Mucho se habla sobre la erradicación del trabajo infantil en las calles y campos de cultivo de Panamá, pero son pocas las soluciones que se les ofrecen a esos niños que dejan de estudiar y jugar por trabajar.
Una de las instituciones que por más de nueve años ha rescatado a trabajadores infantiles de las calles y avenidas de la ciudad capital y los campos de cultivos, es Casa Esperanza, una institución no gubernamental que les provee albergue, ayuda médica, alimentos y educación.
Si alguna vez usted se ha preguntado si funciona o no, como ejemplo está Víctor Manuel Pino, Ricardo González y Henrry Arboleda, tres jóvenes a punto de graduarse de secundaria, lo cual no era su meta cuando trabajaban en las calles, en vez de estudiar y jugar.
Los niños que a diario salen a las calles a ofrecer golosinas, rosas, limpiar vidrios, tienen cada uno una historia triste que contar, la cual a veces pocos se imaginan que vaya sobre los hombros de una indefensa criatura.
UNA HISTORIA, UNA VIDA
De acuerdo con Ricardo González, un joven que fue rescatado de las calles en la ciudad de Colón, él decidió salir a las calles al ver a su madre trabajar sola para mantenerlo junto a sus cinco hermanos, luego de que su padre se fuera de la casa.
Así, mientras él estaba en la calle, sus hermanos menores asistían al centro de atención de Casa Esperanza en la provincia y le comentaban sus experiencias, lo que le motivó un día a acompañarlos.
En Casa Esperanza encontró una vida diferente. En los talleres de salud aprendió a cuidarse, pero "lo más importante es que aprendí a trazarme metas para el futuro", cuya base de soporte serían los estudios, para tener la oportunidad de ofrecerles una vida mejor a su madre y hermanos.
Ricardo se graduará de secundaria este año, pero ya no busca ayuda en Casa Esperanza, sino que comparte los conocimientos obtenidos durante sus años en la institución, con los nuevos infantes que como él un día, necesitan ayuda y atención.
UN NIÑO DE LA CALLE, NO SABE QUE LO ES
La historia de Henrry Arboleda no es muy diferente. Cuenta que al ver la difícil situación de su hogar y cómo otros niños de su barrio (Curundú) ganaban dinero, a los siete años decidió salir a trabajar vendiendo flores, pastillas y limpiando automóviles.
"Me trataban mal, confiesa Henrry, -mientras las lágrimas se asoman en sus ojos- porque pensaban que era un pequeño ladrón". No obstante, un día mientras trabajaba, un joven con un suéter amarillo se le acercó y le explicó que ellos ayudaban a los niños de la calle y él era uno de ellos, fue entonces cuando se vio reflejado en la triste realidad de su condición. Hasta entonces no sabía que él era "un niño de la calle".
Los jóvenes lo llevaron al centro de atención de Casa Esperanza, a partir de la fecha, le enseñaron el valor de la vida, su condición de niño y la importancia de ir a la escuela.
Actualmente, Henrry tiene 17 años y después de recibir atención en Casa Esperanza, ahora él comparte con los niños lo que otros le enseñaron, sirviendo de ejemplo, porque conoce las causas y vivencias de la calle. Además, es un estudiante modelo, un joven ejemplar que se ha ganado el respeto y admiración de quienes conocen su historia.
COMPARTIR ES LO MAS IMPORTANTE
Para Víctor Manuel Pino, quien también fue rescatado de las calles hace seis años y ahora comparte su vida entre los estudios y apoyar el programa de Casa Esperanza en el Centro de Atención en la comunidad de Samaria, lo más importante es compartir lo aprendido con aquellos que lo necesitan. Ayudar a otros niños que como él, trabajan en las calles, sin orientación, sin el apoyo y cuidados de sus padres, es su obligación.
Víctor Manuel se graduará este año de secundaria, piensa seguir una carrera universitaria y continuar en el programa de colaboradores en el Centro de Atención, porque la actual condición de las familias y la sociedad en general, requiere que haya personas dispuestas a ayudar a los niños, ya que ellos son el futuro generacional del país y de su formación depende la calidad de ciudadanos que serán.
Henrry, Víctor Manuel y Ricardo, coinciden en que la labor de Casa Esperanza les permitió ser útiles y tener metas en la vida, ya que no sólo les proveen alimentos, atención médica y programas de soporte educativo, sino también valores morales y formación espiritual.
De acuerdo con los especialistas, la infancia marca el período de desarrollo de la personalidad y el carácter del individuo, por lo que, de su formación, dependerá qué tipo de persona sea.
Las historias expuestas, las cuales provocaron las lágrimas de quienes las escucharon, al ser contadas por sus protagonistas, durante la presentación de la nueva campaña publicitaria de Casa Esperanza, son muestra de que el final puede variar si hay una mano amiga que les muestre el camino correcto.