Realizar una película por año durante los últimos 30 es una tarea monumental de la que nadie puede salir siempre airoso, aunque sea Woody Allen. Si a esto se suma que “A Roma con Amor” es su filme número 48 y el posterior a su bella y exitosa a nivel mundial “Medianoche en París”, la cuestión se complica aún más.

Varias sensaciones se pueden tener con el último “opus” de Woody: por un lado, disfrutarlo a él –ya que no actuaba desde “Scoop” de 2006–, lo que siempre es un placer asegurado. En esta oportunidad, es un jubilado “manager” de una discográfica que viaja a Roma a conocer a la familia del futuro marido de su hija. Obviamente, las mejores líneas se las reserva esta vez para él mismo, un neurótico y no comprendido visionario de la música. Tal es su suerte, que su futuro consuegro canta a Puccini como un Caruso moderno, lástima que solo lo logra debajo de la ducha…
Pero la de Woody no es la única historia. A diferencia de “Medianoche en París”, que seguía el recorrido de un solo personaje que se topaba con otros, de todas las épocas, el filme se fragmenta mucho y resulta largo (las comedias de Allen duran cerca de 90 minutos, aquí 102 resultan demasiado), se suceden así cuatro historias principales en la Ciudad Eterna.
Por un lado, Jesse Eisenberg, el protagonista de “Red Social” –de los mejores “Alter egos” de Woody, ya que habla sin parar– es un muy joven arquitecto que se topa con un ángel de la guarda en el antiguo barrio de Trastevere. No es otro que Alec Baldwin, un maduro arquitecto que intentará que su protegido no caiga en los mismos embrujos que las mujeres que él quiso: como la “femme fatale”, en una visión intelectual del asunto, del personaje de Ellen Page: neurótica, actriz, americana, ¿les suena?
La historia más incongruente es la que tiene a Roberto Benigni como untípico romano, que se levanta todos los días a las 7 a.m. y cumple con la misma rutina una y otra vez. De un día para el otro se vuelve famoso –sin que se explique por qué– y comienza su infierno rodeado de “paparazzis”, etc.