Viva la opinión
Publicar opiniones en los periódicos y comentar los hechos de interés público en la radio y la televisión son, en nuestra manera de pensar, las formas más auténticas, más sociales y más libres del ejercicio de la libertad de expresión del pensamiento. Sin embargo, para que esta libertad se realice plenamente, la expresión del pensamiento debe ser difundida en todos los ámbitos, ser percibida por una mayoría de ciudadanos y debe conducir a algún tipo de reacción pública. Es preciso enfatizar que más importante que expresar el pensamiento es ser escuchado, y que el móvil de la expresión sea atendido o, al menos, debatido.
Según la sociología de la comunicación, no hay un sólo público, sino parcelas de públicos diferenciados y constituidos por conglomerados extensos, dispersos, heterogéneos y anónimos, que piensan y actúan bajo el influjo de lo que se conoce como el marco de referencia individual, formado por la experiencia, la escolaridad, la clase social, las creencias políticas y las religiosas.
Percibimos la opinión como un género híbrido coloreado de múltiples matices y agobiado por los accidentes. De un instante a otro, sin que el periodista se dé cuenta, la opinión puede asumir el papel de una información, o de una publicidad, o de una propaganda, o de demagogia, o de la retórica; y parecerse más a lo verosímil que a lo verdadero.
El tratadista español don Luis González Seara es muy enfático al afirmar que toda opinión pública implica la presencia de otra opinión distinta. El autor Kimball Young estima que "las opiniones son en realidad creencias acerca de temas controvertidos o relacionados con la interpretación valorativa y el significado moral de ciertos hechos". Cuando la opinión expresada públicamente por los voceros del pueblo -que son los comunicadores sociales-, es desdeñada, ignorada o marginada, hay claras señales de que una fuerza autoritaria es la que decide sobre la cosa pública, y no el pueblo, lo que nos dice claramente que la democracia clásica ha sido suplantada en este caso por una imitación, en una de sus funciones esenciales, y que la opinión ha perdido su vitalidad. Ello nos dice también que, aunque se permita la voz, si ésta es ahogada en el vacío, la Nación habla en un desierto, despojada de uno de sus poderes fundamntales.
La SIP y los foros, además de luchar para que los periodistas puedan hablar, deberían también dirigir sus esfuerzos en el sentido de que los gobiernos y los empresarios atiendan sus demandas, a fin de que la libertad de expresión no sea sólo un ideal abstracto, y pueda florecer en la región.