Señales y más
- Una madre o maestra puede percatarse de que el niño está estresado “por cambios en el comportamiento habitual, ahora se orina la cama, antes no. De pronto ha iniciado chuparse su dedito, y no lo hacía antes. El tartamudeo, algunos tics, preguntas constantes sobre un tema especifico o presente en su vida, como la separación de los padres, enfermedades en miembros de la familia. Llanto, irritabilidad, enojo constante, tristeza”.
- Los padres de familia deberían conversar con los docentes para obtener información sobre el estado del niño o niña en la escuela, o para informarles que está enfrentando una situación especial en el hogar que requiere de sensibilidad y apoyo.
A quienes piensan que el estrés solo afecta a los adultos, les informamos que hay vivencias que pueden producir estrés en un niño, niña, incluso un lactante o bebé. Y en un adulto no.
Ejemplos son una mudanza, un viaje, cambio de escuela, el paso de la niñez a la pubertad.

La psicóloga Isali Pizarro explica que “estos eventos a veces son vistos como naturales para los adultos, los niños pueden vivirlo de forma diferente”.
Enfatiza que hay otras situaciones de la vida que sabemos que son experiencias intensas, con mucha tensión, que te marcan para siempre, sobre todo para niños y niñas: la pérdida de un ser querido, el abandono, los abusos de todo tipo.

Destaca que hay que recordar que el estrés se vive diferente en cada individuo, y varios factores de la historia personal influyen en cómo se experimente.
Pizarro aconseja conversar con el niño sobre la situación de forma abierta, sencilla, con un lenguaje apropiado para su edad. Permitir la expresión de sus emociones. Dejarlo que llore, o comunique que está enojado, o confundido. Permitir que haga preguntas.

Importante es enseñarle a reconocer su sentimiento o emoción, aceptar que lo exprese. Tener presente que el pequeño debe sentirse comprendido.