Un editorial meritorio y memorable
"Hambre, obesidad y cigarrillo" publicado el pasado sábado, merece de todos los panameños, sin distingos de clases ni de banderías políticas, el reconocimiento y las más efusivas felicitaciones. Congratulaciones que, con seguridad, recibirá de la comunidad internacional que tenga acceso al medio. Concisa y contundente, el incisivo análisis retrata las causas más comunes -tristemente vistas con menosprecio por muchos habitantes del mundo- de enfermedades crónicas que, sin cuestionamientos, conllevan la pérdida de la calidad y la expectativa de vida de cada ser humano afectado. Porque, en inconsciente acción, atentan contra sí mismos.
El artículo merece mayor elogio por cuanto que, con valentía, sin el cobarde uso de términos diplomáticos, pone el dedo sobre la llaga en una industria súper millonaria que vive, sin asco, sin pudor alguno, de una actividad que a todas luces y desde hace varias décadas se señala y se ha comprobado como criminal.
El tiempo ha llegado para que, además de resaltar los peligros a los que se enfrentan los adictos al tabaquismo, se señale sin ambages la actitud pecaminosa de quienes viven y se enriquecen con la venta de tan letal producto. Para que cada uno de ellos, al mirarse a un espejo no se vean a sí mismos como empresarios exitosos y hombres o mujeres de bien que merecen respeto y reconocimiento público. No. Muy por el contrario, el espejo refleja a seres inescrupulosos, sin sensibilidad humana, que atentan contra el bienestar y la felicidad de los demás, no sólo porque los inducen, con planificada y experta propaganda, sino que esa industria ha desarrollado una ingeniería química para aumentar la adicción, para enmascarar los efectos irritantes del humo del tabaco e intoxicar, con muchos de los componentes agregados al cigarrillo, a cada uno de los que caen en las garras de tan nefasto negocio.
La ocasión es propicia para que todos los medios de comunicación se vean en ese mismo espejo. ¿Dónde está la responsabilidad social y su contribución educativa para restar la posibilidad de que se enganche a los incautos y a la ingenua juventud? La tarea preventiva no es sólo responsabilidad de los profesionales de la Medicina, ni del Estado o de sus gobernantes. Esta grave desidia -¿o complicidad?- que con muy contadas excepciones es la actitud de nuestros medios de comunicación escritos, de radio y de televisión, alcanza una magnitud negativa descomunal al reconocerse hoy en día, en todo el orbe, la grave crisis mundial en materia de energía y de alimentos. Entonces, ¿cómo continuar tolerando una industria que dedica millares de hectáreas, no a un producto que nutre a sus habitantes o que le ofrece alternativas energéticas, sino a uno que lo enferma, de manera lenta, progresiva y que los mata por millones?