Un exhorto patético
Vergüenza ya no es palabra apolítica. Menos ahora, cuando nuestro democráticamente electo presidente tiene que pedir a los transportistas que "por favor" acaten las Leyes de la República, como parte de un compromiso de política conjunta.
Es decir, la principal responsabilidad de ese grupo, que tanto daño le ha hecho a la comunidad, es la de cumplir con la ley, a cambio de lo cual se le otorgará tratamiento especial en acuerdos futuros. ¿Qué podrían pedir otros sectores, léanse puertos, pesca, construcción, agricultura, todos miembros de nuestra sociedad y significativamente más numerosos que los emancipados transportistas quienes, aparentemente, tienen como opción no respetar las leyes?
¿A qué se debe ese trato especial con los buseros? ¿Será por el poder político que ejercen los transportistas, pues sin su apoyo las cifras de inscripciones a partidos y primarias son vácuas? La tónica es sencilla, pues es risible defender el doble discurso de que los buses chatarra, flamables trampas de muerte con llantas lisas, no sirven para el transporte colectivo -por ende, su plan de reemplazo- pero sí para concentraciones políticas. Hay que votar con los pies, y luego en las urnas. Si se ofrece transporte, paseo o gira a una actividad de hospicio partidista, recuerda que el transporte a usarse es la misma trampa de muerte, incendio sobre ruedas, sarcófago de multas pendientes, del que nos quejamos a diario, porque no se mejora y no merecemos en un país que debería desarrollarse.
Pues la realidad es que el sistema actual no puede ser calificado como aceptable bajo ninguna tarifa. Esta es, pareciera, la única manera de hacerle llegar el mensaje a nuestra clase política y a nuestros estamentos del orden. Y este quizás sea, realmente, el verdadero exhorto más patético.