Después de una agotadora agenda y tras sobrevivir al complot contra Fidel Castro y a uno de sus largos discursos que casi la mata de hambre, la Cumbre Iberoamericana se despidió ayer de Panamá en medio de una general satisfacción por sus resultados.
Con una gruesa declaración a favor de la infancia los 21 jefes de Estado y de gobierno cerraron en esta conferencia una década de reuniones que, según la opinión expresada por muchos de ellos, han consolidado el foro iberoamericano para el diálogo y la cooperación entre sus naciones.
El brasileño Fernando Henrique Cardoso, el colombiano Andrés Pastrana, el mexicano Ernesto Zedillo o el propio Castro, que calificó las cumbres iberoamericanas de "símbolo de libertad", elogiaron la utilidad de las conferencias tanto para hablar entre ellos como para fijar las grandes líneas de la política regional.
La mayoría de los gobernantes partieron hacia su país, tras asistir a las dos sesiones de la Cumbre de dos días y participar en numerosas reuniones bilaterales, pero ayer domingo quedaban algunas delegaciones en Panamá, como las de Cuba, Brasil, Portugal, Paraguay y El Salvador, que emprendieron temprano el viaje de regreso.
Los presidentes se salvaron por los pelos de tener que comentar, ante el habitual asedio de la prensa en las cumbres, la renuncia del presidente peruano Alberto Fujimori, aunque su confusa ausencia y los rumores sobre su situación fueron la comidilla de la reunión.
Fujimori fue el primer presidente iberoamericano que, en los diez años de estos foros, iniciados en México en 1991, no acudió a recibir el testigo de la organización de la próxima cumbre, que recayó en su canciller, Fernando de Trazegnies.
El ministro, antes de que Perú se sumiera en su actual incertidumbre, ratificó ante el plenario que la XI Cumbre se celebrará en 2001 en Lima e incluso esbozó un tema central, las circunstancias y los desafíos de Iberoamérica, lo suficientemente amplio como para que el futuro presidente lo precise con comodidad.
La cita de Panamá logró salvarse, por pocas horas, de los efectos de la caída de Fujimori, que podrían haber sido tan absorbentes como resultó el proceso contra Augusto Pinochet cuando estalló en medio de la Cumbre de Oporto en 1998.
Pero la cumbre no escapó, una vez más, al efecto Castro, que volvió a monopolizar la reunión con la sorprendente denuncia de que querían asesinarle en Panamá, con su oposición a la resolución contra el terrorismo de ETA en España -que aprobaron los demás países- y con un enojoso altercado verbal con El Salvador.
Las agrias acusaciones sobre guerrilla y terrorismo que cruzaron Castro y el salvadoreño Francisco Flores, ambos dedo en ristre, dejaron estupefactos al público y a los periodistas que seguían los debates en directo por televisión.
Algunos de los gobernantes, como reconoció el venezolano Hugo Chávez, que contó un chiste para calmar los ánimos, no se habían percatado de que estaban en el aire.
Aunque Chávez comentó después positivamente el incidente como una muestra de la vitalidad iberoamericana, muchas delegaciones no podían ocultar en privado su rubor.
Las encendidas réplicas de Castro, que en su tenaz oposición a la condena de ETA propuesta por El Salvador fue también contestado por el presidente mexicano Ernesto Zedillo, el uruguayo Jorge Batlle, y el presidente del gobierno español, José María Aznar, multiplicó considerablemente el ya amplio retraso de la agenda de la cumbre.
Al final, indemnes de la conspiración que había amenazado la vida del líder cubano y quizá -como él advirtió- otras más, pero muertos de hambre los gobernantes acudieron a las cinco de la tarde a un almuerzo solemne previsto cuatro horas antes.
Apresuradamente y con algunos aviones ya esperando en la pista del aeropuerto panameño, los jefes de Estado firmaron la Declaración de Panamá y sus ocho documentos anexos que recogen un amplio ideario de principios democráticos y proyectos de desarrollo económico y social, centrado esta vez en la protección de los niños.