No importa si una persona ha estado en un internado escolar donde la comida no suele ser muy abundante que digamos o en una cárcel. En cualquiera de estos casos seguramente desarrollará lo que yo llamo el Síndrome del Internado,(SDI).
Estudios realizados por dietistas y psicólogos indican que este hábito se adquiere por imitación, viendo a sus familiares comer, o en la universidad y aún en el trabajo, donde las presiones del tiempo nos apuran o cuando se ha vivido en alguna época de pobreza. Como no soy médico, ni dietista, seguramente este nombre no pasará a la historia, pero confío que servirá para llamar la atención de aquellos a quienes les pueda servir. Como he vivido mucho tiempo y viajado muy frecuentemente, he podido observar algunas cosas que me parecieron de gran interés, y que, por alguna razón, los que lo padecen, lo ignoran y atribuyen sus problemas a otras causas.
Una cosa curiosa que he observado, por ejemplo, es que los que tienen SDI, ya sea que lo sepan o no, tienden a ser más obsesos que lo normal para su edad. En realidad muchos empiezan a mostrar los resultados de este SDI durante su juventud.
¿QUE ES Y EN QUE CONSISTE ESTE SDI?
Es, sencillamente, una manera de comer que se ha desarrollado en un hábito. El síndrome consiste en que el paciente tiende a comer bocados grandes, más grandes que lo considerado aceptable, y algunos no comen sino que engullen los alimentos con una rapidez que pareciera ser resultado de alguna urgencia irresistible.
Lo que ocurre con ese modo de alimentarse es que el paciente ingiere alimentos con velocidad mayor a la que el cuerpo necesita para informarle al cerebro que ya está satisfecho. Por lo tanto, la cantidad de comida que ingiere es bastante mayor que la que necesita para su mantenimiento. Y, por supuesto, el exceso se transforma en grasa y ésta se almacena en varias partes del cuerpo.
Los hombres tienden a hacerlo principalmente en el estómago además del resto del cuerpo. La mujeres tienden a hacerlo principalmente en los glúteos y el estómago al mismo tiempo que en el resto del cuerpo.
El problema principal es que esta forma de alimentarse tiende a convertirse en hábito bastante difícil de modificar, pero no imposible. No hace falta decir que cuanto más tiempo persista el SDI, mayor será la acumulación de la gordura no deseada y más difícil será eliminar el hábito.
¿COMO SE ADQUIERE ESE HABITO?
Generalmente, el niño lo adopta imitando a sus progenitores y sus hermanos mayores. Los niños aprenden lo que ven y los hábitos de los mayores se reproducen en los niños. Cuando alguna vez en la niñez se ha pasado hambre o ha existido escasez de alimento, en alguna forma el subconsciente asocia la presencia de alimentos, con el recuerdo de esas circunstancias y procede a ordenar la ingestión de alimentos con mayor rapidez. De ahí la importancia de eliminar el hábito del SDI cuanto antes.
¿COMO ELIMINAR ESE HABITO?
En realidad es mucho más fácil de lo que parece. Pero se requiere la decisión del interesado y la cooperación de todos los que comparten las comidas en la casa.
Lo primero que la persona tiene que comprender es que un bocado pequeño sabe exactamente lo mismo que uno más grande. Si el bocado es un tercio del tamaño acostumbrado, el sabor no va a variar mientras que el disfrute del mismo será igual. Al principio se tiene que estar consciente de la necesidad de superar un hábito perjudicial. Esto hará que observe el tamaño del bocado en el momento en que se dispone a comerlo, pero, en vez de llevárselo a la boca, echar para atrás y dividirlo en dos o en tres partes y luego comer normalmente degustando cada bocado con calma, poniéndole atención.
Muchos de los que sufren el SDI acostumbran a masticar muy poco los alimentos. Tragan antes de que el proceso de masticar se complete y eso hace que uno tienda a llevarse a la boca otro bocado frecuentemente antes de que el anterior se haya terminado de tragar. Comer lentamente es indispensable para lograr la reducción de peso que la adquisición de éste nuevo hábito trae como consecuencia.
También lo es tratar de no hablar mientras come, pues eso tiene el efecto de hacer olvidar que trata uno de librarse de un hábito y vuelve a las andadas. Ese hábito, como casi todos los hábitos, especialmente los malignos, como el de fumar, es difícil de romper pero no imposible. En realidad el que yo sugiero puede ser más fácil si uno se da cuenta que ha aumentado su placer de comer y que está tratando de mejorar su salud.
En resumen: bocados más pequeños, masticar mejor y comer más lentamente, procurando no hablar mientras come, por lo menos mientras adquiera el hábito corregido, ayuda a una mejor digestión, y la alimentación es más eficaz. No será necesaria ninguna otra dieta para que recupere el peso normal y se deshaga de los kilos sobrantes. Pero quizás más interesante aún será que al haber aprendido a deshacerse de ese mal hábito a la vez se sienta orgulloso de haber enseñado a sus hijos cómo defenderse de esta pésima costumbre. (jmhandal@cableonda.net)