Tiempo y papel no alcanzan para reconocer sus méritos y hacerle justicia a quien ha dedicado su vida a investigar la historia, modus vivendi y tradiciones de los portobeleños, a los que conoce, quiere, admira y promueve a través de fotografías de escenas cotidianas y de sus ritos y festejos.
En una retrospectiva de la reconocida fotógrafa panameña, que inauguró exitosamente en el Museo de Arte Contemporáneo, que parecía un hormiguero, donde no cabía una aguja, de lo lleno que estaba, la noche de este jueves 2 de septiembre, se pueden apreciar 60 fotografías suyas de diferentes fases de su evolución como artista del lente, en la que no podían faltar cuadros de su querido Portobelo.
Esa noche culminó con presentaciones de baile Congo. Fue un goce por partida doble. Cientos de personas disfrutaron de dos tipos de arte que le son tan familiares a Sandra Eleta, quien desde 1970 eligió Portobelo como hogar.
De esos parajes tan queridos por ella, tan llenos de historia Patria pre colonial y colonial, nos presenta a gente que ha calado hondo en ella, gente sencilla cuyas vidas conoce, de cuyo bregar diario es testigo, cuyos anhelos tampoco le son desconocidos; gente que ha dejado huellas en ella en estos 40 años y que captó con su lente, para inmortalizarlos con su arte; gente como Filia, Pajita, Putulungo el pulpero, Ventura y Palanca, Alma, Dulce, Catalina...
De la serie Portobelo (Panamá 1978-2010), en el catálogo de la muestra retrospectiva , según explica: "se podría decir que en este ensayo, mi vida y la forografía se conjugaron. Cuando llegué a Portobelo en los años 70, empecé fotografiando a las personas que encontraba más cerca de mí. Para profundizar en sus almas, me acerqué más a ellas hasta lograr que sus presencias, sus "auras" se dejasen posar en mi lente".
Añade que "Como en una invitación a la danza, nos encontramos en un mismo ritmo, en una misma frecuencia. Así fueron apareciendo los protagonistas de esta historia. Josefa, la curandera; Palanca, el que solo encontraba consolación en los brazos de Ventura, su abuela; el claro-oscuro de Ptulungo, el pulpero; Dulce, la niña con la fuerza y sabiduría de sus ancestros cimarrones; Catalina, la reina de los Congos..."
En la antiquísima y otrora ciudad escenario de las grandes ferias que en la época colonial atrajeron a comerciantes del Viejo Mundo que se daban cita anualmente en este punto del Nuevo Mundo, en un istmo que era puente para el trasiego del oro, plata y piedras preciosas que eran la ambición de más de un codicioso pirata y corsario, allí, en Portobelo, quinientos años después, Sandra Eleta sigue extasiándose retratando a sus pobladores y allí, "se podría decir también que en este ensayo, nació mi identidad fotográfica y que sin darme cuenta, al enfrentarme con mis imágenes, me encontré conmigo misma como nunca antes, con una mirada renovada..."
Una mirada no basta para captar la grandeza del trabajo realizado por Sandra Eleta en Portobelo. Una retrospectiva, tampoco.
Pero, una retrospectiva, permite al viandante que admira la muestra sentir a flor de piel una emoción especial, cuando se miran esas fotos donde ella, en verdad, pareciera haber capturado el alma de cada fotografiado que aparece en cada toma, como bien coinciden los estudiosos del arte y que conocen la trayectoria de esta artista del lente, cuya obra es conocida allende las fronteras y es colgada en muchos países: Francia, Argentina, Venezuela, Estados Unidos, Perú, Honduras, Brasil, Suiza, Cuba, Alemania, Inglaterra, México, Holanda, Italia...
Una retrospectiva como ésta permite adentrarse también en otros escenarios donde la fotógrafa logró "rapport" con otros personajes especiales de nuestro terruño, las campesinas del Caribe panameño (Tonosí), como Blazina y sus hijas Mila y Fulvia (de Tonosí), que Mino dejaba "bajando y subiendo santos" cada vez que partía de cacería.
También caben en la muestra de Sandara Eleta fotos de 1975-1989 tomadas en Panamá y en la madre patria (España), cuando la vida la llevó por esas tierras. Allí rinde tributo a la servidumbre. A gente de cuyos dolores y vacíos supo, pero también de sus triunfos cotidianos como seres humanos que comparten este gran escenario que es la vida donde los retos están a la orden del día y todos tienen un protagonismo importante. Nos presenta a Víctor, Purita, Rosa, Gladys, Romy...
Y, ¿qué se puede decir de la serie "Emberá, hijos del río", en verdad que los miembros de esta etnia cuando están entre las aguas del Chagres están en su elemento. Sólo les faltan las escamas para competir con los peces, pues desde tierna edad hacen gala de su habilidad en la natación. Allí brilla en todo su esplendor América, ya no como tierra prometedora, como un continente pujante, sino como una niña que es el retrato de la inocencia, la candidez, pero también la fuerza motora en cuyas manos descansará el futuro de una cultura cuyas raíces datan de miles de lunas y están tan enterradas en la piel del Planeta en este país llamado Panamá, que mira de frente, sin parpadear, como exigiendo reivindicación, mientras sus manos-remos impulsan una canoa.
Un nicho especial en esta muestra retrospectiva ocupan los abuelos y abuelas, como Clementina Rodríguez, Emérita González, Eduardo y Guillermo Gómez. La serie, de 2001, presenta fotos que, según explica en el catálogo Sandra Eleta forman parte de las que tomó cuando le fue encomendada tal tarea por el gobierno panameño, "como celebración al centenario de la República para ilustrar el libro: "El abuelo de mi abuela" que compila testimonios de abuelos y abuelas de toda la geografía nacional.
"Cuando los santos bajan" (fotos tomadas en Cuba en 2004) es un ensayo en el que aún trabaja la fotógrafa, promotora cultural y estudiosa de las etnias. Recoge distintos ritos y tradiciones propios de esta isla caribeña, prácticas donde chicos y grandes se involucran y que han inspirado a famosos cantautores de distintas épocas, como Celia Cruz y Benny Moré.
A colores, y vívidos, es "Por los caminos de la piel" (Panamá, 2006), serie con la cual concluye el recorrido por la muestra de Sandra Eleta, que ocupa la planta baja y el primer alto del MAC.
Tenía que ser a colores, para que se apreciara en toda su magnitud la belleza del "body painting" (tatuaje y tiznado) que habla de la identidad de dos culturas que forman parte del crisol de razas que es Panamá: los afroantillanos y los Kunas, donde el cuerpo es lienzo, es una "pizarra" donde con signos, símbolos, formas, trazos, líneas se cuentan historias y -a veces con el complemento de la música y la danza también se da a conocer estados de ánimo, tradiciones, creencias, se rinde tributo a la Naturaleza, al Universo, se coquetea con ellos o con una mujer...