Variedades

La clase magistral de la Callas en Panamá


María Callas fue un monstruo que se devoró así misma en un reinado absoluto en el tiempo que los dioses griegos le permitieron y como pocos artistas en este siglo, escaló hacia el Olimpo en Milán, impulsada por el motor de su voz de trino y esa pasión de ser único, irrepetible y singular que tiene todo artista cuando es verdadero.
Se le suele perdonar todo a una diva, diosa, como la Callas, pero siempre la historia registrará cada uno de sus movimientos, grandezas y errores, el más sublime y falso de sus gorjeos, nada será indiferente a la observación microscópica de sus admiradores y adversarios.
Con la Callas, sus éxitos y fracasos, su vida amorosa con el magnate Aristóteles Onassis, la curva negra de su decadencia, nada, nada, quedó por fuera de la obra Master Class, del dramaturgo norteamericano Terrence McNally, en versión de Fernando Masllorens y Federico González del Pino, y que tuviera a bien presentar la Embajada de Chile y el Instituto Nacional de Cultura de Panamá (INAC), el pasado viernes 4 de junio, en el Teatro Nacional de esta capital.
Ana María Palma es María Callas dice en su portada el programa de la obra presentada por la Compañía chilena de Teatro de Cámara Abril, que dirige Alejandra Gutiérrez e integran Gastón Etchegoyen, Jaime Radich, Myrna Mois, Katherine Heuffman y Eduardo Vidal.
El monólogo de Ana María Palma es un largo viaje al laberinto de la Callas, con humor, sarcasmo, realismo, pasión, pero sin compasión, porque en medio de los trinos de la diva, queda en la superficie la otra humanidad que llevamos todos, entre la debilidad de la carne y el largo y accidentado camino de lo espiritual que a veces no encuentra el sosiego, ni la ruta cómoda, que no sea el sobresalto de la vida.
Una lucha intensa con todas sus pasiones y el arte -qué es belleza- como un telón de fondo permanente, donde la Callas extiende su Clase Magistral al público con quien dialoga, a quien interroga y lo considera un "enemigo que hay que ganar".
Esa fue una de sus luchas permanente mientras estuvo en el escenario, echarse al bolsillo el público, integrado además de lo iniciado en la Opera, por las grandes estrellas del momento que brillaban doblemente con los aplausos y la ovación que le dispensaban a la Callas en la Scala de Milán, unos pocos escalones al cielo musical.
La música con mayúscula me quita hasta la última gota de mi sangre, decía la Callas, y se retrataba de cuerpo entero, porque quedó exhausta, lo dio todo y se embargó en su último y definitivo naufragio con el burdo, crudo, procaz magnate griego, quien era de la filosofía que todo era factible de comprar.
Aristóteles, el maltrecho griego, dueño de un imperio naviero, llegó a la Argentina con una mano adelante y otra atrás, con sólo diez dólares, y se encumbró en la cima de la economía mundial de su época y tuvo entre sus manos al canario, como el le llamaba a María Callas.
Onassis, después compraría a Jacqueline Kennedy, la viuda del asesinado presidente Kennedy de Estados Unidos, con quien se refugiaría en una isla de su propiedad en Grecia y en la yate favorito de la ex primera dama norteamericana, que disfrutó del lujo, las manías y los desplantes del poco refinado magnate griego.
La Clase Magistral, de Madame Callas, es un buen pretexto para aguijonear un poco la conciencia del espectador en los dolores, sacrificios, gozos del artista, en la importancia del arte en cada una de nuestras vidas, porque "en el arte no hay atajos, nada es fácil".
El artista es único, insustituible nos dice Ana María Palma por boca de la Callas, dueña de su Master Class, ese entorno tan suyo que la diferencia de los simples mortales, por allí, ella, con su humor, ironía, su castigo verbal, la dureza de sus exigencias, que fueron consigo misma, sin duda, nos refleja también la entrega de sentimientos auténticos por el arte con mayúscula.
Impecable Ana María Palma y bien el resto del elenco, que denota estudios académicos reflejados en la actuación y sus biografías contadas en el programa.
Igualmente atinada la mediación del embajador de Chile en Panamá, Eduardo Ormeño Toledo, por hacer posible esta presentación de la Compañía de Teatro de Cámara Abril, en un homenaje a los constructores del Canal en el año de su transferencia a Panamá.
Bajo el título de Chile y Panamá unidos por el Carnal, en el programa se subraya que la obra es "el homenaje al ingenio humano, a la tenacidad, a los 75 mil trabajadores que hicieron posible la mayor obra de ingeniería de su tiempo, a la vocación de servicios de Panamá. Un homenaje a una obra que superó todos los escollos de la naturaleza para ubicar a Panamá en un lugar preferente y privilegiado en la historia moderna y en el transporte marítimo mundial".
Panamá y Chile son países con vocación marítima. Sus tradiciones forman parte del oleaje de sus océanos.
En el extremo austral de América chocan los océanos Pacíficos y Atlántico en un singular e irrepetible lujo de la naturaleza, desafío al hombre, su ingenio y coraje. Los barcos dan la vuelta al fin del mundo en su ruta hacia los continentes tras cruzar una de las geografías más hermosamente accidentadas del planeta, donde se reúne el inequívoco silencio de la palabra fin.
En la cintura de América, donde el Pacífico y el Atlántico, sólo distan un puñado de kilómetros, se cumplió el sueño del Emperador Carlos V, al unir ambos océanos para el beneficio del comercio y transporte marítimo entre las naciones y los continentes.


fecha edicion
old id
63675
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América