Hay reuniones de trabajo incómodas y después están las del Partido Comunista Chino. En las primeras uno teme que el jefe haga una pregunta difícil. En las segundas, una respuesta equivocada puede acabar con una carrera política. Y en China, perder el favor del jefe puede significar bastante más que quedarse sin empleo.
Unos 300 dirigentes se preparan para reunirse en el hotel Jingxi de Pekín, administrado por los militares. Nada de teléfonos, alcohol ni conversaciones demasiado espontáneas. Cada palabra puede quedar registrada. Cada gesto, interpretado. Y cada silencio, quién sabe.
El protagonista es Xi Jinping, quien se acerca a otro congreso del partido con la intención de prolongar su dominio político. Antes necesita comprobar quién merece ascender, quién debe permanecer donde está y quién ha dejado de ser conveniente.
La corrupción será uno de los grandes asuntos de la reunión. Curiosamente, después de tantos años de purgas, expulsiones y campañas disciplinarias, el problema parece seguir tan vivo que exige nuevas purgas, expulsiones y campañas disciplinarias. Algo no está funcionando.
Xi ha concentrado un poder extraordinario. Ha elevado su doctrina política, eliminado los límites de mandato de la presidencia y apartado a numerosos dirigentes, incluidos altos mandos militares. La Comisión Militar Central ha quedado reducida, según el escenario descrito, a él y otro general.
Pero el hombre que aparentemente controla todo sigue desconfiando de todos.
Los asistentes deberán demostrar lealtad sin parecer aduladores. Apoyar las decisiones sin repetir consignas. Mostrar iniciativa sin destacar demasiado. Una gimnasia política bastante absurda cuando se sabe que disentir puede significar el final de una carrera.
La unanimidad, por supuesto, está prácticamente garantizada.
Y aquí aparece una lección que Panamá haría bien en observar. No porque nuestra democracia sea comparable con el régimen chino, sino porque conocemos demasiado bien una enfermedad política más modesta: la costumbre de premiar al obediente, proteger al cercano y mirar con sospecha a quien hace preguntas incómodas.
Cuando los nombramientos dependen más de la fidelidad personal que de la capacidad, las instituciones empiezan a trabajar para conservar jefes en lugar de resolver problemas.
En China esa lógica alcanza dimensiones brutales. Xi quiere funcionarios disciplinados, eficientes y comprometidos, pero ha construido un ambiente donde equivocarse resulta peligroso y llevarle la contraria puede ser todavía peor.
Así es difícil gobernar bien. Nadie quiere ser quien comunique una mala noticia.
Los analistas del Asia Society Policy Institute lo comparan con Logan Roy, el patriarca autoritario de Succession: un jefe todopoderoso, permanentemente insatisfecho con quienes ejecutan sus órdenes.
La comparación tiene gracia, aunque el problema es serio.
Porque cuando un gobernante termina creyendo que nadie está a su altura, puede que el problema ya no sean sus subordinados. Puede que sea él.