La pasarela de Milán cerró el sábado diez días de desfiles en los que ha presentado la moda para el próximo otoño-invierno, con el lujo y la elegancia de uno de los más prestigiosos estilistas italianos, Giorgio Armani.
El diseñador presentó una colección basada en el negro y los tejidos laminados, pero con un toque de desenvoltura: pieles, pantalones de terciopelo, vestidos rasgados, chaquetas con broches y trajes labrados con joyas.
Desde abrigos con perlas hasta zapatos masculinos, pasando por camisas de cuello alto que enseñan el ombligo, todo cabe en la idea que el diseñador tiene de la mujer del 2001, que busca la belleza sin preocuparse de dar una imagen determinada.
"La mujer no tiene ganas de los vestidos de otra época, que tenían sentido en un contexto distinto, cuando la mujer estaba acompañada por el hombre de un modo diferente", explicó el estilista, que apuesta por los pantalones y la sensualidad "discreta y moderna, destacando la cintura".
Los trajes en todas sus versiones, sobre todo pantalón, en terciopelo blanco y negro, y chaquetas cortísimas, pero también minifaldas en piel de cocodrilo sobre medias café con leche, levantaron la admiración del público, siempre fiel a "Rey Giorgio".
"Es un nombre que no me molesta, más bien me halaga, aunque en realidad me siento más súbdito que soberano", explicó el diseñador, que cerró el desfile con una inusual muestra de humor, al aparecer al fondo de la pasarela sentando en alto como un buda.
Es que, bromeó , "las modelos son tan altas que si no nadie me ve", aunque en seguida aseguró que no se trataba de un acto de superioridad.
"Si es de eso de lo que hay que hablar, digamos que estoy un poco por encima sólo de la moda fácil y las habladurías", concluyó Armani.