Quien mal se quiere mal quiere a los demás es una verdad irrefutable. Porque, como bien lo dice el refrán "nadie puede dar lo que no tiene". Y si una persona no se siente a gusto consigo, va a andar malhumorada, frustrada, apocada, desmotivada, triste y negativa.
He allí por qué se habla tanto de la importancia del desarrollo de la autoestima en el individuo desde la niñez y de evitar frases hirientes, de ataque a otros, porque se van sembrando en la mente como mala semilla.
Lizeyca Villamil, pide a los padres y madres que aman a sus hijos que eviten esa artillería de expresiones donde utilizan sobrenombres o apodos con los que los ridiculizan, con las que los exhiben frente a los demás. Calificativos como "tonto", "lento", "feo", "tortuga", "chinche", "tragón", "hambriento", "llorón", "bobo", van internalizándose y el niño llega a convencerse de que los demás son mejores, de que él no puede, de que no se le quiere, de que no tiene nada qué ofrecer a la sociedad.
Ella recomienda motivar al niño a evitar conductas que son incorrectas o inapropiadas, premiarlo cuando tiene comportamientos positivos, pero no estigmatizarlo, apocarlo ni abusar de él verbalmente: son ataques directos a su autoestima.
Un niño con baja autoestima se siente como nulo, como un cero a la izquierda, no tiene ganas de probar pues siente que si lo intenta fracasará. Con alta autoestima se ama a sí mismo, crece fuerte como un roble; acepta que no es perfecto pero que puede esmerarse por mejorar, sabe que depende de sí en gran parte su suerte, se traza metas y actúa confiado en que podrá lograrlas. Tendrá una imagen positiva de sí mismo y sus congéneres. Se sentirá seguro de sí mismo en el hogar, la escuela y demás escenarios y será una persona equilibrada que respetará y valorará a los demás.