Con la concesión de la sede del Mundial 2006, el fútbol alemán recibió un espaldarazo en medio la crisis más honda que ha vivido en toda su historia y muchos esperan que la expectativa de organizar el máximo certamen futbolístico sirva de impulso para la renovación deportiva.
La catástrofe de la Eurocopa 2000, donde la selección alemana salió eliminada en la primera ronda tras obtener un sólo punto y marcar un sólo gol, fue el punto más hondo de una crisis que venía anunciándose desde hace tiempos y que sin embargo siempre se resolvió con sorpresivos éxitos coyunturales.
La obtención de la Eurocopa de 1996 y los triunfos del Schalke y el Borussia Dortmund en la Copa de la UEFA y en la Liga de Campeones de 1997 sirvieron para prolongar un poco el mito del carácter invencible de los equipos alemanes.
Sin embargo, ese mito -condensado en una frase del ex-internacional inglés Gary Lineker que decía que el fútbol eran un deporte en el jugaban 11 contra 11 y en el que al final ganaba Alemania 2 a 1- había sufrido ya antes una serie de sacudidas una vez terminada la era de oro del fútbol alemán, que se dio entre 1972 y 1990.
En ese período la selección alemana obtuvo dos títulos mundiales, 1974 y 1990, dos Eurocopas, 1972 y 1980, así como dos subcampeonatos del mundo, en 1982 y 1986, y un subtítulo europeo en 1976.
Algunos traspiés, como el Mundial de 1978 o la Eurocopa de 1984, se olvidaron rápidamente y el fútbol alemán siguió su camino que se coronaría con el segundo título del mundo ese período y el tercero de su historia, obtenido en 1990.
Según el capitán de aquella selección, Lothar Matthaeus, el equipo de 1990 fue el combinado alemán que más justamente obtuvo un título del mundo.
El seleccionador de la época, Franz Beckenbauer, en medio del júbilo producido por la obtención del título incurrió en una frase -según la cual nadie podría derrotar a los alemanes en los próximos diez años- de la cual seguramente terminó por arrepentirse.
Ya el sucesor de Beckenbauer, Berti Vogts, tuvo que sentir el peso de esa frase, a la que criticó abiertamente, y tuvo también que ver como a medida que el fútbol alemán perdía fuerza internacional él era responsabilizado de la crisis que se veía venir.
La derrota ante Dinamarca en la final de la Eurocopa de 1992, en la que el equipo alemán, y sobre todo el centrocampista Thomas Haessler, habían hecho un excelente torneo fue la primera decepción.
Dos años más tarde, en el Mundial de Estados Unidos, lo que vino fue un amago de catástrofe, desatado por problemas en el vestuario, que se agudizaron tras la eliminación en cuartos de final a manos de Bulgaria.
En ese Mundial se produjeron hechos como la súbita renuncia a la selección de Bodo Illgner y la expulsión del equipo del centrocampista Stefan Effenberg por haber respondido a los silbidos del público con un gesto obsceno.
La prensa deportiva alemana cayó en masa sobre Vogts, que, sin embargo, se mantuvo en su puesto, animado por el presidente de la Federación Alemana de Fútbol, Egidius Braun.
La perseverancia de Vogts se vio premiada en 1996, con el título de una Eurocopa en la que, sin embargo, Alemania mostró muchas deficiencias y sólo llegó al triunfo final gracias a su tradicional coraje, a su fuerza y a una buena dosis de fuerza.
Fue entonces cuando se empezó a hablar de las "virtudes alemanes" y cuando Vogts empezó a decir que "tenemos que apoyarnos en nuestra fuerza puesto que nunca seremos los brasileños de Europa".
Mientras tanto, el fútbol europeo se volvía, ante todo con el ejemplo de Francia y Holanda, cada vez más técnico y los alemanes perdían el tren de una evolución que llegó a su culminación en 1998 y 2000.
Ahora, cuando también el sucesor de Vogts, Erich Ribbeck, ha quedado sepultado por ese desarrollo ante el los jugadores en la Eurocopa ya no reaccionaron con espíritu de lucha sino sólo con desconcierto, todo el mundo habla de renovación y de un nuevo comienzo.
El Mundial del 2006 puede ser una meta que sirva para llenar de sentido ese trabajo de renovación, sobre todo en el campo juvenil, que le de una nueva cara al fútbol germano.
Antes de la decisión, el futuro seleccionador Christoph Daum había asegurado que la necesidad de renovación de podía dejar que se perdiera de vista que la primera meta era la clasificación al Mundial de 2002.
Esa meta sigue vigente pero ahora tal vez la meta más importante sea la de lograr la renovación para poder obtener el cuarto título del mundo en 2006 y poder celebrar ese triunfo en el Estadio Olímpico de Berlín.