Con la mirada perdida, Miguel Angel Martínez Chirú, se debate entre la vida y quizás morirá, si sus padres no logran comprarle a tiempo las pastillas que le controlan las convulsiones permanentes.
Y es que la familia Martínez, no sólo tiene que cargar con un niño que padece de parálisis cerebral, sino que también vive inmersa en la pobreza; principal obstáculo para hacerle frente a las consecuencias de una tragedia que lleva muchos años. Desde que la cigüeña hizo su última parada en casa de la familia Martínez, residente en la Bonga de Capira, el 2 de abril de 1988; la felicidad, que para ese entonces habían percibido con el nacimiento de Miguel Angel Martínez, un niño completamente sano, accidentalmente se convirtió en tragedia.
A eso de las cuatro de la tarde del 16 de octubre del mismo año, con tan sólo seis meses, la suerte de Miguel cambió: se cayó accidentalmente de las manos de su hermana Rubiela, quien para ese entonces tenía seis años de edad.
Ahora con 21 años de edad, Rubiela, nos cuenta: “Apenas recuerdo que escuché al niño llorar en la cama... lo cogí y al caminar tropecé y caímos”. En la caída, el niño recibió un severo golpe en la parte trasera de la cabeza, que le provoca convulsiones permanentes.
Con lágrimas en los ojos y como si no hubiera transcurrido el tiempo, la señora Ceferina Chirú, madre del menor, todavía mantiene el recuerdo fresco, y dice que al momento del accidente entraron en la desesperación sin saber qué hacer porque el niño no volvió a reaccionar.
Para colmo de males, en esa apartada comunidad, el día del accidente no hubo transporte inmediato que les permitiera transportarlo urgente a un centro hospitalario.
Dada la situación, empezaron a caminar hasta encontrar un auto, y aunque tarde, pero lograron llegar. El trago amargo apenas empezaba. En el Hospital Nicolás A. Solano de La Chorrera le ofrecieron los primeros auxilios, y aunque sus padres afirman que no fue la mejor, le permitió llegar vivo a la ciudad de Panamá, donde recibió atención especializada.
En el Hospital del Niño, los doctores que atendieron a Miguelito, le comunicaron a la desconsolada madre que su niño tenía pocas posibilidades de vida.
Permaneció un poco más en cuidados intensivos bajo medicamentos que le controlaban las convulsiones y le permitirían continuar la vida.
Transcurrido ese tiempo, los doctores decidieron darle de alta, pese a que su condición no era la mejor.
Insatisfecha por los resultados de no volver a ver a su hijo sano, Ceferina se vio casi obligada a regresar a su humilde hogar en la misma condición en que salieron. En adelante la vida de la familia cambió por completo, la atención estuvo las 24 horas centrada en el pequeño Miguelito, diagnosticado por los médicos con parálisis cerebral.
La segunda etapa de atención especializada inició el 4 de diciembre de 1995, en una gira médica que realizó el Centro de Salud Miguel Sayagüez del Espino, a la comunidad de la Bonga, ubicada a más de 40 kilómetros de distancia del centro de Capira.
Poco después volvió al Hospital del Niño, ya que no podía someterse a terapias permanentes en el Hospital Nicolás Solano por sus constantes convulsiones.
Desde 1996 ha estado asistiendo al Hospital del Niño, sin mayores resultados, atendido por la doctora en Neurología, Carmen de Báez.
Una de las razones reales que han dificultado a Miguelito avanzar en su atención, es el factor monetario que ha impedido que sus padres le puedan ofrecer medicamentos más especializados.
Ahora, una de las mayores preocupaciones de la familia es que las autoridades del Hospital del Niño le comunicaron, que al cumplir los 15 años no podrá recibir atención en ese centro hospitalario, porque esa es la edad tope de los niños.
Su padre es un agricultor de subsistencia que apenas le da para mantener la familia de siete miembros.
Según dijo Miguel Martínez, padre del menor, asistir con su hijo a las citas programadas, es una verdadera odisea, ya que tiene que trabajar por varios días o lograr vender productos de su hortaliza en el mercado para recolectar el dinero.
Es una realidad difícil que pocos padres pueden superar; y más aún cuando la realidad social es de pobreza, sin un ingreso permanente que le facilite cotizar en la Caja de Seguro Social (CSS), para atender a su hijo y sin una casa en mejores condiciones.
Estas son algunas de las dificultades por la cual atraviesa la familia Martínez, con la esperanza de un milagro o que simplemente el gobierno les pueda ofrecer algún tipo de ayuda a través de sus gobernantes centrales o distritales.