En El Manguito, Santiago, junto a su esposa Eneida, normalista como él, sus cuatro hijos, nietos y biznietos, Carlos Francisco Changmarín recibió la buena nueva. El premio, dijo, es fruto no sólo del esfuerzo propio, sino también del de su compañera desde hace 60 años, su esposa Eneida, la cual muchas veces le ha ayudado a pulir sus décimas, poesías, cuentos u otros escritos. Además de que escucha una segunda opinión, de alguien especial para él, esto le ayuda a mejorar, reconoció.
De hecho, nos explica que el del escritor, aunque se hable de la individualidad de éste, es un oficio que expresa un trabajo colectivo.
Con el mismo entusiasmo con el que escribe un poema o una décima, se entrega a defender aquello en lo que cree: el folclore, la cultura, el medio ambiente.
Siempre fue así, desde su adolescencia.
Con orgullo nos dice que el premio Rogelio Sinán, que a mucha honra recibe, pertenece también a las organizaciones de las que forma parte. Ha dejado, gustoso, mucho tiempo en el interior, en luchas por la tierra, por el campo, por los campesinos, por los indígenas, por el derecho de la juventud a mejores días.
Bajo la dirección de los esposos Zárate libró otras batallas, como la del folclore, la de la búsqueda de la identidad, la de la promoción de lo nacional.
Considera que hay que seguir abonando en ese terreno, para evitar el desarraigo de la juventud por los valores autóctonos, las tradiciones.
Carlos Changmarín siempre ha aspirado a que lo que escriba sea de todos. Y, los mejores cumplidos que ha tenido la dicha de recibir provienen de gente sencilla del terruño.
En Guararé escuchó una décima suya cantada por un señor de mucha edad. Le preguntó si conocía al autor, a lo que el buen hombre le respondió: "Es de mi propia inspiración". Changmarín sonrió, pues sabía que salió de su puño y letra.
"Fue un elogio tremendo. Lo máximo que puede sucederle a un poeta, a un escritor es que lo que escribe sea parte de los demás".
Cultura: de todos, para todos y entre todos El folclore, piensa nuestro interlocutor, no debe concebirse como algo del pasado. También es un valor cultural del futuro, del cual el Estado es albacea y debería ser mecenas.
Acerca del poco interés por temas culturales, planteó que el deporte es importante, pero, la cultura no debe quedarse atrás. Planteó que "así como a los medios les preocupa dar a conocer, por ejemplo, si Mariano Rivera salvó o no el juego, deberían dedicar más espacios para divulgar lo cultural". Sin embargo, él recuerda los viejos tiempos en que siendo él normalista, Enrique Ruíz Bernachi, en una página literaria en El Panamá América, le publicaba material literario.
Libros para niños y jóvenes, novelas, décimas, cuentos y canciones son parte del aporte cultural de Carlos Changmarín al país. Su producción bibliográfica incluye los poemarios: Punto e´Llanto, Socabón, Décimas para cantar, Poemas Corporales, Los versos del Pueblo, Versos para entrar al Canal, El Gallo de las horas y Cantadera.
De su autoría son también los cuentarios Faragual, La Mansión de la bruma, Nochebuena mala y Cuentos para matar el estrés. En el género novela cabe mencionar El guerrillero transparente y En ese puegblo no mataban a nadie. Victoriano Lorenzo, primera víctima del canal norteamericano y Vigencia de la décima en Panamá se cuentan entre sus ensayos, en tanto que entre las obras para niños y jóvenes esteán Versos de Mamachita, Las tonadas y los cuentos de la cigarra, El cholito que llegó a general, La muñeca de tusa y Las gracias y las desgracias de Chico Perico.
Changmarín, periodista, escritor, folclorista y promotor cultural, quien hizo suya la lucha de los patriotas indígenas prefiere como géneros literarios la poesía y el cuento, le siguen gustando las tortillas de maíz, el sombrero a la pedrada y el olor a tierra húmeda.
Compañeros indígenas y jóvenes escritores allá, en El Manguito, en Santiago, Veraguas, le siguen llevando sus escritos para que se los revise y los oriente. También asesora en asuntos de cultivo. Y, como quiere heredarles a sus hijos, nietos y biznietos suelo fértil, parte de su faena cotidiana es sembrar árboles. Recoje semillas y las siembra por doquier, como la palabra, como sus mensajes en la radio local.
A sus 84 años, la familia, la patria y la protección del Panamá rural siguen siendo las prioridades de este santiagueño, cuya madre, cantalante y bailarina, lo trajo al mundo un martes de carnaval en 1922.