Variedades

Templanza a toda prueba


Se llama Olga, tiene 75 años y disfruta haciendo cojines y colchas con retazos de tela. También tocando piano, lo cual aprendió de oído desde los tres años de edad, ya que su padre Malcom Jolly, jamaicano, tocaba piano en el Happy Land y en El California y su madre, Rosa Juana Gustave, tocaba violín y piano y daba clases. Por desdicha, desde hace 20 años está ciega. Fue paulatinamente perdiendo la visión, pero no la fe ni el empuje que le han permitido sobrevivir, casi sola en Pedregal, en la casa que su padre compró para ir los fines de semana. “El deterioro de la vista fue desde pequeña Cuando cogía los dictados de caligrafía veía triple los signos”, comenta.
“Ya estoy cuesta abajo”, añade, luego de que termina de tocar un par de piezas musicales, para deleite de Natalia Ferrel, quien nos la presentó y del fotógrafo de Editora Panamá América, Martín Levy, que nos acompañan en esta entrevista a quien es poseedora de algunos tesoros que datan de varias décadas: una máquina de escribir Royal, una frutera de hace 100 años y una refrigeradora General Electric que tiene 50 años. Sobre al máquina dijo que: “es la que tuve en secundaria en el ‘40. Eso es anteayer”. Entusiasta continúa diciéndonos que le duran las cosas porque las cuida: “Tengo zapatos que tienen 30 y 35 años. Y la refrigeradora, el congelador sí funciona. Abajo muy poco enfría porque le falta el caucho alrededor de la puerta. Gotea, como no tiene el caucho. Pero, si yo cocino alguna sopita no tengo dónde meterla. Tengo que tomarla durante el día”.
Doña Olga nació y vivió en plena ciudad. Nació el 24 de junio de 1924. “En la Casa # 4, calle 23, a las 7:00 p.m. La calle que iba bajando para la 3 de noviembre, la 2da. casa , frente a la Casa Müller, que era de mi mamá”. Su tía hizo de partera. “Quiso saber cómo era el nacimiento de un niño”.
Ahora es muy pobre, pero su fa-milia fue adinerada. Relata que: “Mezel Gustave se llamaba mi a-buelo y María Hortencia Sempier de Gustave la abuela. Tenían porqueriza, coches, caballerizas, negocios de tierra y de toda clase de cosas. Mi mamá nació en 1898. Después vinieron los americanos y largaron la gente para Emperador. Allí nació mi madre, en Emperador (lo que ahora le dicen Nuevo Em-perador) y mi mamá decía que con sus amiguitas de Emperador Viejo a Paja lo corrían en 15 minutos”.
En Calidonia, frente a la casa donde vivía la Sra. Olga cuando ni-ña pasaba el tren. “Dice mi mamá que ella ponía unos clavos grandes en el riel del ferrocarril y quedaba chatito y se acostaban en el riel allí. Y en frente había una loma que era la base de los soldados”.
Doña Olga recuerda también el tranvía: “En el 41 el Dr. Arnulfo Arias acabó con esto. El paseíto en coche desde la Casa Müller al mercado grande costaba 0.15. Los caballos le ponían una roseta en el oído. Cuando el caballo estaba trajeado le decían Victoria. Al mercado grande los taxis eran también 0.15. Una vez queríamos ver el desfile y era tarde. Tomamos un taxi. Iban por la Avenida B y nos dejó detrás del Citibank. Esos eran días, no se ganaba mucho y se comía bien. La libra de carne costaba 1/2 cuartillo. El poroto a 0.15 y eran porotos que cuando estaban cocinándose se sentía el aroma. Ahora hierven y hierven y parecen piedras. Eso era por los años 1927, 1928 y 1929”.
NO SE AMEDRENTA
Su vida es tranquila, pero llena de privaciones. “A veces paso días sin comer. Yo estoy vendiendo chécheres y los cojines, pero sólo vendo cojines de tiempo en tiempo”, dice.
Ciega y todo, la Sra. Olga cuidó de su madre hasta hace cinco años que ésta falleció, a la edad de 96 años. Verla morir le impresionó mucho.
“Tenía a mi mamá viejita conmigo. Y tenía que darle sopita y cargarla porque estaba muy viejita y débil. A veces no podía tragar y yo le licuaba la comida. Y se la daba poquito a poquito. Con mucha paciencia. Al final, ella como que sabía que se me iba. Me acosté jun-to a ella y me empujó hasta que me quitaba. Me puse luego cerca de sus pies, arrinconada como cuando niña y también daba pataditas hasta que me hizo que me quitara. Se murió como un pajarito. Aquí en la casa. Hasta clases de inglés tuve que enseñar para sobrevivir. Yo co-braba B/. 3.00 y una amiga me decía que cobrara B/. 15.00 y yo le decía, ‘pero si yo no soy profesora’y y yo me recordaba de cómo decía mi abuelo ‘más vale pájaro en mano que buitre volando’. Mi alumno me compraba cojines para ayudarme y un día me pidió que le enseñe inglés”. Como ella estuvo en el IPA, hizo uso de lo que aprendió.
Ella dice que le solicitaba a su estudiante que estudiaran en el portal, porque “la gente es muy mal pensada y le gusta levantar falsos testimonios. No va a ver cuando usted entró, sino cuando sale y van a decir: ‘¡Ve la vieja, ve!’ y se va pasando la voz de lo que yo es”.
“Nos sentábamos afuera en la banca. Lo guiaba con un libro suyo titulado Aprenda Inglés en un mes. “Nunca”, le dije, “nunca va nadie a aprender inglés en un mes”.
“El tenía 51 años y viajaba hasta Santiago a ver a su mamá. Mis hijos están aquí cerca y no llegan. Uno de ellos, Rogelio, me ha traído 16 mujeres aquí”, manifestó. Hizo una pausa y agregó, con cierto dejo de tristeza: “Igual que le pasó a mi hijo, tuvo un accidente en uno de esos viajes al interior y se mató. Allí perdí el huesito”.
Los almohadones los vende a B/.5.00 y de mes en mes: “Compro satín y le pongo lentejuelas. Uso aguja, hilo, polifón y tengo que pagar, para que me la ensalten la aguja”, explica. Y comenta que hizo uno con los colores del Partido Panameñista. A la persona a quien se lo hizo le gustó. “Dijo que ‘está lindo’ y yo le decía ‘diga la verdad ¿qué cara tiene?”
“Fue un poco más complicado, pero, hay que ingeniarse. Tenía en el hombro el círculo en donde lo pego. Los retazos de tela morados en el hombro, los amarillos a la izquierda y los rojos a la derecha”.
EL HAMBRE AGUIJONEA
Nos habló también de José Miguel, “un chiquillo que me hace mandados”.
Como pasa tanto tiempo sola, la Sra. Olga disfruta de las visitas. Y sigue contando: “Hasta cocinera llegué a ser. Me encantan los huevos y el bacon. Pero a veces ni para un huevito tengo. Echaba un huevo con tres lascas de bacon. Y qué colesterol ni qué colesterol. Los soldados, pues, no comen bacon todos los días y van a la guerra y vienen tranquilos. Cuando yo me hago un ponche de huevo con 3 huevos yo me siento distinta. Hace rato no puedo darme este gusto. Le echo los tres huevos, una latita de leche, vainilla, moscada, canela en polvo, si hay alguna pachita de alguien por allí le echo unas gotitas y si puedo le echo helado”.
Aparte de opinar de vez en cuando en programas radiales, que monitorea y a los que llama, la mayor parte del tiempo la Sra. Olga permanece sola, excepto su nieta que viene a visitarla. Así fue como la conoció Natalia Ferrell, quien nos la presentó. Natalia tenía junto con una amiga un programa radial para la Tercera Edad en Radio Hogar. Tuvo que cerrarlo porque no consiguió patrocinadores. Un día la Sra. Olga llamó y relató algunas anécdotas, desde entonces solía escucharlo.
La Sra. Olga tuvo 7 hijos (los tres primeros fueron abortos) y de los otros dos están vivos. A ella le encanta la ensalada de tuna, y explica cómo la hace: “Abro mi lata de tuna, le echo ketchup, ma-yonesa y apio picado. También me encantan las arvejas. Las echo en agua desde el día anterior, boto esa agua y le echo agua fresca , las cocino y hago un refrito de cebo-lla y ajo y se lo echo, cuando ya están suaves y lo dejo refrescar, porque la cascarita de eso se me pega en el estómago”.
Era una experta haciendo arroz con leche. A la vecindad le gustaba, porque “Yo hacía siempre el platonado y repartía. Es un lujo que no puedo darme ahora. Es que antes la leche estaba a B/.0.20. Ahora es 0.69 y yo le pongo tres latas. Y usaba dos libras de arroz”.
UNA MANO AMIGA
Interrumpe la tertulia porque lle-gó la Licda. Elsa Montilla Garcés, Presidenta de FUNDELIDER, agrupación sin fines de lucro de la que nos ocuparemos en otra oca-sión, porque realiza una linda labor en beneficio de los/las niños/as, jóvenes y adultos/as mayores.
Desde que supo de la soledad y abandono en que está Doña Olga, la Licda. Montilla Garcés la visita periódicamente, le lleva alimentos, le limpia la casa y se ocupa de que no pase trabajo.
Natalia Ferrell, preocupada también por las condiciones de vida de la Sra. Olga, la cual carece de seguro social y desde hace años no iba al doctor, le pidió a un amigo suyo, médico que la visitara. Este, el Dr. Roberto Chang, quien labora en el Hospital de la Caja de Seguro Social en Transístmica, accedió de muy buena gana. A raíz de esto la Licda. Montilla se ofreció para, con las recetas que le dio el galeno, conseguirle las medicinas. El día de la entrevista llegó cargada de hierro líquido, tabletas, y con las instrucciones precisas, bien deta-lladas y en forma sencilla fue explicándole a la Sra. Olga el contenido y beneficios de cada medicamento.
Tan pronto llegó Elsa, la Sra. Olga se refirió a ella como “mi ángel guardián”. Y, acto seguido, pese a su resistencia a levantarse porque le dolía el cuerpo (por la artritis), tuvo que hacerlo ante la insistencia de Elsa de “a ver, déme ese abrazo de oso”. Abrazo que se repitió a la hora de partir, porque en la agenda esta buena mujer tenía, ese domingo de octubre, que visitar a otras personas en Los Pueblos, a las que FUNDELIDER ayuda.


fecha edicion
old id
71786
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América