Vorágine policial
En las últimas horas, algunos hombres de uniforme se declararon en rebeldía contra sus jefes. Están desavenidos por razones sin fundamento político o ideológico; detrás de este incipiente movimiento hay motivos más profanos: la inconformidad laboral. Algunos de los reproches son: supuestos malos tratos, régimen administrativo antojadizo, desigualdades injustas entre oficiales y tropa, que nada tendrían que ver con las estructuras de jerarquía, sino con caprichos y corrupción; así como desarreglo e impericia en los altos mandos. El detonante de estas delaciones fue el recorte de las vacaciones de los policías, a quienes debido a la crisis de seguridad que azota al país, se les está obligando a aceptar 15 días en lugar del mes reglamentario, sin derecho a reclamar.
Que quede claro, La Ley Orgánica de la Policía permite a su director este tipo de decisiones, y la inseguridad reinante es razón suficiente. Hay una situación de emergencia, y se deben adoptar providencias enérgicas. Lo que no se debe es provocar una baja en la moral de la institución debido a la mala práctica, la politiquería y la improvisación. Si estas acusaciones son ciertas, hay que cortar de tajo la mala hierba, así como las voces alocadas que hablan de una inaceptable huelga policial.