Un transporte perfecto
La perfección es posible, a juzgar por el transporte público de Chicago (EE.UU.). Para empezar, nadie puede usar su automóvil para ir al trabajo porque los estacionamientos a orilla de la calle o no existen o son muy caros. Cuando muy baratos, empiezan con anuncios de diez dólares la primera hora. Desde muy temprano se ven secretarias en uniformes, pero en zapatillas, cargando bolsas donde llevan los zapatos de tacones. Tan pronto llegan a su lugar de empleo, cambian de calzado. Todo el mundo usa buses, tranvías sobre la superficie, metro subterráneo o una combinación de los anteriores.
Los buses son cómodos y de variado tipo. Algunos son pequeños, otros son articulados, unidos por una especie de acordeón de hule en el medio, y otros son medianos. Todos son limpios, con aire condicionado y manejados por conductores en uniforme. No hay "pavos" o secretarios porque una barra automática regula el ingreso de pasajeros. Esta cede el paso una vez que el usuario pasa un boleto digital por una ranura. Si el sistema lo lee, puede pasar. No se maneja efectivo y, por tanto, no hay asaltos. El manejo es ordenado y respeta el carril exterior y las paradas pre-establecidas.
El metro y los trenes de superficie son rapidísimos. Hay infinidad de rutas que cubren la ciudad desde sus lugares más alejados hasta el centro, por todos los puntos cardinales. Todo el mundo los usa, no importa la clase social. Es limpio, ordenado, seguro, cómodo y eficiente, a cualquier hora. Para usarlo, basta comprar un boleto, sea de ida, sea de ida y retorno, sea de todo el día o de todo el mes o una semana. Operan como de tarjetas de prepago, como las de celular, que se cargan y recargan varias veces y se venden en todos lados.
Como los tranvías transitan sobre las calles, a la altura de un cuarto piso, hay rampas y elevadores en edificios de abordaje provistos por toda la ciudad. Nadie, con dos dedos de frente, va en taxi al aeropuerto por 40 dólares, cuando en tranvía le cuesta apenas dos dólares. Por eso, los turistas arrastran sus maletas por la ciudad, desde hoteles de lujo, en busca de las estaciones de abordaje.