Panamá
¿Sagrada o diabólica figura del juez?
- Silvio Guerra Morales
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- Abogado
Ni fiscales ni jueces pueden tener odios ni rencores, menos frustraciones, tampoco envidias por nada ni por nadie. No pueden anteponer ante la sagrada misión de investigar los delitos, los primeros; ni la de administrar justicia, los segundos, la inquina, la soberbia, la malquerencia ni tampoco el ánimo de tener por indispuesta, ante ellos, a ninguna de las partes y menos a sus abogados.
Un juez y un fiscal requieren de un espíritu sereno, de una mente clara, de un alma en paz. No pueden permitirse que nada ni nadie les obnubile la razón ni el pensamiento. Un juez plagado de mezquindades enceguece su propio espíritu y mata su propia razón. Un juez lleno de odios y de envidias sufre y no puede distinguir entre bien y mal, entre lo justo y lo injusto, entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo moral y lo inmoral, quien lleva pesadas cadenas de maldad sobre su alma.
Ni el gusano de la envidia, menos el piojo de la arrogancia, tampoco la fetidez del gallinazo que se alimenta de carroñas, pueden mermar el sano y correcto juicio del juez. Negro y sucio vestido es la soberbia que en los jueces viene a suplantar el Alma de la Toga.
Un juez mezquino es un juez enfermo. Vive en la terrible obsesión de que nunca tiene lo que merece y que, en cambio, por qué él tiene que dar o reconocer en sus sentencias lo que él no tiene. Un juez mezquino es un señor mísero. Mísero de espíritu y mísero del alma. Son aquellos que en las contiendas de las partes se ruborizan cuando advierten los guarismos que se contienen en la pretensión de quien demanda y mira con recelo, cual sabueso callejero, la presa que no le pertenece, pero que ante ella no puede contener sus innatos deseos de tomar parte; son aquellos que les tiembla la mano para reconocer la libertad de los que la han perdido, de negar la medida cautelar a quien tanto ha rogado y ha llorado por ella; no respetan la ley, no la acatan y solamente la vislumbran como un instrumento de juego, de ensayos y errores. Vara de saltarín es para ellos la Ley. ¿La Constitución? Cómodo cojín donde adormecer todo.
Un juez no puede vivir envidiando a sus colegas que ascienden, entre tanto, él permanece en el mismo cargo. Un buen juez debe decirse, en el santo templo de su conciencia, que todo tiene su momento y todo tiene su tiempo, pero que ni la truhanería ni la coima ni el chisme ni menos el bochinche, anidarán en su alma y que, por otra parte, son ellos muy malos asesores por lo que no prestarán, jamás, méritos positivos para escalar en la vida.
Un buen juez y un buen fiscal siempre habrán de dispensar a sus colegas y a los abogados, a las partes mismas, a los ciudadanos, sencillez y humildad, prudencia y respeto, entendiendo que ejercen una labor sagrada de la cual Dios mismo los ha hecho recipiendarios y que, por cada caso,
que en sus vidas juzguen habrán de rendir cuentas al Creador, Justo y Supremo Juez de todo cuanto existe y está por venir.
En su nunca superada obra, “Elogio de los Jueces”, escrito por un abogado, publicada en 1935, Piero Calamandrei, el célebre jurista procesalista italiano, discípulo de Giuseppe Chiovenda, dice lo siguiente: “Imparcial debe ser el juez, que es uno, por encima de los contendientes; pero los abogados están hechos para ser parciales, no solo porque la verdad se alcanza más fácilmente escalándola desde dos partes, sino porque la parcialidad del uno es el impulso que engendra el contraimpulso del adversario, el empuje que excita la reacción del contrario y que, a través de una serie de oscilaciones casi pendulares, de un extremo al otro, permite al juez hallar lo justo en el punto de equilibrio. Los abogados proporcionan al juez las sustancias elementales de cuya combinación nace en cierto momento, en el justo medio, la decisión imparcial, síntesis química de dos contrapuestas parcialidades. Deben ser considerados como "par" en el sentido que esta expresión tiene en mecánica: sistema de dos fuerzas equivalentes, las cuales, obrando sobre líneas paralelas en dirección opuesta, engendran el movimiento, que da vida al proceso, y encuentra reposo en la justicia”.
Más adelante, añade: “Preguntó un joven abogado, que tenía el celo del neófito: - He defendido tres pleitos: en dos de los cuales estaba convencido de tener razón, he trabajado muchas semanas para preparar largos escritos, todos llenos de admirable doctrina; en el tercero, en que me parecía no tenerla, me he limitado a echar fuera cuatro líneas para preparar una prueba testifical; los dos primeros los he perdido; el tercero lo he ganado”. ¡Dios bendiga a la Patria!

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