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¿Cómo anda su relación con Dios?


¿Qué tan a menudo converso con Dios?... Esta es una pregunta que debería hacerse todo individuo, con miras a determinar la calidad de esa relación. Y, la Semana Santa o Semana Mayor como también se la denomina es momento oportuno para reflexionar respecto al sitial que en la vida de cada persona tiene Dios.
Así opina Lizeyca Villamil, psicoterapeuta, quien enfatizó que es una falacia decir que se cree en Dios, que se le ama si no se actúa acorde a las enseñanzas de El y, si no se invierte tiempo en estrechar esa relación especial, espiritual, con El.
Y es que, añadió "cualquier relación en la que no se invierta no va a ser duradera, no va a solidificarse y esto es válido también a nivel de padres e hijos, amistades y la pareja".
Hay que acordarse de Dios siempre, no sólo en Semana Santa y en momentos de aprietos o tribulación, recordó Villamil.
Dijo que suele dejarse a Dios de lado, en un mundo en que la gente da más importancia a las cosas materiales, escudándose en la imperfección humana por un lado y por otro en que el tiempo pasa muy rápidamente y no alcanza para nada.
Según analizó, así como Dios siempre tiene tiempo para ocuparse de darnos bendiciones muchas veces inmerecidas, como hijos suyos que lo amamos, deberíamos mantener comunicación constante con nuestro Padre.
Ardientemente deseó celebrar esa Pascua con sus siervos, a los que al inicio de la Cena dijo:
Ya no sólo son mis siervos, sino también amigos y confidentes, y un solo mandato les doy: que os améis unos a otro como yo os he amado y permanezcan siempre unidos en mi amor.
Yo soy su amigo, cuanto pidan al Padre en mi nombre, se les concederá. No pierdan la calma, permanezcan junto a mí, que yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos.
No se desanimen, ni se acobarden, sólo atrévanse a tomar y comer mi Cuerpo que lo entrego por vosotros; también tomen y beban mi Sangre, que la derramo para borrar vuestros pecados.
Fielmente continúo diciendo, “muy pronto os enviaré al Paráclito, a mi propio Espíritu, para que los anime, consuele, defienda y guíe en su caminar por la vida. Sin ningún temor, tómenlo, todo lo mío es suyo.
En realidad, las palabras y sentimientos de amor por parte de Jesús el Jueves Santo, fueron elocuentes y sinceras.
Pero, junto a estas tiernas palabras y delicados sentimientos, y en contraste punzante con ellos, Jesús en su Jueves Santo, experimentó y saboreó también el cáliz más amargo de su vida terrena. Vivencias de amargura tal, que le provocaron, según San Lucas “un frío sudor de sangre”.
En Getsemaní “sintió horror y angustia”, atestigua San Marcos. Con voz llena de sufrimiento exclamaba a Pedro, Santiago y Juan, “Me muero de tristeza”.
Esta angustia vital debió sentirla Jesús tan honda, que según San Lucas, “un ángel del cielo se le apareció y le animaba”.
Además en este día, Jesús experimenta la incomprensión y superficialidad de sus más íntimos; la traición y el beso delator de Judas; y la huida cobarde de los Doce fanfarrones que, cuando las multitudes le aclamaban, eran los primeros en agolparse junto a Él, y que hoy le dejan solo. Incluso Pedro, del grupo de sus preferidos, que momentos antes se había proclamado incondicional hasta la muerte, poco después le niega por tres veces y declara públicamente no conocerle.
Finalmente, este mismo Jueves Santo, Jesús saboreó en su propia carne lo que significa “el silencio de Dios” y lo dolorosa y hasta cruel que resulta a veces la aceptación de la voluntad del Padre.

Por otra parte, el Jueves Santo de Jesús en la historia fue también para Él la jornada emocionante del adiós de despedida a quienes mucho amaba y con quienes había compartido muy de cerca sus alegrías y sus penas, sus esfuerzos y su cansancio, sus satisfacciones y su desaliento.
No a todas las personas, antes de morir, se les permite despedirse personalmente de sus familiares y amigos. Cuando se producen estas despedidas, por lo general, son momentos de una intensa emoción.
Es el último beso, la última mirada, las postreras palabras que una madre o un padre dirigen a sus hijos. Es su última voluntad, en la que suelen condensarse todas las voluntades de una vida. Y es como la entrega final a quienes se ama, de lo que durante la vida se ha ido prodigando poco a poco.
Pues bien, para Jesús su Jueves Santo estuvo también saturado por este clima y por esta emoción contenida de su despedida final: “Os quiero, dijo, y os querré siempre. Permaneced unidos y amaos unos a otros como verdaderos hermanos; como yo os he amado”.


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115812
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América