Variedades

Cosiendo las tradiciones


Su blanca cabellera es fiel testigo de una vida dedicada a la confección de trajes típicos, sin embargo, a sus 72 años, el dolor embarga su alma ante la impotencia de saber que este arte morirá con ella. Y es que a pesar de que sus ágiles manos atesoran una de las herencias más hermosas de nuestra nacionalidad, lamentablemente sus descendientes no han seguido sus pasos, condenando su legado a "la extinción".
Oriunda del corregimiento de Tres Quebradas de Los Santos y con 55 años de residir en Agua Buena, Emilia Bravo de Barrios asegura que ha experimentado un orgullo indecible cuando sus vestidos han trascendido fronteras.
Sus productos, elaborados cada uno con especial sentimiento, mezcla de sacrificio y amor, han sido enviados a países como Canadá, México, Honduras, Costa Rica y Brasil.
"Milla", como cariñosamente se le conoce, nos relató que todo inició a muy temprana edad, cuando durante su infancia se interesó en confeccionar vestidos para sus muñecas. A pesar de la estricta crianza recibida por su madre, Agustina Vergara, agradece a ella haberle enseñado a coser a máquina, mientras que a su tía Concepción Navarro le debe haber aprendido a tejer. De su padre, Evangelista Bravo, quien murió hace 60 años, aún mantiene presente los consejos que hicieron de ella una persona de bien.
Los escasos recursos económicos con los que contaba su familia provocaron que fuertes trabajos como pilar arroz, tostar café, moler maíz en piedra, matar cerdos, entre otros, se conjugaran en su existencia desde muy temprana edad. "En esta vida he hecho de todo, menos robar y ser tramposa", expresa sin poder contener su ya clásica sonrisa que a todos en el pueblo contagia de optimismo.
Pese a las condiciones de pobreza en que se encontraban sumidos, "Milla" demostró su tenaz espíritu cosiendo incansablemente con una máquina de mano que fue reemplazada posteriormente por una de pedal, adquirida con sumo sacrificio.
Con melancolía rememoró aquellos días en que al aproximarse las fiestas de noviembre, cosía y tejía hasta altas horas de la madrugada, con el fin de ganar algunos "realitos" con los cuales aportar al sustento de su hogar.
Pero no todo era trabajo, ya que su rostro se ilumina al contarnos anécdotas de su juventud, como cuando durante la celebración de los carnavales era una de las empolleradas más disputadas por los galanes para bailar el tamborito, animado aquella época por la música emanada de violines.
Hoy, mientras muestra las piezas acabadas de su colección, acariciándolas tiernamente, recuerda el día en que se le pidió que confeccionara un vestido para una niña que sería bautizada en Holanda, así como una pollera y una camisilla que una pareja le solicitó para contraer matrimonio en Estados Unidos.
"Bendito sea Dios, como son las cosas, he sido tan pobre y si bien mis padres no me dejaron herencia material qué mejor legado que la tradición y el respeto a lo nuestro", señala, conteniendo con dificultad las lágrimas que enjugan sus pupilas.
Su respeto es evidente por los corregimientos de Santo Domingo y San José de Las Tablas, reconocidos como los mejores del país en mantener esta herencia cultural, sin embargo, no puede ocultar su asombro y felicidad al ver que de estas regiones acuden cada vez más personas a solicitar sus servicios.
"Me siento muy feliz de que allá donde nació la pollera, como siempre digo, existan personas que lucen polleras y camisillas elaboradas por mí, lo que hasta el día de hoy no puedo explicarme", exclamó con su desbordante sencillez.
Esta celosa defensora de la cultura no duda en expresar su disgusto al ver que nuestro folclor es constantemente profanado por alteraciones en los estilos autóctonos de las diferentes polleras y camisillas.
"Si me quieren criticar no me interesa, porque las tradiciones no las olvidaré nunca... las olvidaré el día que muera", señala enfáticamente, mientras con su paso aletargado se adentra a su dormitorio en busca de otras prendas de vestir.
Considera que el folclor se está quedando sin defensores debido a la desaparición física de grandes personalidades como la profesora Dora Pérez de Zárate y Antonio Díaz, a quienes no tuvo la oportunidad de conocer, pero admiró siempre por su esfuerzo desinteresado por mantener en un sitial de honor las raíces del pueblo panameño.
"Todos los países tienen sus costumbres y las mantienen a pesar de todo, pero a los panameños pareciera no importarles nada en ese sentido", enfatizó con una mezcla de ira y tristeza. Ni siquiera los quebrantos de salud han logrado alejarla de esta actividad, ya que según ella este es el secreto de su alegría y vitalidad.
Su visión ya no es la misma. Sus pupilas se han consumido paulatinamente, noche tras noche, elaborando puntada a puntada sus vestidos, mientras en su alma anida aún la esperanza de que la tradición no muera.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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