Una primera sensación que se suscita al leer a A. Morales Cruz ("El Círculo y los Días") es la sensación de extrañeza. Ello porque en nuestro medio la fuerza de la costumbre, por parte de quien escribe poesía o por parte de quien interpreta poesía, pareciera determinar que el discurso literario de la poesía es uno estructurado con la convicción de que trata, exclusivamente, metáforas argumentativas, sonoridad al versificar, complacencia semántica, entre otros recursos, y con la idea de que lo "poético", sustancialmente, es suma de cosas que no son, como debiera, impulsos discordantes internos de quien escribe. Es decir que l el discurso literario de la poesía solamente alcanza valor existencial al constituirse en un derrame, o desangrado de metáforas que de forma estridente se acercan a cualquier estado externo dejándose de lado que, primero que todo, ella, la poesía, es una forma de escritura que va mucho más allá del lenguaje y del estilo.
Se deja de lado que el discurso literario poético tendería, a lo sumo, tendría que ser básicamente un acto de elección y una forma si bien se quiere de entender más que la historia de quien la escribe, la historia de ese momento social, personal, individual, dentro del cual se escribe. Es decir que ella esta más próximo a la verdad interna de ese trasfondo de quien escribe que a la forma sonora, estridente, melosa, manierista que se práctica como única vía para escribir poesía.
Al paso del tiempo y al transcurrir de poemarios y de interpretaciones reiterativas en torno estas apreciaciones resulta ya normativa la idea de que el discurso literario del poemario es eso. Un discurso asentado de manera cerrada, tradicional, autoritaria, en la premisa del "hermosamente decir" y dentro de una concepción en la cual no son validas las palabras por su naturaleza de rescatar la vida, la historia, sino en base a la idea de que ellas se constituyen en formas obvias y en cierta forma redundante y única, de cómo quien las utiliza, el (la) autor (a) , para repetirnos el mismo acto de alumbramiento que hemos observado, y que tiene que maravillarnos igual, que lo hizo antes. Romper ese cordón umbilical no es tarea del discurso literario de la poesía sino prolongarlo at infinitum.
Cuando un poemario, toma otros rumbos, en cierta forma atenta contra esa connotación y lo desconsideramos , lo negamos lo rechazamos, hacemos mofa del mismo, dado que intuimos, vislumbramos, sabemos, nos percatamos que de forma radical atenta contra la significación de lo que nosotros mismos, y con nosotros la sociedad en la cual convivimos, quiere entender como "poético".
En ello prima, justo es consignarlo, la costumbre y la tradición y en ambas orillas la inmovilidad,lo que hemos pretendido entender como válido. Al menos en poesía. Que es en donde más desconsideramos lo que es vital por reducirlo a verdad expresada con conceptos sustanciales para reemplazarlo por lo que se antoja como metafóricamente poético: enfatizando la aceptación de lo que solamente son vivencias expresadas en el poema y no vivencias que son válidas por su exterioridad, por lo que tienen y poseen como claves de una identidad cultural, la nuestra. Esto queda por fuera del poema y es reemplazado, sustituido por la experiencia poética de quien solamente entiende que se trata de arquitectura de las palabras . Extrañamente se olvida que son éstas, las palabras, las que hacen el poema y que hay una forma de hacerlo, de utilizarlas, remitible esta forma a un momento dado y no a un momento eterno dado con anterioridad y que se constituye en paradigmático. El intento puede o no remitirse a la verdad de la vida pero siempre deben remitirse a la verdad de ese momento único,. Irrepetible, en el cual se escribe el poema.
Es decir las palabras suyas deben estar preparadas a sobrevivirlo (la) porque estan dotadas de la fuerza vital y necesaria de hacerlo y sin necesariamente porque parten de él o de ella sino porque fueron entendidas, desde siempre, desde el inicio, para quedarse y para trascenderlo (la) y no solamente para dejar constancia de su dimensión como poeta..
Con "El Círculo, la grieta", que nos fuera enviado y dedicado por su autor, esto es lo que sucede. ¡Maravilloso país este de las indefiniciones y que, como tal reserva las sorpresas para cualesquiera momento! Es un libro que no entraña la idea antes mencionada, obsesiva para la casi generalidad de quienes transitan por la poesía en Panamá y en este cierre de milenio, de escribir "poéticamente". Es decir a partir de concepciones o de visualizaciones metafóricas, externas, dado que se hace necesario demostrarle a todos que se escribe "poesía". Quizá en el intento Morales Cruz (Panamá, 1952) se acerca, a veces en demasía, a lo prosaico, a lo convencional -dicho sea de paso riesgo que se asume al entender que se trata de una escritura, pero ello partiría de desligarse de lo trascendental, lo novedoso, y la pirotecnia de lo que a todas luces es, de acuerdo a la mira convencional, el discurso literario de la poesía. Quizá en el intento Morales Cruz rebasa la idea y va más allá de lo indicado. ¿Acaso, apartándonos de ese convencionalismo, la poesía no puede ser y es en efecto sería más que "poesía", "prosa", y visceversa? Como respuesta a esta clarinada , desde un extremo de nuestra América, Mario Benedetti y desde el otro extremo, Ezra Pound y entre ambos, y también entre otros, del Manuel del Cabral y más recientemente, Gerardo Denis.
Si bien el intento de Morales Cruz bordea lo críptico dada su oposición a un discurso enraizado en lo tradicionalmente "poético", su libro es uno que en cierta forma innova entre los escritos por los posibles miembros de la generación dentro del cual él se inscribe. Mismos y mismas en quienes aún es factible rastrear a Pablo Neruda -para citar un solo caso- y el desespero de una canción egocéntrica y engañosamente cotidiana.
Lo curioso es que el intento de Morales Cruz se origina a partir de evadir lo que de intimista connotamos dentro de la poesía (y por extensión dentro de lo "literario", como discurso creador). Por ello la efectividad de "El Crimen de la novia" y "Mujer con jarrón", quizá los mejores libros del conjunto. Olvidando los versos introductorios de Lezama Lima ("Fragmentos de su imán") que se han olvidado (?) los poemas de ambos textos convergen en la idea de la metonimia, que no de la metáfora iluminando el discurso literario de la poesía. Insistimos, entendiendo el mismo como escritura.
"Cero matinal", desequilibra esta continuidad con poema abiertamente "malos": el caso de "Habitación 309" y que contrastarían con, del primer libro, "Escena con guantes blancos" o "Paradero nocturno", poemas en verdad antológicos. Mientras que "Bordeando a la deriva", el último aparte del poemario, al tiempo se acerca y se aleja de la coordenada del discurso y se nota lo errático de Morales Cruz en ese intento de desacralización. Los cinco poemas que cierran el libro dejan como una incógnita, duda, en torno a si en verdad lo surreal es consciente o si Morales Cruz como que toca la flauta por accidente.
Al momento de la duda, volvemos a los dos primeros momentos de "El Círculo, la grieta" y allí esta el poeta seguro de una escritura con todo lo que de vida hay en la poesía, Con este nos quedamos y a este, estamos más que seguros, tendríamos que remitirnos en los siguientes libros que leeremos de él. En ellos, en sus poemas, no cabe la menor duda: se trata de un poeta en toda la extensión de la palabra y alejado a años luz de lo retórico y de lo convencional.