Sociedad

Interioranos añoran los precios bajos, la seguridad y el respeto entre personas

La venta de alimentos y mercancías de todo tipo en los mercados públicos a precios bajos provocan suspiros de nostalgia entre los adultos mayores. La vida en tranquilidad, al punto de dormir con las puertas y ventanas abiertas, es un vago recuerdo para muchos habitantes del interior.


José Vásquez/José Adames (provinciaspa@epasa.com) / José Adames
INFOGRAFIA


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La seguridad, el respeto entre las personas y los precios bajos son las cosas que más añoran los interioranos, quienes sienten que la modernidad no solo ha traído cosas buenas.

‘Dormir con las puertas abiertas’, ‘convivir en paz como si fuéramos una sola familia’, ‘el respeto, la integridad, el valor de la palabra’ y los ‘buenos precios’, recuerdan con nostalgia los de más edad.

hizo un sondeo en varias provincias, el cual dejó al descubierto el temor que existe por la pérdida de los valores y las tradiciones.

Panamá América

Sonidos de antaño

El canto de los gallos, los pasos de la gente que madrugaba y el sonar de los cascos de los caballos anunciaban un nuevo día en las calles de David, en Chiriquí, hace más de 40 años.

A sus 80 años de edad, Jaime Watson asegura que esos sonidos todavía retumban en su cabeza.

“Era una época hermosa, se vivía con tranquilidad, el joven respetaba al adulto, no había hechos de violencia como ahora y se podían comprar productos a precios accesibles”, recuerda.

Rememora que en David existían pocas tiendas de ropa, abarroterías y bancos que pertenecían a familias pudientes, que se identificaban con los pobres.

El mercado público era el lugar más concurrido porque allí llegaban los hombres y mujeres que se dedicaban a hacer producir sus tierras y vendían sus productos a precios bajos.

Su madre lo mandaba al mercado con dos dólares a comprar: cinco libras de carne de pulpa especial, arroz a cinco centavos la libra y una botella de leche, que se vendía directamente del garrafón a 10 centavos.

Milagros Sánchez, historiadora chiricana, sostiene que alrededor de la plaza de David fueron surgiendo los primeros negocios, como la botica La Unión, la Farmacia Central y una planta eléctrica que solo abastecía a la ciudad con faroles.

La ciudad empezó a crecer cuando la familia Halfhen inició la actividad de la energía eléctrica.

El transporte era a través de carretas. En 1910 llegó el primer carro por la visita del presidente Carlos Mendoza, y en 1920 llegaron autos para la venta.

Prevalecía el canje

En Santiago de Veraguas, entre 1950 y 1960, solo existían la Avenida Central, la Avenida Sur y sus cuatro calles. Todo giraba alrededor de la Placita San Juan de Dios, un punto de encuentro comercial, cultural, social y de transporte.

En su entorno se realizaban actividades comerciales que consistían en el canje de ropa, zapatos, artefactos y otros, por leña, gallinas y productos de la tierra.

La gente del campo traía a caballo sus productos y animales y de regreso se llevaba lo que recibía de los comerciantes.

En las tiendas de Julito Sierra, Josecito Álvarez y Tereso Sánchez se podía conseguir de todo, por la ausencia de supermercados grandes. Allí se vendía toda clase de comidas, artículos para el hogar, instrumentos musicales, sedería, telas, medicinas, ungüentos, aceites, ferretería, zapatos, botas, sandalias, curiosidades, útiles escolares y más.

En la actualidad hay más de 70 almacenes y “boutiques”. El Banco Nacional tenía una oficina en la tienda de Julito Sierra en la Avenida Central, luego se inauguró la Caja de Ahorros en 1969.

También se empezaron a crear las cooperativas Juan XXIII en 1966 y Coopeve en 1970. Actualmente hay más de 70 cooperativas, 25 sucursales bancarias y se construyen enormes centros comerciales con tiendas de renombre, cuya inversión privada ronda los 200 millones de dólares.

Cuenta el profesor Vicente Caballero, exlegislador y exalcalde de Santiago, que de ese ayer solo quedan los recuerdos de los bajos costos de la comida.

Señala que en la década de 1960, una familia santiagueña de cinco integrantes podía vivir cómodamente con 30 o 35 dólares para hacerle frente a sus gastos de alimentación mensual.

Asegura que en esa época se podían comprar dos tiras de carne (de 1 metro cada una) a cinco centésimos. Era inconcebible ver que una persona del campo llegara a Santiago a comprar huevos o arroz, porque todo se producía en las casas.

“Hoy en día en las ciudades casi nadie tiene huertos caseros, nadie cría gallinas en sus patios”, comenta.

Otra de las costumbres que se han perdido es la de las tradicionales juntas de construcción, que fomentaban el espíritu de colaboración y unidad, evoca.


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876526
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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