A mí no me lo crean. Me lo contó mi abuela y ella se lo contó la abuela de su abuela que le agradaba contar los cuentos que le había contado la suya. Y, de la abuela de mi abuela sólo tengo referencias de que era una eximia cuentista; íntima amiga de don Antonio quien era experto en urdir cuentos.
Pero mi abuela atestiguaba que lo que me relató esa vez era verídico porque su abuela le había jurado que don Antonio se lo había jurado y eso es todo lo que yo sé.
El caso es que doña Jacinta, la beata más beata y la chismosa más chismosa del pueblo se murió de repente.
Murió, no una tarde, como suelen morirse las personas generosas que quieren obsequiar a los demás una nochecita de café gratuito, sino de mañana.
Los que estaban presentes dicen que falleció víctima de un ataque cardíaco provocado por la extraña circunstancia de que supo el último escándalo del pueblo después que lo había sabido don Patricio, el bibliotecario, que era siempre el último en enterarse de lo que sucedía.
Lo cierto del caso -según me contó mi abuela- fue que doña Jacinta sufrió un síncope y la declararon muerta porque no hablaba.
El revuelo en el pueblo fue sensacional.
-¡Se murió doña Jacinta!- ¡Se le trabó la lengua!.
-¡Ponte el traje negro viejo que ahora no te ve!
-¡La van a conservar en hielo hasta mañana, para que pague el velorio esta noche!
Y expresiones cariñosas como estas, se oían por doquier.
A las pocas horas estaba todo el pueblo en la casa de doña Jacinta.
Sillas de todos los colores, de todos los estilos y de todas las condiciones, hacían de centinelas, apostadas contra las paredes.
En el centro de la sala estaba el féretro descubierto. Desde allí, doña Jacinta, con ceño adusto, parecía protestar porque le habían cerrado los ojos.
A la cabecera, imponía respeto un crucifijo y en la pared, desde su marco dorado, el retrato del difunto de la difunta parecía lanzar miradas de súplica; esos ojos parecían pedirle a los presentes que impidieran el viaje de doña Jacinta al mundo en que él se encontraba gozando de paz.
Habían llegado unas cuantas coronas de flores, y como el espacio era reducido, pinchaban a todo el que se acercaba a ofrecer sus condolencias a los parientes. Pero eso sucedía en todos los velorios de categoría, así que nadie le daba importancia.
Las velas despedían un humo insoportable que enrarecía el ambiente. Incomodaba, pero era muy útil a las plañideras porque las hacía llorar con facilidad.
En la cocina la batahola era tremenda. Se desplumaban pollos por docenas. Había que tener caldito para los que iban a velar toda la noche. Eran muchos. El café se preparaba por galones y en una mesa, colocada en un lugar discreto, se servía caña fuerte para los que estaban a punto de desmayarse, vencidos por el cansancio.
Con la conmoción y el inusitado trajín, nadie se había acordado de rezar por el alma de la difunta. Pero cuando se hizo de nochecita, apareció el Señor Cura y salieron a relucir los rosarios.
Al bueno del Padre Ignacio se le humedecieron los ojos cuando empezó a recitar el Credo.
Pobre Doña Jacinta -pensaba- Ella que me enteraba de los pecados de todos y nunca me dijo ni uno de ella. ¿Cómo me le estará yendo?
Sumido en estas reflexiones, casi irreverentes inició la Salve, a la que siguieron tres Padrenuestros; mas retornando a la realidad, hizo una pausa antes de decir la frase de rigor:
-Los misterios que vamos a contemplar hoy son..
Hasta allí logró llegar el bueno del Padre Ignacio. Al decir la palabra misterios, se oyó un ruido extraño en el féretro y los circundantes atónitos y paralizados por el asombro, vieron a doña Jacinta incorporarse lentamente, hasta quedar sentada.
-¿De qué misterios hablan que yo no me he enterado? -gritó con voz estentórea.
Lo que luego sucedió, los comentarios que se suscitaron y la magnitud que adquirió el "milagro", han ido pasando de generación en generación.
Pero como doña Jacinta, después de la frase antes dicha perdió por completo el habla, y como tampoco pudo escribir porque sus manos estaban paralizadas, nadie pudo saber con certeza qué fue lo que le sucedió durante el tiempo que estuvo muerta.
Sin embargo, mi abuela me juró que su abuela le había jurado que don Antonio le había jurado a él, cansado de oír versión tras versión del célebre milagro de la resurrección de doña Jacinta, se puso al habla con el espíritu de don Cándido.
Parece ser -según aseguraba don Antonio- que don Cándido había regresado "allá", hacía unos doscientos años.
Pero ambos habían establecido, por intermedio de una mesa construida de un solo tronco sacado de un árbol cuyo nombre no divulgaba, una gran amistad.
Don Cándido era -y es, si no anda por aquí- uno de esos espíritus que tiene el limbo en reserva para cualquier caso de emergencia. Emigran del limbo cuando es necesario, viven "en el limbo"en la tierra y regresan luego al limbo. Hay muchos de ellos deambulando por el mundo.
El asunto fue, según don Cándido le dijo a don Antonio, que doña Jacinta se murió esa vez de verdad. Pasó por todos los enojos trámites de aduana sin ningún problema y llegó, como llegan todos los que emprenden ese viaje, al paralelo 101 que marca la frontera. Le indicaron que debía tomar un expreso descendente y doña Jacinta comenzó a bajar y bajar, hasta el fondo.
Allí, en el departamento de clasificaciones le dieron su ficha y sus papeles para que, debidamente documentada, ingresara en el 4300.
Como todo sucedió muy rápidamente, doña Jacinta no tuvo tiempo de replicar. Por lo demás estaba segura que no habría necesidad de protestar, pues le asignarían un lugar de acuerdo con sus méritos.
Y, así era en efecto. Se intranquilizó un tanto al pasar por los pasillos. Había atisbado un poco por entre las puertas entreabiertas y había contemplado algunas escenas poco halagadoras. También había sentido ciertos olores nauseabundos que le habían hecho palidecer. El 4300, se encontraba repleto de gente. Parecía un sitio agradable. Sin duda era por eso tan popular.
Allí la muchedumbre que lo llenaba en su totalidad estaba de pie, o sentada en sillas o en el suelo. Todos estaban tan atentos, que no lograban distraerlos los ayudantes del Director del 4300 que circulaban por todos lados, acercándose a algunos de los presentes para suministrarles, sin duda alguna, ricos manjares.
A doña Jacinta la impresionó profundamente el completo silencio que reinaba. Era un silencio tan silencioso, que al cabo de unos instantes no pudo contener más su curiosidad y, agarrando por la cola a unos ayudantes, lo detuvo con su proverbial gesto autoritario.
Si quiere saber cómo doña Jacinta se convirtió en el dilema del Gran Diablo y cómo perdió el habla lea mañana el desenlace de este divertido cuento, en Estilo de Vida.
El dilema del gran diablo
¡A reír se ha dicho! Es gratis y excelente para la salud. ¿Qué mejor comienzo de año que uno de los cuentos de la reconocida escritora panameña Manuela Alemán (Madelag)? He aquí la primera parte de un cuento muy divertido, de su libro "Rombos", que puede usted adquirir en Exedra Books.