Variedades

“Un futuro incierto”

“Lo más importante es recordarle a la comunidad que en la medida que le ofrezcan dinero a los niños, o les compren de lo que venden, lejos de ayudarlos, refuerzan la situación y por ende, el trabajo infantil, que los aproxima al mundo de la prostitución y a la venta de drogas”.


Hasta hace poco, Alberto Carrión pertenecía al grupo de niños en la calle. Vendía junto a sus primos, en San Francisco, los pixbaes preparados por su tía para llevar el sustento al hogar. No iba a la escuela, pero su satisfacción es que diariamente se hacía entre dos o tres balboas, producto de las ventas. A Dios gracias, nunca tuvo contratiempos ni ofrecimiento “raros”, como en su caso, los tienen otros infantes, como Angela Brias.
Angela vendía naranjas y limpiaba parabrisas en Santa Cruz desde los siete años para ayudar a su madre. No le iba mal y hasta recuerda que en los meses de diciembre podía hacer en un solo día hasta 50 balboas. Sin embargo, nunca olvida cuando a los nueve años, un hombre le preguntó por “chicas que se prostituían”.
Existe una marcada diferencia entre los “niños de la calle” y los “niños en la calle”. Los niños de la calle son aquellos que han roto todo vínculo con su familia y viven en la calle, por lo que se mantienen solos y hacen de cualquier área, su precaria morada. En tanto, los niños en la calle son los que generan ingresos fuera de sus casas durante el día o la noche, pero tienen un hogar y familia con la que viven.
Según Roxana Méndez, directora ejecutiva de Casa Esperanza, en Panamá no hay niños de la calle, sino en las calles, aunque todos los años se presentan situaciones en la que algunos optan por vivir en ellas, al entran en conflicto con su familia.
Durante el año 2002, los educadores de calle de Casa Esperanza, quienes hacen recorridos diariamente, han reportado a unos 750 niños aproximadamente en Panamá y Colón, generando ingresos en las calles y mercados, incluso en los vertederos de basura.
De acuerdo con Méndez, esta cifra es un poco mayor que la del año 2001, encontrándose mayor cantidad de niños indígenas en estas condiciones, además del aumento de la presencia de niñas, en un 5 %. Lo más preocupante es que niñas de 5 a 9 años, que antes se veían muy poco en las calles, cada vez se ven más.
Igualmente preocupante resulta el hecho de que muchas veces las niñas son víctimas de abusos, además de que las familias indígenas están llegando a la capital, viviendo en situaciones inimaginables, lo que hace que los niños se vayan a las calles.
Afortunadamente son muy pocos los casos de niños que trabajan en las calles por requerimiento de sus padres, sin embargo, la mayoría lo hace porque proviene de una familia en extrema pobreza, en donde es aceptable la rebusca, y que adicionalmente ha tenido fracaso o deserción escolar. En resumidas cuentas, es un niño que carece de orientación oportuna.
En el caso de los cañaverales y cafetales de Coclé y Chiriquí, Casa Esperanza realiza labores de divulgación para prevenir que los infantes se involucren desde temprana edad en los trabajos del campo, y que en su lugar, asistan a los programas que ofrecen alimentación, educación y recreación, tal cual se hace en los centros de Panamá y Colón.
Actualmente, existe un convenio entre Casa Esperanza y la Dirección de la Niñez del Ministerio de la Familia, en la búsqueda de erradicar el trabajo infantil, que precisamente impulsó los programas dirigidos a las zonas agrícolas y convocó la situación en los vertederos de basura. Sin embargo, según Méndez es necesario ser más exigentes en el cumplimiento de las medidas.


fecha edicion
old id
133742
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América