutrición y la desesperanza. Hablan de tierras yermas, donde nada crece; de sequías infernales y del hambre que seca los huesos. Relatan historias de nubes de langostas consumiendo sus chozas de paja, a falta de siembros, de miles de muertos y enfermedades desconocidas.
España tiene razón, esto ya no es un problema marroquí, ni español, es un problema de Europa, asediada por la inmigración ilegal que, hasta ahora, cada país trata de enfrentar a su modo. Se requiere de un tratamiento integral.
Deben aprender - y no porque tenga total éxito - de Estados Unidos, que lo padece desde siempre. Este ha procurado ordenar la inmigración, más que impedirla; y de desarrollar con libre comercio a Latinoamérica, que es la principal fuente de esa migración. De hecho, como en Europa, los inmigrantes son decisivos para que la propia economía funcione porque suplen mano de obra escasa o inexistente, a menor costo. Decir lo contrario, es una gran hipocresía, porque lo cierto es que la necesitan. Berlín, por ejemplo, no podría funcionar sin sus dos millones de turcos; y el resto de Europa tampoco, sin sus propios ilegales.

101 años de Panamá América

 
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