La alta concentración de dioxinas en la carne de delfín y ballena que se vende en Japón ha hecho que el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés) coloque a este país en su lista mundial de zonas críticas de toxicidad.
El informe de la organización ecologista señala que la detección de niveles de dioxinas 172 veces superiores a la dosis diaria tolerable representa un riesgo para la salud de los japoneses, por lo que reclama que el Gobierno respalde el futuro tratado mundial sobre contaminantes orgánicos persistentes (COPs).
La ONU se prepara para celebrar en Johannesburgo (Suráfrica) la quinta ronda de negociaciones para firmar un tratado que prohíba doce sustancias, entre ellas el DDT, los PCB (policlorobifenilos) y las dioxinas, cuya presencia en el ambiente obedece a procesos industriales ordinarios, como la producción de plásticos y plaguicidas y la incineración de residuos.
El WWF considera que todas estas sustancias resisten los procesos normales de desintegración en el cuerpo y en el medio ambiente, tienden a acumularse en los tejidos grasos de los seres vivos, se transmiten en el útero de madres a hijos, y pueden recorrer grandes distancias arrastradas por las corrientes de aire.
Según datos de la ONU comparativos de 1994, Japón fue el país que generó más dioxinas en el mundo, cerca de cuatro kilos, seguido de los EEUU con 2,7 y Francia con 0,87.
Esta sustancia cancerígena se produce en los incineradores, en las factorías de hierro y acero, en los molinos de metales no ferrosos y centrales nucleares, en procesos de combustión industriales y en las plantas de producción de minerales.
Aunque Canadá, los EEUU y los países europeos han logrado disminuir la cantidad de dioxinas generadas gracias a las mejoras tecnológicas introducidas en la incineración y a severos controles legales, las producidas por Japón aumentaron a 5,3 kilogramos en 1998.